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Anjel Ordóñez Periodista

Las ratas de los mercados

Las agencias de rating son esas empresas cuyo negocio consiste en poner notas a los negocios de los demás. Si se me permite la comparación, mutatis mutandis, son algo así como los críticos de cine, que tras ver una película y compararla en todas sus aristas con el universo del séptimo arte, colocan en el papel y junto al título en cuestión tres, dos, una o ninguna estrella. A estos críticos se les supone una independencia que está directamente relacionada, por un lado, con su prestigio profesional, y por otro, con su honestidad personal. Ocurre que los críticos son seres vivos, mamíferos que han de alimentarse para sobrevivir y que, por lo tanto, dependen de un sueldo. Ahí empieza el drama. Les costará a ustedes encontrar en «El País», pongamos por caso, una crítica destructiva de una película que, siguiendo con el ejemplo, haya financiado Prisa. Ustedes me entienden.

Pues lo de las empresas de rating es aún peor y mucho más enrevesado. Imagine usted que quiere montar una empresa que se dedica a vender productos financieros, es decir, prestar dinero a sus vecinos. Una vez metido en harina, tendrá que pasar la ITV de las agencias de calificación -porque, de lo contrario, los clientes no se fiarán-, y pagar religiosamente por ello. Y ahora piense en un sistema en el que usted puede elegir entre varias de esas empresas y quedarse con la que mejor nota le ponga pagando sólo a ésa. Ya puede barruntar que todas se desvivirán por colocarle a usted montones de estrellas para poder cobrar. Ahí está, resumiendo bastante, el origen del desastre Lehman Brothers. Los polvos de estos lodos.

Con este panorama y una crisis que aprieta el gaznate, se extiende la crítica al neoliberalismo rapaz y el mercado sin controles, las bases que alimentan el chollo de las agencias. Y claro, éstas se han puesto las pilas para dar la impresión de que ahora no pasan ni una. Los paganos: los estados que jugaron fuerte con pequeña y sin pares. Grecia, España, Irlanda... antes aprobaban sin estudiar y ahora necesitan refuerzo extraescolar. Lo malo es que lo pagamos entre todos y al mismo precio de joyería que tienen las clases de euskara de Patxi López.

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