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«El derribo del patrimonio industrial borra parte de nuestra historia»

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Ramón Garitano Garitano

Arquitecto

El bergararra Ramón Garitano desarrolla su carrera como arquitecto en Iruñea. Recientemente ha realizado el proyecto del nuevo consistorio de Galar Zendea y el Civivox de Iruñea, pero el pasado diciembre la AVPIOP lo premió por una obra realizada hace más de dos décadas en su localidad natal. Se trató de la transformación de un antiguo parque de chatarra en lo que hoy es el polideportivo Labegaraieta.

Anartz BILBAO | BILBO

La Sociedad Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública celebró, el pasado diciembre, su vigesimoquinto aniversario, y premió al arquitecto Ramón Garitano por un proyecto realizado en Bergara, donde transformó un antiguo parque de chatarra en el polideportivo Labegaraieta, aún en uso.

Garitano entiende que el premio a su obra, proyectada en 1981 y concluida en 1987, responde a «ser una obra destacada de recuperación del patrimonio industrial». La AVPIOP ha realizado catálogos de arquitectura industrial donde, «paradójicamente no se encuentra la obra de Bergara», cuenta el arquitecto, «pero la han premiado por su carácter pionero», pues hasta entonces «no había ninguna experiencia en este tipo de actuación».

La reutilización de la nave industrial se dio para un uso muy concreto, pues no se trataba de una rehabilitación monumental -para dejarlo congelado-. De hecho, explica Garitano, «el proyecto no hubiera tenido salida si no fuera porque servía directamente para construir un polideportivo».

«El ayuntamiento de Bergara recibió, en el año 81 y como cesión urbanística, el parque de chatarra de la antigua empresa Unión Cerrajera, un área de unos 16.000 m2», recuerda al detalle el arquitecto. Al ser consultado, «consideré que la instalación principal, un puente grúa que se utilizaba para la manipulación y trasiego de la chatarra, así como un almacén de fundición de modelos, tenían mucho interés y que valdría la pena conservarlo».

En este punto, además, Garitano destaca el mérito y el papel de Imanol Bolinaga, el alcalde que finalizó el proyecto, y sobre todo el de José Antonio Zabala, el que creyó a la primera en el proyecto y lo inició, pues «proyectos de este tipo suelen generar dudas». En Bergara «hubo cierta `movidilla' en el pueblo», recuerda el arquitecto, «al considerar algunos que la instalación deportiva estaba muy lejos del centro». De hecho, está en el extremo opuesto al resto de las instalaciones, piscinas... «pero por eso mismo defendí que para equilibrar los equipamientos en el pueblo había que ponerlos en ese extremo y sanear la zona». Para Garitano, «a cambio de lejanía», el proyecto «supuso una renovación urbana muy importante en un barrio que estaba totalmente asfixiado por la empresa que tenía pegada al lado».

La estructura principal era un puente grúa con tres móviles que se utilizaban para la manipulación de la chatarra -grandes grúas motorizadas, que se movían y se utilizaban con electroimanes-. Parte de ella estaba cubierta en forma de nave, y se proponía que dicha nave albergara el polideportivo, pues allí encajaba perfectamente una pista polivalente. «Se restauró la estructura, se acristalaron los huecos y se añadieron espacios propios de este tipo de actividad, en una nave con mucha luz natural». Se dejaron dos grúas en el interior de la misma, «que se utilizan para las cortinas separadoras de la pista y para las canastas retráctiles -aún en uso- y una fuera, en la parte exterior del puente grúa, haciendo de escenario de un pequeño anfiteatro al aire libre que, con los años, ha desaparecido». Además, los espacios entre la estructura de los puentes grúa «se habilitaron como pistas exteriores».

Actuación sostenible

El resto del ámbito industrial, «se limpió, se saneó y se convirtió en parque público; incluso se habilitó un tramo del antiguo ferrocarril de vía estrecha Maltzaga-Gasteiz, que pasaba por el límite del solar, como paseo peatonal -entonces aún no se hablaba de bidegorris-».

La actuación tenía interés no solo por la rehabilitación del edificio, sino porque logró «darle la vuelta al barrio, muy próximo al parque de chatarra» -construido por la propia Unión Cerrajera para sus empleados en los años 50-. Por tanto, desde un punto de vista urbanístico la actuación tenía el máximo interés, pues saneó toda la zona contigua.

«El costo de la intervención fue realmente irrisorio», destaca el arquitecto. Urbanizar todo ese área de 16.000 metros cuadrados, más la rehabilitación de la estructura del puente grúa y de la nave, es decir, todo el conjunto de la intervención, «costó en su momento 147 millones de pesetas, cifra ridícula para las que se manejan ahora en intervenciones similares de instalaciones deportivas». El presupuesto respondió a un proyecto sobrio y austero en cuanto a materiales y acabados, donde se utilizó la tierra sobrante de la construcción de la variante de Bergara -entonces en construcción- para el nuevo parque; se vendieron restos metálicos y de chatarra que se encontraron en el solar a cambio de los derribos... «se hizo una gestión de la obra absolutamente económica, y fue un ejercicio de sostenibilidad absoluto». La obra tuvo, además, un valor de uso muy claro, aparte de evocador de la memoria y la actividad del lugar.

«En los últimos años se ha realizado una arquitectura de nuevos ricos»

Ramón Garitano decidió mantener el puente grúa «por muchos motivos». El primero, aunque no el principal, «porque viví mi infancia cerca de la instalación, que siempre me pareció fascinante y, aunque estas palabras no se utilizan hoy, por la belleza de la estructura -lo son, en general, las estructuras industriales de cierta dimensión-».

Una belleza diferente de las estructuras ornamentadas, «muy evidente, sencilla y lógica, que explicaba lo que era sin truco». En cuanto a razones más profundas, el arquitecto considera que «el derribo del patrimonio industrial borra parte de la historia». Según Garitano, «esta instalación concretamente explica incluso cómo es el pueblo, el desarrollo urbano y todo lo que ha ocurrido allí», pues la empresa lleva en Bergara más de cien años. «Por razones de memoria urbana tenía el máximo interés conservarlo, y aparte es un homenaje a la gente que ha trabajado en aquel lugar».

Además, en este caso, «el pabellón polideportivo, que el pueblo necesitaba en aquel momento, tenía un encaje natural en el proyecto», relata Garitano. Lamentablemente apenas se han vuelto a hacer rehabilitaciones de este tipo, «pero es que es difícil que se den todas las circunstancias que allí coincidieron», y a veces «hay rehabilitaciones forzadísimas porque el contenido no se ajusta al proyecto, lo que es absurdo. Hay que actuar con más lógica y claridad en estos temas».

En una reflexión más general, «la arquitectura que se ha hecho en los últimos años ha sido de nuevos ricos -reconoce Garitano-, tanto aquí como en Suecia». La opulencia en la que se ha vivido los últimos años ha dado lugar a una arquitectura muchas veces desmesurada, «y los arquitectos no han sabido trabajar en condiciones de modestia y de aprovechamiento de lo existente». Además, en rehabilitación hay otro peligro, «el de la vanidad del arquitecto, que a veces quiere dejar su huella y transforma demasiado las cosas, cuando en algunos casos -no en todos- el propio edificio tiene que seguir siendo», como sucede en Bergara, donde la intervención es respetuosa con lo que había. «Pero generalizar es injusto», finaliza Garitano.

A. B.

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