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Maite Ubiria Kazetaria

Bilderberg y el TAV

El club que se ha reunido en una discreta urbanización de Sitges no se prodiga en apariciones públicas. Se define oficialmente como un lugar de encuentro en el que personalidades de distintos ámbitos comparten reflexiones sobre los retos de la globalización.

Una definición más certera podría identificar a Bilderberg como un espacio en el que, sin luz ni taquígrafos, las élites planetarias desgranan análisis que luego servirán de inspiración al diseño de programas de gobiernos destinados a acelerar la privatización de los servicios públicos o a finiquitar el modelo de solidaridad en las pensiones.

Grecia, ese país al que la muy legal delincuencia financiera internacional ha sumido al borde del abismo, fue el escenario de la última reunión de Bilderberg, en mayo de 2009. Tampoco entonces los medios de comunicación se mostraron demasiado interesados en explicar a la ciudadanía por qué personas con altas responsabilidades y una agenda repleta reservan una porción de su preciado tiempo a acudir a los actos de este club.

Sólo el rotativo griego «To Vima» («La Tribuna») se atrevió a hacer circular una lista, seguramente parcial, de los asistentes a la reunión de Atenas. En ella citaba a: ministros y ex ministros de EEUU y una decena de países de la UE, la consorte coronada de un jefe de Estado europeo, representantes de agencias tuteladas por la ONU, consejeros de grandes corporaciones, influyentes medios de comunicación... Bilderberg cultiva la transversalidad y agasaja a dirigentes con proyección, ya sean socialdemócratas, liberales o conservadores, bajo la batuta de su presidente honorífico, el ex político belga y directivo de la multinacional Suez-Tractebel, Etienne Davignon.

Su nombre será desconocido para la mayoría, pero sepan que hasta hace poco ejerció de comisario europeo responsable de la red ferroviaria de alta velocidad en el eje del suroeste europeo.

Al dejar su puesto, este ex diplomático al que persigue un «oscuro pasado» en África, recomendaba, desde las páginas de «Sud-Ouest», superar «la falta de visión común franco-española» que, a su juicio, pone en peligro el TAV y alienta las resistencias a ese proyecto en Euskal Herria.

Davignon animaba a su sucesor, Mario Secchi, a «facilitar» el entendimiento entre París y Madrid para que, pese a retrasos e interrogantes financieros, el tren perfore nuestro país. Sitges parece un buen lugar para insistir con fuerza en tal consejo.

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