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Crónica | Cursos de verano

La muerte, según Atxaga: un vertedero de metáforas

Después de un largo vuelo, de ocho horas, y de la espera en el aeropuerto, las dos hijas de Bernardo Atxaga estaban ya muy cansadas. «La más pequeña, de 3 años, se durmió enseguida, no así la de 5, la mayor, que no terminaba de cerrar los ojos. `Estoy pensando', dijo, cuando le preguntamos la razón de su vigilia».

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Amaia EREÑAGA
 
Así arrancó ayer el escritor de Asteasu su disertación y el primer capítulo del
“Seminario sobre la muerte” que presentó en los Cursos de Verano de la UPV en el Palacio Miramar de Donostia, en una clase magistral que, como era de esperar, fue una de las más concurridas. Y respecto a la conclusión del primer capítulo: «Añadió (su hija mayor) que había ocurrido algo raro: ‘No he visto a las personas. Tanto tiempo viajando por el cielo y no las he visto’. Le preguntamos a qué personas se refería. ‘A las que están muertas’, dijo».
 
Este relato sobre el pragmatismo infantil y la existencia del cielo, ese lugar recurrente que «tan bien viene a los padres que tienen niños», en palabras de Atxaga, provocó las lógicas sonrisas en un público cuanto menos que diferente al que habitualmente se pueda enfrentar un escritor. Había, eso sí, bastantes amigos, como la viuda de Mikel Laboa, Marisol, y sus hijas –Atxaga también hizo referencia a los últimos momentos del músico, como arquetipo de una muerte bella, rodeado de amigos, de familia, de música–, pero, sobre todo, profesionales relacionados con la medicina y la enseñanza. 
 
“A-cerca de la muerte” es un seminario dirigido por Manolo Gómez, de la Fundación Matía, en el que los participantes reflexionan sobre la certeza incuestionable de la muerte, y sobre casos concretos como la eutanasia, los cuidados paliativos o las técnicas que ayudan a explicar la muerte a los niños. Psicólogos, médicos y escritores dan su visión sobre una frontera misteriosa, el final de la vida, a la que el ser humano ha dado todo tipo de explicaciones a través de la religión, la filosofía... y la literatura, como se le pedía ayer a Atxaga. Y el autor de novelas como “Obababoak” (1988) o “Zazpi etxe Frantzian”  (2009) respondió, primero, con una serie de relatos en los que aparecían sus hijas –con esa sabiduría tan apegada a lo real que da la infancia– y el desierto situado entre Utah y Arizona. Allí, en ese espacio de nadie, situó el vertedero a donde van a caer las metáforas con las que ser humano ha ido explicando la muerte desde la antigüedad, desde la fábula bíblica de la reencarnación de Lázaro hasta los funerales de Patrodo en un clásico como la “Ilíada”.
 
«La vida es la vida; y el que la quita, lo quita todo» recitó un Atxaga que prefirió no hablar de la muerte como estado o situación –«porque tenemos la certeza de que, desde hace millones de años, nadie ha dado señales de volver de ella» y, agregó, que «cada vez soy más enemigo de lo abstracto»–, pero sí de la importancia de cómo vive sus últimos días una persona y de lo que queda vivo de ella en el recuerdo de los que continúan vivos.

Portador de sus muertos
 
A preguntas de un participante en el seminario, que con esta charla descubrió al escritor y suponemos a su obra,  –Atxaga, por cierto, pidió «perdón» a los euskaldunes por impartirla en castellano, pero así se lo habían pedido porque había mucha gente de fuera de Euskal Herria–,  el escritor apuntó que «la dicotomía más importante en la muerte la constituyen la belleza y la cercanía». La belleza de la despedida en sí, de los últimos días de quien muere, y la cercanía del consuelo de los amigos.
 
«Yo soy portador de mis muertos» reconoció, porque «está bien hablar de la muerte en general, pero es mejor hacerlo en particular». Atxaga quiso aprovechar el lugar y la situación para tributar una despedida, llena de emoción,   y con luz y taquígrafos,  a un amigo ya fallecido: César Lazkano Ajamil, un ex trabajador de “Egin”, amigo de la infancia y de tren –así iban al colegio de La Salle de Donostia–, persona brillante y extremadamente inteligente, «luminosa», en sus palabras, pero con mala suerte en la vida. Con emoción, sobre todo para quienes lo conocimos, y con un hijo de César Lazkano presente, Atxaga hizo realidad el deseo de sus amigos de tributarle una despedida bella y lo convirtió en personaje de uno de sus relatos: un sabio fumador de un cigarrillo eterno, en el vertedero de metáforas.
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