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CRíTICA teatro

Neurosis familiar

Carlos GIL

Asfixiante, rotunda, de tal densidad que supera cualquier concepción reduccionista de la teatralidad exuberante, con todos sus componentes y características de profundidad y dificultad. Retrato de familia burguesa de la Viena de principios del siglo veinte, es un ejercicio teatral de primera magnitud, un texto troncal en la siempre turbulenta y fascinante producción teatral de Bernhard. Basada en una familia real, por lo tanto basada en la estratificación de personajes, situaciones, las fusiones entre elementos biográficos, la convierten en un documento inquietante, en una forma de escarbar desde la aparente futilidad de los pequeños detalles personales, de relaciones entre hermanos, en la descripción de un ambiente, de una visión cultural artística, en una radiografía desenfocada por lo sesgada de la propia Austria, de la neurosis que emana de una familia ejemplar, como metáfora de una patria, un orden, una política.

La dirección se coloca en una asepsia indolente. Desde su decorado minuciosamente detallista, hasta la composición de los personajes, provoca una suerte de abstracción, una caída en pormenores y anécdotas que no aportan nada más que pasadizos para llegar al meollo. Y el meollo no está solamente en las frases chispeantes, o en las parrafadas anodinas, cansinas que traducen un estado de ánimo crepuscular, sino en las formas, en la manera de interpretar, de la prosodia, de la estética, y es ahí, en donde nos quedamos alejados, buscando desesperadamente a Bernhard, a su causticidad, porque lo que vemos son personajes desprovistos de emociones, dos hermanas que hablan como estatuas, y un hermano, encarnando una locura de manual, por lo que al manejarse con arquetipos, se instala en lo que el propio Bernhard denuncia: «un arte de la antigüedad».

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