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Otra víctima de la colonización

Cachemira es la gran olvidada del proceso que se inició con el abandono por parte del Imperio Británico del subcontinente indio. Desde entonces, ni India ni Pakistán, y tampoco China, han querido buscar una solución real a este conflicto que, según el autor, tiene en el ejercicio del derecho de autodeterminación la clave para cambiar el rumbo de esta nación.

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Txente REKONDO
Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)

La colonización del subcontinente indio es la raíz de muchos de los conflictos que hoy asolan a esa región del planeta, y uno de los motivos por los que la mayor parte de sus incitadores, los poderes colonialistas de la época y actuales potencias mundiales siempre intentan ocultar. Divisiones geográficas aleatorias, divisiones religiosas o sociales, divisiones étnicas, son algunos de los pilares de los que siempre se han servido los colonialistas para asentar sus dominios y explotar impunemente a las naciones colonizadas y obtener los recursos naturales o geoestratégicos de éstas. Y cuando la política de «divide y vencerás» tocaba a su fin, se puso en escena la estrategia de «divide y márchate», algo a tener en cuenta en torno a la ocupación que en nuestros días sufre Irak y otros puntos del mundo.

La decisión británica de abandonar su imperio indio dio paso a una división del subcontinente en dos nuevos estados, India y Pakistán, promovidos y basados en aspectos religiosos. Los resultados de esta maniobra fueron desastrosos para los habitantes de aquella región asiática. La limpieza étnica asoló a las oblaciones de ambos estados, los desplazados fueron millones, y los muertos se contaron por cientos de miles, siendo las mujeres y los niños los más castigados por los atroces ataques que se sucedieron entre ambas comunidades.

Una de las características de la época era la existencia de más de quinientos principados en el momento de la partición, en 1947, a los que se les dio la opción de sumarse a India o Pakistán, y como tercera opción mantenerse como estados independientes. Las presiones y las ofertas políticas y económicas a las élites de esos principados hicieron que la mayoría se sumase a uno de los nuevos estados. Sin embargo, en Cachemira la opción de la independencia era la que apoyaban la mayor parte de la población e incluso el maharajá se decantaba por esa salida. Pero los acontecimientos se aceleraron, con importantes rebeliones de la población local contra la política de tasas del maharajá, y sobre todo con la intervención de India y Pakistán, y con las presiones del representante británico en la región que desaseaba culminar la partición «sin más fisuras».

Las élites políticas de India y Pakistán siempre han pertenecido a importantes lobbies que reclaman la anexión de Cachemira, por ello desde el primer momento movieron sus fichas en esa dirección. India no tardó en incorporar a Cachemira dentro de su sistema postas como una provincia más, esto sirvió de excusa a Pakistán para apoyar las rebeliones cachemiras contra el maharajá, quien a su vez acabó solicitando la intervención de India y firmando su acceso al nuevo estado indio a través del Tratado de Adhesión, que se publicará el 26 de octubre de 1947 y será el documento que defiendan los posteriores gobierno de Delhi para reivindicar la pertenencia de Cachemira. No obstante, esos dirigentes ocultan que ese tratado señalaba que «las futuras relaciones entre India y Cachemira deberán ser negociadas nuevamente» y se recogía también que «la adhesión sería temporal».

Desde entonces Cachemira ha sido la excusa para tres guerras entre Pakistán e India (1947, 1965 y 1999) y una entre éstos y China (1962), al tiempo que la realidad de esa nación se encuentra dividida en tres partes, ocupadas por esos tres estados.

La corrupción, el alto desempleo y acontecimientos de la escena internacional (golpe militar en Pakistán, 1977; triunfo comunista en Afganistán, 1978; y la Revolución Islámica de Irán, 1979) influirán en el resurgir de un movimiento de masas en demanda de la independencia de Cachemira en la década de los ochenta, que a finales de la misma se transformará en un movimiento armado, el JKLF (Frente de Liberación de Jammu & Kashmir). La derrota soviética en Afganistán sirvió para que los movimientos de carácter islamista armado (con escasa influencia hasta entonces) surgieran con fuerza, los llamados tanzeems (grupos de militantes).

Además, no hay que olvidar el apoyo de Islamabad a éstos (con el beneplácito estadounidense), a quienes veían como alternativa al creciente peso que adquiría la opción laica e independentista del JKLF. India por su parte, desencadenó una guerra sin cuartel contra los independentistas cachemires que dejó a éstos en una delicada situación organizativa.

A partir de la década de los noventa los grupos jihadistas e islamistas irrumpen en Cachemira como protagonistas de la nueva coyuntura. Militantes extranjeros nutrirán algunas organizaciones, mientras que otras, como Hizb-ul-Mujahideen (HM) contarán con militantes locales. La mayoría de estos grupos busca un régimen islamista y apoyan la unión con Pakistán.

Los acontecimientos de 1999 (el conflicto armado de Kargil) o el 11-S han supuesto algunas modificaciones en las relaciones entre India y Pakistán, que presionados por EEUU han intentado buscar puntos de encuentro sobre el tema de Cachemira. Así, a partir de 2002 se han dado movimientos entre ambos estados, pero siempre olvidando al principal protagonista, el pueblo de Cachemira. El conflicto sigue inmerso en un complejo contexto, con actores poderosos como India y Pakistán que deben hacer frente a sus propios problemas y contradicciones internas (por ello no dudan en utilizar Cachemira para desviar la atención), con diferencias dentro de Cachemira, con alianzas interesadas entre todos ellos (Pakistán apoyando a algunos grupos e India violando los derechos humanos sistemáticamente), con la guinda de la capacidad nuclear y los intereses de EEUU y China en el conjunto de Asia.

Sobre la mesa hay diferentes escenarios para solucionar la situación, pero la mayoría de actores extranjeros rechazan la posibilidad de la independencia o de un referéndum de autodeterminación, lo que no significa otra cosa que perpetuar el conflicto sine die. Los defensores del libre ejercicio de autodeterminación para Cachemira señalan la viabilidad del proyecto (su tamaño sería mayor que el de 68 estados de Naciones Unidas y su población mayor que otros 90). Además defienden la Kashmiriyat, base de los valores culturales y sociales que han caracterizado a Cachemira en el pasado y que han hecho posible la convivencia pacífica de diferentes creencias religiosas y culturas.

El rechazo a esta opción no puede ocultar el verdadero pavor que sienten los estados actuales a ver cómo sus artificiales proyectos impositivos se van debilitando, sobre todo cuando los pueblos y naciones sin estado demandan ejercer su derecho de autodeterminación, negado por las armas o por acuerdos tomados a espaldas de los verdaderos protagonistas durante tantas décadas.

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