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CRíTICA | Cine

«Nevando voy»

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Mikel INSAUSTI

La mayoría de las películas recientes que abordan la problemática de las relaciones laborales lo hacen desde un punto de vista jerárquico, casi siempre con la competitividad por un puesto o un ascenso como desencadenante dramático. Se agradece que alguien decida salirse de esa tendencia para reflejar el mundo de los operarios, en concreto, de esos trabajadores temporales de los que nadie se acuerda, y que son las verdaderas víctimas de la precariedad laboral. La disyuntiva del trabajo temporal es terrible en todos los casos, ya se trate del joven que busca su primer empleo o de la persona madura con una economía familiar que mantener. Una casuística que «Nevando voy» trata con un sentido del equilibrio ejemplar, considerando a cada afectado, dentro de su franja de edad, exactamente por igual.

El trato entre los operarios jóvenes y los maduros constituye el meollo de «Nevando voy», porque en cierta forma el trabajo compartido crea una especie de familia alternativa, sin que existan los roles establecidos de padres e hijos. Todos son iguales y participan en una experiencia común, en la lucha por no convertirse en seres maquinales, en meras piezas de una cadena de montaje. Maitena Muruzabal y Candela Figueira introducen un elemento humanizador dentro del sistemático proceso de producción, que es la protagónica Ángela. La chica anima a sus compañeros para que la tarea diaria no se haga tan pesada, mediante sencillos recursos imaginativos que convierten el taller en un lugar más llevadero y amigable. Son pequeñas distracciones o evasiones mentales, juegos privados que permiten sobrellevar el repetitivo e impersonal ritmo de manufacturación con más alegría.

Hasta ahí «Nevando voy» podría parecer una película simple, pero en el fondo es de una complejidad asombrosa e invito a los espectadores que la vean a que no se queden con su capa más superficial. El conflicto interno que plantea es de mayor calado, sobre todo emocional, porque plantea la imposibilidad de un paraíso obrero construido sobre la base de la solidaridad y el compañerismo. La buena camaradería que consiguen los cuatro operarios de la sección de embalaje de cadenas para la nieve es ideal, y, a pesar de ello, no resultará duradera. Se acaba deteriorando de forma inevitable, en parte debido a un sistema que no permite la humanización del trabajo, y en parte también, por la propia temporalidad de los contratos. Justo cuando el grupo consigue superar la frialdad de trato inicial, tras romper con el bloqueo afectivo que provoca una actividad puramente mecánica, llega la hora de afrontar una realidad dependiente del fin de los contratos eventuales, con la consiguiente separación y la vuelta a la rutina de los que siguen en plantilla. A los fijos no les quede otro remedio que hacer de tripas corazón, mientras que a las dos subcontratadas les toca olvidarse de la empresa que no las quiere renovar.

La naturaleza del temporero tiene su ilustración poética en los aspectos externos del ciclo invernal, pues el trabajo de los protagonistas depende de la nieve. Su actividad adquiere una significación vital, aunque frágil y quebradiza. Si los copos dejan de caer no hay faena y la relación del grupo que embala las cadenas para las ruedas de los coches se rompe, quedándose los unos sin el apoyo de los otros. Y fuera hay que lidiar en solitario con un vida doméstica difícil, tal como muestran los breves pero explícitos insertos. La rutina del trabajo se extiende al hogar cerrando un círculo vicioso.

Ficha

Dirección y guión: Maitena Muruzabal y Candela Figueira.

Intérpretes: Laura de Pedro, Gabriel Latorre, Asun Aguinaco, Xabier Yárnoz, Maiken Beitia, José María Asin, David Larrea, Miguel Goikoetxeandia, Imanol Ojer, Aurora Moneo.

País: Estado español, 2007.

Género: Drama existencial.

Duración: 99 m.

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