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Maolo Rodriguez Antzuola

Agur Arantza, lagun maitea

Aunque puede que resulte un tópico, es verdad que es tremendamente duro y difícil escribirte estas líneas.

Es curioso, ingenuo de mí, después de muchos años había olvidado que esa macabra figura negra de la guadaña no entiende de sentimientos ni de necesidades. Ahora vuelvo a recordar que la gente más generosa y querida forma parte de su dieta más preciada y voraz.

Había olvidado después de años el zarpazo sangrante de la muerte cercana. Del dolor silencioso y solitario.

Nadie se había encargado de explicarnos que todo era un fin. Que nada era un principio de algo. Que «lo nuestro» tenía fecha de caducidad. Tal vez por eso florecen -ahora que no podemos comentarlos- detalles de algo que ha sido tan fugaz como bonito. Esas vivencias compartidas aquí y allí. Allí y aquí. Esa entrega militante, la dedicación incansable hacia Ekain, esa sonrisa indisimulada cada vez que te susurraba lo guapa que estabas vestida da femina, esos potes en Oporto, esas noches de furgoneta...

Nadie nos había advertido que también eso se acaba de un plumazo, de una «colisión frontal de dos turismos» en un verano empeñado en mantenerse gris y triste. Sin posibilidad ya de que brille el sol.

Dudo de que el destino, este maldito y cruel destino, haya tenido en cuenta algo de todo eso. A veces apuesta tan fuerte que es difícil saber si va de farol. Esta vez ha ganado la partida. Me ha derrotado y nos ha separado.

Ahora, cuando todo parecía irte por la buena senda, casi rozando la plenitud... laboralmente, emocionalmente, cuando estabas más guapa y feliz que nunca. Con una nueva ilusión que delataban tus gestos y miradas. Disfrutando de lo nuestro, cada vez menos secreto.

Arantza, me quedo mirando nuestras fotos. Reviviendo el momento de cada una de ellas. Han adquirido vida.

No te voy a decir hasta luego. Sabes como yo que ya no nos vamos a ver más. Te han sacado y llevado bruscamente de nuestras vidas. Pelea perdida, maitea. Esos maravillosos momentos vividos, lo que hemos disfrutado juntos y los besos que te «robé» hace unos días en Oriñon se quedan conmigo. Y eso sí que no hay quien me lo quite.

Agur Arantxi, agur maitea.

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