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Exhibicionismo

Raimundo Fitero

Repaso mentalmente mi lunes televisivo, mi entrada al martes televisivo, y no puedo sacarme de la cabeza unas imágenes que me parecen impúdicas, un exhibicionismo absolutamente devorador de cualquier noción de intimidad o de mesura ante la vida y la muerte. Dicen que se llama Amilia, y es un bebé que ha nacido con solamente 23 semanas de gestación, que pesa algo más que un teléfono móvil y que lo estamos viendo hasta la saciedad. Posiblemente se enmarque dentro de alguna campaña más de los insistentes y contumaces agentes de todo lo que suene a pro-vida, o de alguna cadena de clínicas privadas, o que sea un gesto más del espíritu deportivo y superlativo con el que se ejerce en ocasiones la medicina y su facilidad para convertir un acto clínico que puede ser relevante en un espectáculo mediático.

Yo miro esas imágenes y siento repelús. Las manos del médico que acunan al feto me parecen como si estuvieran anunciando un tiempo creacionista fuera de toda posibilidad de control. En estos tiempos de prohibiciones y sensibilidades agudizadas, seguro que alguna asociación protestará, pero si a todas les parece algo magnífico, protesto yo, en nombre propio, porque simplemente me produce miedo. No puede definir esta sensación con otra palabra, miedo. ¿Cuánto se gasta la humanidad, o quien puede, en mantener esa vida casi inviable, y cuántos niños ya nacidos mueren por falta de atención? No sé, a mí me repugnan estos exhibicionismos de la medicina, espectáculo capitalista.

En cambio los organizadores de esas cosas tan alejadas de lo correcto como son los concursos de mises acaban de quitarle el premio local a una concursante por el simple hecho de ser madre. No han tardado en escucharse lógicas voces recriminatorias por esta discriminación. Y a un anuncio le acusan de incitar a la violencia machista. Y a «Aída», le solicitan que pidan perdón por haber hecho unos chistes duros y desabridos sobre enanos. La prostitución sigue siendo un estigma moral y se trata como tal. Y así sucesivamente vamos deslizándonos por un mundo lleno de cuadrículas que debemos pisar o saltar para llegar a la meta, que es el hastío exhibicionista.

 

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