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Euskalduna 00:00

El autor, que asistió al acto de presentación de Sortu, remarca la importancia y el potencial del «paso adelante», del reto de proponer una «alternativa ganadora» y de consolidarla «en las calles y en las instituciones». Rechaza las sentencias de otra época y situar el paso en un «territorio de la leyenda» ajeno a la necesidad y la cintura política. Afirma que, contrariamente a Eguiguren, se sintió obligado a asistir al acto en «recuerdo de los ausentes». Igualmente asistió a la manifestación de ayer, con una «multitud en movimiento» cada vez más amplia y plural, por un nuevo escenario que «todos anhelamos».

Hay evidencias que no requieren explicación. Es más, tratar de explicarlas es un menosprecio a la inteligencia colectiva de este Pueblo, a su memoria, labrada sobre decenas de miles de testimonios personales y grupales. A lo sumo, precisan de ajuste horario y contexto, de manera que el ruido mediático y las lecturas de contador equivocadas no despisten a las personas más dubitativas.

La diatriba acerca de si persistimos o nos reinventamos, damos continuidad o carpetazo, somos lo que éramos u otra cosa, seguimos o volvemos a empezar es propia de informes policiales y chacales de tertulia, de modo que estas líneas no van a engrosar la lista de pruebas y contraindicios al uso. Si me animo a recordar la mañana del 7 de febrero en el Euskalduna es por su potencial simbólico en una ecuación de rango superior. También por el torrente de reacciones que sigue generando, gran parte de ellas de indudable valor político, pero otras de preocupación, desconcierto o ambas a la vez.

Parto de una premisa a estas alturas incuestionable: el único proceso político en curso para el conjunto de la izquierda abertzale es el vertebrado por «Zutik Euskal Herria!» y sus sucesivas manifestaciones y conclusiones. La línea política adoptada sólo será enmendada si la base social y el corpus militante que la promovió y ratificó así lo decide, cosa que, dicho sea de paso, parece muy improbable. Así pues, la declaración de la izquierda abertzale en el acto público del Euskalduna tenía, como punto de partida, el refrendo previo de sus bases a una nueva estrategia que recogía como uno de sus objetivos primordiales a corto plazo la exigencia y búsqueda de su legalización. La aclaración no es peccata minuta, por cuanto que fines e instrumentos sólo pueden articularse sobre bases legales, las de cada momento, cuando de buscar la legalización se trata.

Embutidos entre la mullida moqueta y la cálida iluminación de la sala que acogió la explicación de los estatutos de lo que, al día siguiente, sus promotores presentaron bajo el nombre de Sortu, prácticamente todas las personas que acudimos nos sentimos impactadas. Percibimos que desaparecían de un plumazo los pretextos acumulados durante largos años para persistir en la represión, la amenaza, la inhibición o cualquier otra vertiente del escaqueo. No es que antes de oír a Rufi Etxeberria o Iñigo Iruin esas actitudes tuvieran justificación; tenían argumentario y un interminable rosario de burladeros tras los que esconder su inacción o mala fe, todo lo cual servía para justificar que la «democracia española» fuera un régimen de excepción, una letrina de lujo en la que conviven el oropel institucional con la mierda de los sótanos de Intxaurrondo.

Fue una declaración con punch, punto de partida de un nuevo tiempo, en el que la credibilidad y el respaldo social de las propuestas políticas son directamente proporcionales al grado de adhesión colectiva, oportunidades de cambio real y percepción positiva que generan. La legitimidad social de nuestro proyecto está asentada en décadas de trabajo y reconocimiento de amplias capas populares en Euskal Herria. Pero el necesario paso adelante, el reto de proponer una alternativa ganadora, consolidarla en la calle y en las instituciones, en los comités de empresa y en los consejos escolares, en la piel y en la fibra del organismo colectivo del que somos parte, pasa por adquirir nuevos compromisos y elegir instrumentos de lucha y acumulación que hagan factible el objetivo propuesto: articular una nueva mayoría y dotarla de contenido y recorrido. Poder popular, hegemonía sólida desde principios realmente democráticos, pensar y construir Euskal Herria.

La letra de los estatutos pone, negro sobre blanco, las bases de una credibilidad por alcanzar en amplios segmentos de la sociedad vasca. No hablo de sortear requisitos legales o de recibir el espaldarazo de tal o cual tribunal. Esa reválida permitirá otorgar carta de legalidad a una papeleta, pero el respaldo social se la otorgará otro tipo de credibilidad: la proveniente de toda la gente que aspiramos sinceramente a convencer e incorporar al planteamiento de lucha y asalto democrático al poder perfilado en nuestra hoja de ruta.

Entendido esto, el áspero gusto que algunos términos y afirmaciones nos pudieran dejar en el paladar, no es nada comparado con la sequedad de garganta que arrastrábamos desde tiempo atrás. Pastillas bastante más amargas nos hemos tragado en cincuenta años de pelea. En todo caso, el aventamiento de algunos mitos como gestos resistentes que impugnan el necesario cambio, parece llevar a pensar a algunos que la izquierda abertzale ha estado siempre en el territorio de la leyenda, ajena a la necesidad o a la cintura política. Equivocarse por un cálculo político erróneo es grave, pero hacerlo esgrimiendo el empuje de la adrenalina o del determinismo es imperdonable. Que nadie se aferre a las sentencias de otras épocas ignorando el contexto y la correlación de fuerzas que las alumbraban.

Eguiguren, en una nota remitida a la red social Lokarri, excusaba su ausencia en el Euskalduna apelando al recuerdo de los ausentes. Yo, en cambio, me sentí obligado a asistir por idéntico motivo. Ocurre que, tras tantos años de opresión y reacción, cada cual calibra las ausencias a su manera. Asistí al principio de un nuevo tiempo animado por el recuerdo de los amigos con los que compartí la esperanza de liberar Euskal Herria con las armas en la mano, y que ya no están aquí. Me empujaron hasta la butaca muchos de los compañeros que siguen encarcelados, en el exilio, a una distancia abrumadora de cualquier escenario de justicia. Finalmente, acudí espoleado por mis propios recuerdos de vida, por la reciente pérdida de mi aita, por todas las alegrías y rabias que he compartido en años de militancia, con la convicción de que lo único que perdemos es aquello a lo que renunciamos definitivamente. Estoy seguro de que también tienen un bagaje de recuerdos parecido todas las personas que no quisieron estar allí; que no entendieron el paso dado. Concluyamos, por tanto, que lo que no nos perdonarían nunca los ausentes es precisamente que perdamos toda opción de ganar.

También estuve ayer en Bilbo. Una vez más, se nos hizo de noche en medio de una multitud en movimiento. Cada vez más amplia, cada vez más plural. Esa es la radicalidad de la apuesta: convencer, implicar, multiplicar. Nadie es imprescindible, pero cada uno de nosotras y nosotros es necesario. También buena parte de la masa social que nunca ha pisado las calles junto a la izquierda abertzale. Quedarse en el camino, tumbarse en un descampado mirando a las estrellas, escuchar desde casa las versiones remasterizadas del cancionero de Telesforo Monzón o Sutagar es lícito, pero sólo para un rato. Enfilar Autonomía, bajar Hurtado de Amezaga, apelotonarnos en Buenos Aires y llegar juntos al puente del Ayuntamiento. Llegar, de una vez por todas, al nuevo escenario que anhelamos. No hay pretexto para quedarse atrás.

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