GARA > Idatzia > Mundua

ANÁLISIS | Penúltima crisis libanesa

Hizbulah gana una batalla, pero en Líbano se libra toda una guerra

De la mano de sus aliados en Beirut y en el mundo árabe, EEUU e Israel tratarán de convertir la victoria de Hizbulah en la última batalla en Líbano en el comienzo de su derrota en la guerra que se libra desde hace décadas en el escenario libanés. No dudarán para ello en tratar de ahondar artificiosamente en la división entre las comunidades chiíta y sunita del llamado país de los cedros.

p028_f01.jpg

Dabid LAZKANOITURBURU

La organización chiíta Hizbulah ha logrado no sólo mantener intacta su capacidad militar sino forzar al Gobierno pro-occidental a que acceda a un regreso de la oposición a las instituciones. Pero las espadas siguen en alto. Y EEUU e Israel preparan nuevas maniobras.

Líbano ha conjurado, en el último minuto y por los pelos, una crisis político-militar que había despertado los fantasmas de una nueva guerra civil en ese atribulado país.

Tras varios días de enfrentamientos armados que se saldaron con 65 muertos, la mediación de Qatar arrancaba un compromiso, los Acuerdos de Doha, que suponen una incontestable -e incontestada, salvo para el destituido Gobierno libanés- victoria para la organización chiíta Hizbulah y, por extensión, para la oposición.

Ésta, que agrupa a Hizbulah, a los también chiítas de Amal y al FPM del general cristiano Michel Aoun, volverá a las instituciones -que abandonó a finales de 2006- con 11 ministros y el poder de veto que los Acuerdos de Taif de 1991, que acabaron con la guerra civil, elevaron a rango legal para garantizar la gobernabilidad del puzzle comunitario libanés.

Los Acuerdos de Doha certifican que acabe de una vez por todas el largo vacío presidencial -se espera que el general cristiano Michel Sleimane sea investido hoy en el Parlamento-.

Ocurre muchas veces que en todo acuerdo es más importante lo que no se dice. El de la capital qatarí no hace mención alguna al desarme de la milicia de Hizbulah.

La organización chiíta sacó a sus milicianos a la calle después de que el Ejecutivo pro-occidental de Fuad Siniora aprobara por decreto la ilegalización de la red de comunicación interna de Hizbulah y la destitución del general director de seguridad del aeropuerto de Beirut.

Ambas medidas eran un golpe en la línea de flotación de esta organización de la resistencia. Tan es así que su líder, Hassan Nasrallah, decidía comparecer públicamente por primera vez desde la última agresión israelí contra Líbano, en verano de 2006. El jeque recordó que la red interna por cable es vital. «Esta conferencia la damos gracias a nuestra red, si no fuera por ella, Israel ya nos hubiera localizado y bombardeado», insistió el que es actualmente el hombre más buscado por el régimen sionista. Nasrallah tildó de «declaración de guerra» la legislación contra esta red y la destitución del director del aeropuerto, «un ataque al Ejército con el que buscan convertir el aeropuerto en una base de la CIA, el FBI y el Mossad».

Después de que Hizbulah se hiciera en 48 horas con el control de todo el Beirut musulmán (incluido el sunita), el Gobierno tuvo que dar marcha atrás.

¿Ingenuidad? ¿Calculó mal la respuesta? Ésas son las preguntas que se hacen ahora los analistas. La respuesta unívoca nunca es fácil en un escenario tan complejo. De lo que caben pocas dudas es de que el Gobierno de Siniora –apoyado por una coalición sunita, drusa y falangista cristiana en torno al llamado Movimiento 14 de Marzo– actuó movido por presiones de EEUU y sus aliados occidentales y árabes, sin olvidar a Israel.

La crisis estalló en vísperas de la llegada del presidente Bush a la región y cuando el tándem EEUU-Israel acrecienta su hostigamiento contra Irán.

Una agresión a este país, ya de por sí temeraria, resultaría inviable con una retaguardia chiíta como la que representa Hizbulah en la frontera israelí.

Desarmar a Hizbulah sería, además, un desquite para Israel, vencedor en todas las guerras contra los árabes si exceptuamos dos: su vergonzosa retirada de Líbano en 2000 tras una campaña sostenida de resistencia de Hizbulah y el fracaso de su operación en 2006 frente a la misma milicia chiíta.

De la mano de su principal valedor –Arabia Saudí– el líder del Movimiento 14 de Marzo, el suní Saad Hariri, y sus aliados drusos y falangistas, estarían así intentando llevar adelante la agenda estadounidense-israelí contra el mundo árabe.

No hay que olvidar en este escenario el papel de la vieja metrópoli, el Estado francés, con sus cerca de 2.000 soldados en Líbano (bajo paraguas de la ONU) y que ha virado en su tradicional apoyo de la minoría cristiana a la dirigencia suní.

Washington y París son, pues, los perdedores en la última jugada de ajedrez registrada en suelo libanés. Pero no han renunciado a sus planes.

La oposición no la logrado todas sus aspiraciones en Doha. Exigía un sistema electoral según el principio de una persona, un voto -en Líbano no se han realizado censos desde 1932- y ampliar el derecho a voto a los mayores de 18 años. La espinosa cuestión ha sido aparcada y el Movimiento 14 de Marzo ha logrado, por contra, con la adopción de la ley electoral de 1960, preservar su base electoral en el oeste sunita de Beirut.

Las elecciones legislativas del próximo año se antojan, así, cruciales. Tanto Hizbulah como el FPM de Aoun esperan doblar su número de escaños y constituir una nueva mayoría.

No lo tendrán fácil. Junto con la discriminación electoral, hay otro elemento en la actual posición del Ejecutivo pro-occidental que permite ilustrar el trasfondo de la última crisis.

Todos sus portavoces, desde el sunita Hariri al druso Walis Yumblatt, coincidieron en calificar la respuesta de Hizbulah como un «golpe de Estado».

El propio Bush no dudó en asegurar desde el palco de la Knesset (Parlamento israelí) que lo que estaba ocurriendo en las calles de Beirut sería la prueba de que Hizbulah sería un peligro para el pueblo libanés.

Los analistas que desde Occidente adornan las estrategias de Washington se han apresurado a intentar minimizar el triunfo de Hizbulah asegurando que habría perdido parte de su credibilidad al apuntar sus armas contra libaneses y auguran un tensionamiento entre las comunidades sunita y chiíta del país de los cedros. ¿Análisis de la realidad o deseo convertido en axioma analítico?

La prensa árabe compara los sucesos en Líbano en los últimos meses con lo ocurrido en los territorios ocupados de Palestina. La secuencia es conocida en Gaza. Hamas logró una victoria abrumadora en las elecciones de 2006 y Washington respondió con el cerco internacional de la Franja. Constatado su fracaso, armó a al-Fatah para que derrotara a Hamas en una guerra civil. La organización islamista reaccionó expulsando a al-Fatah, que le acusa de haber perpetrado un golpe de Estado.

El mismo golpe de Estado del que acusa el Gobierno pro-occidental a Hizbulah. Estaríamos, así, ante una operación-señuelo para forzar a Hizbulah a actuar y tratar luego de ahondar en la confrontación sunitas-chiítas. ¿Desestabilización? Un escenario en el que EEUU se mueve como pez en el agua. O por lo menos pervive, como en Irak.

Imprimatu 
Gehitu artikuloa: Delicious Zabaldu
Igo