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Anjel Ordóñez Periodista

Melodrama en el jeltzalismo alavés

El proceso de depuración que el PNV ha desarrollado en Araba como consecuencia del sumario abierto por corrupción contra el diputado Alfredo de Miguel y otros conmilitones jelkides, está sembrando perplejidad por doquier. En general en la sociedad vasca, y en particular en las filas jeltzales. Parece que el partido hubiera escarmentado con el caso Jon Jauregi en Gipuzkoa, que luego le pasaría una seria factura en las urnas, y hubiese decidido desterrar ahora cualquier sombra de duda haciendo rodar cabezas de forma vertiginosa y traumática. Pero me acuerdo mucho de Marat. Desde Sabin Etxea siguen defendiendo la presunción de inocencia de sus cualificados militantes, no obstante, las medidas de profilaxis están siendo de tal calado que el mensaje acaba siendo más bien el contrario.

Dice Egibar, con pose digna y afectada, que «se ha pisoteado» esa presunción de inocencia de los acusados. Pero a renglón seguido se pone serio y distante para asegurar que los presuntos delincuentes se van a tener que defender al margen del partido, «como simples ciudadanos». Eso, en mi pueblo, es arrojarlos a los pies de los caballos, y dice bien poco de la presunta confianza que pueda tener el EBB en la presunta inocencia de los imputados. Sus imputados. En realidad, entre esta actitud y una condena expresa hay diferencias, mas sólo de matiz. Y muy liviano. Porque la contundencia con la que se han manejado en la limpieza sólo se entiende desde la convicción de que el caso tiene muchos visos de salir adelante, de ir más lejos. Algo sabrán. Y todos lo acabaremos sabiendo.

Da la sensación de que este caso no se acabará aquí, a pesar de las prisas y prevenciones de los jelkides. Y me vuelvo a acordar de Marat, castigo justiciero de curas y aristócratas, principal ideólogo del terror guillotinesco parisino de aquella revolución del XVIII. No sé por qué me invade la imagen del puñal clavado en su pecho, de su cuerpo inerte en su bañera rebosante de sangre, de la vida huyendo en un hilo por sus ojos clavados en el verdugo: aquella joven y bella revolucionaria girondina, Charlotte Corday. ¿Melodramático? Bastante.

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