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«La enfermedad es un drama, pero evitemos la `alzheimerfobia'»

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Nolasc Acarín
Especialista en Neurología

Doctor en Medicina por la Universidad de Barcelona y prestigioso especialista en Neurología y en Siquiatría (Barcelona, 1941), es autor del libro ``El cerebro del rey'' (2001) y acaba de publicar ``Alzheimer: Manual de instrucciones''. Ha visitado Bilbo para hablar sobre esta demencia que, sólo en la CAV, es la causante del doble de muertes que hace una década. Es el precio de vivir cada vez más.

Joseba VIVANCO |

¿Las enfermedades neurodegenerativas son uno de los peajes que tenemos que pagar por el aumento en nuestra esperanza de vida?

Es así, está bien planteado. Estas enfermedades, especialmente las que degeneran el cerebro, sobre todo las demencias como el Alzheimer, aumentan su frecuencia con la edad. Es decir, que es infrecuente antes de los 60 años, pero que aumenta mucho a partir de los 90 años. El Alzheimer viene a afectar al 30-35% de la población, es decir, un anciano de cada tres, pero, del mismo modo, hay dos que no lo tendrán. Quiero decir con esto que estamos ante un gran problema, ante la enfermedad que incapacita durante más años en Europa y EEUU. Es un drama. Dura diez años y es terrible. Pero, insisto, dos de cada tres personas no lo desarrollarán, por eso suelo decir que hay que evitar la «alzheimerfobia».

Aumentará la población anciana y por tanto aumentarán los casos de Alzheimer...

Hace cien años, en España había un milllón de personas mayores de 65 años. Es decir, desde que los primeros homo sapiens llegaron a la Península ibérica hasta hace cien años sólo se alcanzó un millón de personas de más de 65 años. Hoy, sólo cien años después, son 8 millones de personas. Esto es importante porque la enfermedad aumenta exponencialmente. Y de ésos, dentro de diez años, 3 millones tendrán 85 años, una edad de más riesgo para desarrollar la enfermedad.

Habla usted de uno de cada tres ancianos con Alzheimer, pero también está el Parkinson y otras demencias... ¡da miedo llegar a viejo!

¡Pero aunque dijéramos uno de cada dos a partir de los 105 años! Quiero decir que tenemos la satisfacción de haber llegado a los 105 años, uno enfermo, pero el otro no. Lo dije antes, hay que evitar la «alzheimerfobia». Porque olvidemos el nombre de alguien al verle en la calle no tenemos Alzheimer... es porque el cerebro está a otras preocupaciones.

Y cuando yo llegue a viejo, dentro de treinta, cuarenta años... ¿habrá cura?

En diez años, la habrá.

Permítame que le diga que uno de los mejores científicos que trabajan hoy en Euskal Herriame dijo en cierta ocasión que desconfiásemos de quienes ponen fecha a la curación de enfermedades, precisamente, como ésta...

Estoy de acuerdo con él. Cierto. Pero analizando los avances que ha habido y las líneas de investigación en que se está trabajando, yo me atrevería a decir que en diez, quince años... Su generación lo verá bien y la mía espero que también...

¿Pero habla usted de curación?

Quizá curar del todo, no, pero sí frenar la evolución de la enfermedad. Que haya medicaciones como las que hoy tenemos para el Parkinson, que frenan la evolución y resuelven los síntomas y permiten hacer una vida más o menos normal.

La curación esta cerca, pero sin olvidar la prevención. Prevenir, ¿para evitarlo o para estar preparado por si nos toca?

Hace años pensábamos que había demencias degenarativas, por un lado, y trastornos crónicos circulatorios del cerebro, por otro. Hoy, sabemos que estas dos líneas se juntan y que el que tiene la segunda, acaba desarrollando el Alzheimer. Por tanto, la mejor prevención es evitar los factores de riesgo vasculares, es decir, control de la hipertesión, de la diabetes, de las grasas, del colesterol, del sedentarismo, de los tóxicos... Eso, y ejercitar la memoria, pero no sólo los mayores, sino la población en general, porque la vejez hay que prepararla a partir de los 20 años.

Pues me da que hemos perdido veinte años...

Pues empiece ya y rápido... Cuidándonos, haciendo trabajo mental... Es como construir muros al borde del río para cuando venga la inundación. Al final, ese agua desbordará los muros que vamos montando, pero estas estrategias son útiles para retrasar la evolución de la enfermedad. Es muy distinto quedarse incapacitado a los tres años de evolución que al año séptimo. Y cuando tienes setenta u ochenta años, esos cuatro años son importantísimos para el enfermo y, no lo olvidemos, para su familia.

Caricias para el enfermo y recreo para la familia, recomienda siempre usted...

Al enfermo, afecto, caricias, cuidados... aunque en fases avanzadas ya ni te lo agradezca ni te sonría y eso es muy duro. Y al familiar, recreo. Tres, cuatro horas al día, fuera, a la calle... a ver a los amigos, jugar al mus o hacer gimnasia. Lo que sea. Debe ser una obligación que alguien le sustituya. Si no, no se puede seguir atendiendo al paciente y acabará cayendo enfermo, víctima del estrés.

«La que está fallando es la Administración»

Usted ha elaborado una especie de manual de instrucciones para encarar la enfermedad. ¿Qué le dice a una familia a la que a un miembro le acaban de diagnosticar Alzheimer?

Ése es el origen del libro. Aquí no existe una línea definida como una frontera. El enfermo empieza con trastornos de conducta, pierde hábitos de tareas habituales, tiene dificultades para abrocharse los botones, no sabe dónde ha dejado la camisa, guarda los platos en la lavadora en vez de en el lavavajillas... El paciente ignora lo que le pasa y no lo valora. Ya hay señal de alarma. Se hacen pruebas, mientras la enfermedad evoluciona. Van pasando los meses... y la pregunta ésa de «qué tiene mi padre y qué pasará», la familia la hace cuando llevamos siete, ocho, diez meses y ya intuye lo que va a pasar. Intituye que puede ser Alzheimer y que puede ir a peor. Con esa intuición, la familia afronta la relación con el médico de manera diferente que al principio.

¿Y está la sociedad actual, las familias de hoy preparadas para asumir esta carga de patologías neurodegenerativas?

Primero, quien más quien menos conoce a alguien con Alzheimer o a alguien que tiene un familiar con la enfermedad, y por eso la sociedad está concienciada. Segundo, tenemos también la suerte de que el nivel médico que tenemos es muy alto. Y tercero, la que no está a la altura es la Administración: se invierte cada vez menos y las ayudas para la dependencia no llegan. Ella es la que falla. J.V.

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