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Víctor Moreno Escritor

De la alabanza crítica

Con abundantes e ilustrativos ejemplos, el autor pone en solfa la labor de una buena parte de esa casta intocable que conforman los críticos literarios. Llama la atención sobre la concatenación de frases vacías y elementos comunes que utilizan estos fiscales de las letras cuando de alabar ciertos libros o autores se trata. Por el contrario, si la calificación es de tono negativo, el cuidado es mayor; «el esfuerzo del crítico por demostrarlo es superior al dedicado a su alabanza», pone de manifiesto el firmante del artículo.

Un método para paralizar la evolución creativa de un escritor es asegurarle que lo que escribe es el no va más. El escritor, sobre todo si es primerizo e ingenuo, caerá en la trampa y, a partir de ahí, quizás, se considere el monarca del verbo y no intente variar lo más mínimo, creyéndose situado en el cenit del Parnaso.

Como advierten ciertos científicos, el principio de incertidumbre es clave para evolucionar, cifrando en el cambio la subsistencia personal. El conflicto, sea consigo mismo o con el ecosistema, es decisivo. Rara vez cambia quien se siente a gusto. Tanto es así que algunos sostienen que los dinosaurios, acuciados por este principio de crítica estabilidad, no desaparecieron nunca, sino que se transformaron en aves.

Aplicado este axioma a la creación, el insulto sería una prolongación natural de esta incertidumbre vital. Se avanza más soportando críticas que degustando las mieles de los halagos. Eso no significa que la alabanza sea el camino más recto hacia la parálisis creativa total. Y que la aceptación del insulto -entendido como crítica-, te lleve a la consumación absoluta de lo artístico. Hay casos y ucases.

De hecho, el escritor se siente más feliz y más cómodo en el éxito, aunque no sepa de verdad cuál es su causa. En realidad, mientras viva ignorará qué parte de su éxito se lo debe a su talento o al marketing. ¿Y de su fracaso? La cosa está muy clara: la culpa será casi siempre de los otros.

De ahí que ante la crítica lo más higiénico es permanecer imperturbable. Si me critican, bien; si me alaban, ojo; sobre todo, si quien lo hace, lo hace mediante tópicos y lugares comunes. Tengo analizado que en el mundo de la crítica literaria, las alabanzas que más se prodigan a favor de los escritores tienen mucho de retórica inflada. Y sería bueno, tanto si se trata de un insulto o de una alabanza, esforzarse para mostrar las perchas conceptuales en que se sostienen ambos.

El problema verdadero es que, tanto en un caso como en otro, rara vez se analizan sus mensajes. En el insulto, porque nadie acepta que tenga un átomo de verdad. Cuando el crítico Senabre dice que Marías es un prestigio inflado, dudo que el escritor madrileño considere siquiera dicho juicio. En la alabanza, ocurre lo propio, porque colma nuestra vanidad. De este modo, cuando José Belmonte asegura que el binomio Pérez Reverte-Alatriste es comparable con el de Cervantes-Don Quijote, ¿alguien piensa que el escritor, al escuchar semejante mamarrachada, llamará al orden al profesor Belmonte, diciéndole que se deje de «gilipolleces» y que no «le toque los cojones»?

Lamentablemente, la crítica literaria bailotea en alambres más que oxidados. Veamos un ejemplo recurrente y de actualidad, tomando como pretexto la novela de Millás, «El mundo», y algunas de las frases jabonosas que se le han dedicado.

Es importante tener en cuenta que esta novela fue premio Planeta, el más corrupto de la sociedad literaria actual. De ahí la sorpresa de que, tratándose de una «operación de marketing por excrecencia», haya críticos y escritores que alaben sin más dicho producto. Y no porque sea mala o pésima la novela premiada. La editorial no necesita de sus comentarios. Ella solita se las compone muy bien para vender cualquier basura, sin el concurso de ciertos «importantes críticos». Eso, sí, ya que se meten a críticos, estaría bien que dijeran algo significativo, que no es el caso. De ahí la vergüenza nada torera que tienen que sentir cuando lean sus propias tonterías.

Dice Martín Garzo que la última novela de Millás es «tal vez la más conmovedora y honda de sus novelas». ¿Sólo «tal vez»? Me pregunto si alguna vez ha estudiado Martín Garzo toda la obra de Millás desde la perspectiva de esa «conmoción» y «hondura». ¡Conmovedora y honda! ¿Y por qué no trepidante y desgarrada, íntima y personal? El escritor Bonilla abandona los adverbios de duda y afirma convencido que «El mundo» es «una obra maestra». ¿Lo es? La verdad es que sigo sin saber en qué consiste una novela maestra. He visto tantas veces aplicada dicha calificación a novelas tan dispares que el adjetivo me parece tan irrelevante como vacío. En especial, porque nunca se dice en qué es un maestro tal o cual escritor y cómo consigue, artísticamente, serlo. Bonilla, como buen discípulo clarividente, tendría que haberse esforzado en aclarar las lecciones recibidas del maestro y su correspondiente maestría.

Si topicazo es apelar al adjetivo «maestra», más lo es asegurar que «la fertilidad creadora de Millás es tal que todo se convierte en materia narrativa» (Juan Antonio Masoliver Ródenas). La verdad es que estos críticos deberían hacer un concurso de reyes Midas de la literatura española para dictaminar quién es en verdad su auténtica majestad. ¿Hay algún escritor incapaz de convertir en materia narrativa lo que escribe? Porque si algo caracteriza a un escritor es, precisamente, eso: su peculiar inteligencia para transformar en literatura lo que escribe. Lo mismo le sucede al carpintero, quien, madera que toca, la convierte en el objeto que pretende: mesa, silla, armario o pinocho coyuntural.

Para coronar este pastel de lugares comunes, he aquí su guinda: «Sin duda alguna, una de las dos novelas españolas de 2007 que quedarán en unos años» (F. García Pérez). ¿Sólo unos años? Es una pena. Después de lo leído, uno albergaba la esperanza de que esta novela de Millás permaneciera en la memoria colectiva por los siglos de los siglos amén, como cualquier novela magistral de Pérez de Ayala.

El problema es que tal elogio se ha dicho de tantas novelas que es imposible llevar la cuenta de las que, según críticos metidos a Casandra, superarán la herrumbre destructiva y justiciera (?) del tiempo.

Concluyo estas reflexiones con una ácida evidencia: cuando se trata de poner mal una novela, el esfuerzo del crítico por demostrarlo es superior al dedicado a su alabanza. Así que mejor será que la pongan a caldo, y no que la despachen con cuatro adjetivos, aunque sean los de honda y conmovedora, perenne y magistral.

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