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Un corredor obstinado que quiere ganar el Tour

El australiano Cadel Evans ha superado con creces los Pirineos y es tercero de la general a 2:06 del líder.

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Simon VALMARY (AFP) | PARÍS

Cadel Evans supera los contratiempos personales y deportivos y continúa pedaleando. Su victoria de etapa en el Muro de Bretaña fue la de la obstinación, pero también apuntaba su esperanza de ganar por fin el Tour de Francia. Y su paso por los Pirineos le ha consolidado como uno de los máximos favoritos a la victoria final en París.

«Ganar el Tour supone la suma de infinidad de pequeños detalles», explicaba a principios de 2009, unos meses después de haber finalizado por segunda vez en la segunda plaza final (2007 y 2008). «Sin mi caída en la primera etapa de los Pirineos en 2008, creo que habría conseguido el maillot amarillo en París. Me costó mucho desgaste nervioso y de fuerzas para el resto de la carrera».

Evans no renuncia jamás. Y el año 2009, en el que se proclamó campeón del mundo en Mendrisio (Suiza) -muy cerca de su casa-, le dio la razón. El australiano demostró que podía ganar.

Su colección de plazas de honor (2º en la Dauphiné en 2007 y 2008, y 2º en la Flecha Valona 2007, como los más significativos) habría desanimado a más de uno. Sobre todo a alguien que venía de una modalidad que había dominado sin oposición, la BTT, tras ser campeón del mundo de mountain bike en 1998 y 1999.

Se podría pensar que estas plazas secundarias, «a la sombra» de los ganadores, eran las más convenientes para un corredor al que le gusta muy poco llamar la atención. Pero su determinación se ha mostrado mucho más fuerte que su discreción natural.

«Mi voluntad de trabajar no ha cambiado, es la misma que tenia a los 18 años -explica con su voz aguda-. Pero pasan tantas cosas a tu alrededor, que a veces se apoderan de tu tiempo y de tus medios. Incluso puede llegar a ser duro salir de casa», señalaba haciendo referencia a la fragilidad de su moral.

Aprender de sus fracasos

Evans llegó a la Suiza francófona en 1998, con la preparación de los Juegos Olímpicos de 2000 en la cabeza (acabaría 5º en mountain bike), y terminó en el ciclismo en ruta en 2001, en el equipo Saeco -que luego se convertiría en Mapei-. Allí creció como corredor junto a Aldo Sassi, convertido en algo así como su padre adoptivo, que falleció el pasado mes de diciembre a causa de un tumor cerebral. «No pasa un día sin que me acuerde de él», confesaba a principios de año.

Sassi lo había apoyado contra viento y marea, incluso cuando sus propios compañeros de equipo dudaban de su valía. Evans jamás reconocerá si llegó a dudar o no sobre su futuro en el ciclismo, y prefiere apoyarse en la experiencia que ha obtenido de sus fracasos.

Su último revés fue en el último Tour, cuando acabó en el 26º puesto de la general tras sufrir una fisura en el codo izquierdo a causa de una caída en la octava etapa. Ese mismo día se vistió el maillot amarillo en Morzine, pero las consecuencias de la caída le impidieron defenderlo en la novena etapa, aunque aún así acabó la carrera en París.

Ahora, en plenitud a sus 34 años, a tope de fuerza y de moral tras su título mundial de 2009, de la victoria en la Flecha Valona de 2010, en la Tirreno-Adriático y la Vuelta a Romandía este mismo año, en la tercera etapa del Tour y su buen balance en los Pirineos, el australiano parece más capaz de controlar los acontecimientos que le rodean. Evans ha preparado concienzudamente su temporada, ha reducido los días de competición, y ha preferido las pruebas por etapas a las carreras de un día. ¿Será suficiente para ganar el Tour?

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