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Iñaki LEKUONA Periodista

Espárragos con kétchup

 

El mismo día en el que el firmamento gastronómico engordaba con una nueva constelación de estrellas Michelin, en Lyon, varios chalados discutían sobre los hábitos alimenticios. Y claro, concluyeron que son horribles. No tanto porque haya quien eche kétchup a los espárragos, sino porque en pleno siglo XXI nadie está ya seguro de que esa salsa roja sea realmente kétchup o de que esos entes blanquecinos y filamentosos sean espárragos.

Puede parecer frívolo, pero en este planeta extraño en el que cada pocos segundos muere una persona de hambre, también los seres humanos se van al otro barrio por lo que comen. Sobre todo desde que se propagó la epidemia de la productividad a bajo coste a costa de la salud ajena. El agricultor y escritor franco-argelino Pierre Rahbi advirtió en Lyon de que «dentro de poco, cuando nos sentemos a comer no diremos que aproveche, sino buena suerte». Y quizá tenga razón este octogenario cuando afirma que «hoy, un gastrónomo que no sea ecologista es un idiota; un ecologista que no sea gastrónomo es un triste». Pero en estos días estrellados en los que las bocas se hacen agua con tanta alta cocina laureada, cada vez son más las carteras que hacen aguas por una crisis que se nos traga. Y no sólo comer en esos lugares es un lujo, sino también hacerlo como propone Rahbi.

Por eso, ante ese improbable plato de espárragos con kétchup ante el que suspiraría el mismísimo Adriá, son cada vez menos los que se preguntan cuánto de tomate hay realmente en esa salsa o cómo se habrán cultivado y conservado esos entes blanquecinos importados desde China. No es idiotez. Es lo que hay. Buena suerte. Sobre todo si alguien intenta ese plato.