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Amable Arias, un artista autodidacta, diferente y, sobre todo, libre de ataduras

Amable Arias (1927-1984) fue uno de los impulsores del grupo Gaur junto a Sistiaga, Chillida, Oteiza o Zumeta, entre otros. Su obra, sin embargo, no es tan conocida como la de sus compañeros. La galería Ekain Arte Lanak de Donostia acoge ahora la exposición «Desnudos y vestidas».

Ane ARRUTI | DONOSTIA

«Fue un artista muy poco considerado en vida. No concordaba con las cosas que se hacían en aquella época. Tanto él como su obra eran muy distintos a todos los demás», explica la viuda de Amable Arias, Maru Rizo, quien dedica gran parte de su día a día a difundir y dar a conocer la obra de quien fue uno de los artistas más importantes de Euskal Herria. «Y ahora sin embargo, es una cosa que se está reconociendo», añade. Parte de esa obra se expone ahora en la galeria Ekain Arte Lanak de la parte vieja donostiarra, hasta finales del próximo mes de junio. «Desnudos y vestidas» ha sido el título elegido y se compone de un óleo grande pintado hacia los años 1966-67, y el resto son dibujos pintados al pastel. En ellas aparecen varias mujeres, algunas imaginarias, otras amigas o conocidas, incluso aparecen la propia Maru Rizo y su hermana. «Le gustaban mucho las mujeres y a pesar de sus impedimentos, era un hombre muy atractivo», recuerda Rizo.

Muy cerca de esta galería estaba el estudio donde trabajaba Amable Arias, justo encima de la sociedad gastronómica de Aizepe. «Imagínate si era vieja la casa que mientras estaba trabajando, por los agujeros del suelo veía y escuchaba a los que estaban cantando en la sociedad», recuerda Rizo.

Amable Arias nació en Bembibre, provincia de León, en 1927. Tuvo una infancia muy difícil, marcada por un accidente a los nueve años, al ser arrollado por un vagón mientras jugaba en las vías del tren. Este hecho le condenó a una infinidad de operaciones y a tener que caminar con muletas durante toda su vida. Pero también supuso que no recibiera ninguna educación. «Con cerca de 20 años se da cuenta de que no tiene ninguna cultura, sólo lo que había estudiado hasta los nueve años», explica Rizo. Fue entonces cuando su madre comenzó a trabajar en el ropero del Teatro Principal de Donostia. Él iba a ayudar y mientras duraba la función se escapaba a la biblioteca de la plaza de la Constitución a leer. Rizo recuerda lo gran autodidacta que fue su marido que se convirtió en «un hombre con el que podías hablar de todo. Al principio ni siquiera sabía a quién tenía que leer. Por las caras que salían en las tapas elegía».

Pobre pero alegre y libre

A pesar de lo dura que fue su infancia y de lo que tuvo que sufrir durante toda su vida, Amable Arias no reflejaba ese dolor en sus obras. «Era un artista con mucho humor y muy imaginativo. En el Estado español se hacía lo que se llama pintura negra y a Amable no le interesaba. Tuvo una vida muy dura y yo creo que lo que él buscaba eran mundos nuevos. No hacer lo que tenía», explica Rizo, «quería hacer algo que no había hecho nadie. Y me pedía soportes que yo pensara que no le iban a servir para nada». El plano económico fue otro de los factores clave. «Como vendía poco, eso le daba libertad para hacer lo que quería y eso en su momento era malo, le impedía tener una economía que le hubiera servido para hacer más obra, pero la hacía muy sentida».

Amable Arias sólo pintó unos 300 óleos durante toda su vida pero la mayoría de su obra perdura en libros, sobres, servilletas o paquetes de tabaco.

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