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ANALISIA | primarias

La otra cara del proceso electoral y de la política en Estados Unidos

En plena vorágine del proceso de primarias, el autor ofrece otra mirada sobre la política de Estados Unidos. La de los potentes y muchas veces silenciados movimientos de protesta. El último exponente de esta larga tradición es «Occupy Wall Street».

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Txente REKONDO | Gabinete vasco de Análisis Internacional (GAIN)

El sistema electoral estadounidense y su vida política siempre gira en torno a demócratas y republicanos. En ocasiones, sobre todo en procesos electorales como el de este año, surgen terceros protagonistas, pero por lo general estos sufren el apagón analógico de los principales medios de comunicación norteamericanos. Sin embargo, la realidad nos muestra la existencia de todo un abanico de organizaciones y movimientos sociales que desde hace décadas intentan llevar adelante sus agendas progresistas y transformadoras.

Curiosamente, mientras la realidad que nos presentan en EEUU intenta ocultar las demandas y protestas que se reproducen por todos los estados, en las escuelas se aprende la historia del Tea Party de Boston (precedente de la Guerra de la Independencia), el ataque de John Brown (destacado abolicionista) al arsenal militar de Harper´s Ferry, y acontecimientos más recientes como las campañas de desobediencia y a favor de los derechos civiles de Rosa Parks o Martin Luther King.

Se intenta de esa manera presentar los movimientos de protesta y rebeldía como algo del pasado, al tiempo que se evita cualquier referencia a acontecimientos más recientes, como las protestas y movilizaciones contra la guerra de Irak, los ataques que algunos movimientos ecologistas han realizado contra concesionarios de coches que hacen propaganda de los grandes vehículos «Hummer», o el rechazo de los estudiantes de Massachusetts a realizar los exámenes pertinentes.

La riqueza de los movimientos sociales en EEUU representa por tanto, la otra cara de esa política. A día de hoy podemos encontrar un amplio espectro de organizaciones, movimientos, y activistas que militan contra viento y marea. Ahí están los movimientos de los pueblos nativos, de la minoría asiática en EEUU, las reivindicaciones de los habitantes de las islas del Pacífico, o movimientos de mayor calado mediático como el de los afroamericanos y los chicanos.

Otros menos conocidos, como los de la lucha contra el sida o a favor de los derechos de las personas discapacitadas, las redes por una justicia global, los movimientos de mujeres y feministas, los colectivos de gays, lesbianas, trans o queer, comparten esa escena con los movimientos en favor de derechos civiles, del medio ambiente, contra las centrales nucleares, así como organizaciones políticas de índole anarquista o socialista, y también los movimientos obreros.

El movimiento más reciente es el llamado Occupy Wall Street, que durante el año 2011 ha logrado movilizar a diferentes sectores de la sociedad estadounidense y, en opinión de algunos analistas, ha logrado calar hondo con su mensaje de que la desigualdad es incompatible con la democracia.

Desde que surge en setiembre pasado, el movimiento ha mostrado con claridad que no es una invención ni del Partido Demócrata ni de los sindicatos tradicionales, y a pesar de no contar con una organización muy definida, recoge parte de las movilizaciones antiglobalización de los años noventa y contra la guerra de Irak en este siglo, y al mismo tiempo denuncia el fracaso del sistema financiero capitalista y canaliza el sentimiento anti-establishment, sobre todo ante el sistema creado en función de los intereses de republicanos y demócratas.

De momento, ha logrado eclipsar el fenómeno mediático en torno al ultraconservador Tea Party, así como movilizar a parte de las clases medias que hasta ahora se sentían seguras dentro del actual sistema norteamericano, y en cierta medida ha influido en el debate político. En este sentido, políticos como Barack Obama y otros demócratas han asumido parte del discurso y el mensaje del movimiento, quizás más por interés electoral que por convencimiento.

Esta realidad no está exenta de riesgos y dificultades. Sin olvidar la marginación mediática, la persecución y represión de los aparatos del Estado y el ninguneo de los partidos mayoritarios, algunos participantes apuntan a otro riesgo, el de la institucionalización.

No es una novedad que los políticos norteamericanos, al igual que en otros lugares, intentan atraer o captar a los dirigentes de esos movimientos a través de ofertas como la realización de «consultas», u ofreciendo espacios para sus demandas (invitaciones al Congre- so para exponerlas...).

Pero lo que más puede llegar a debilitar son los movimientos que puede llevar a cabo el propio Gobierno a través de supuestas reformas que aparentan la concesión de algunas demandas, pero que en realidad sólo buscan sofocar el movimiento. Incluso, como hemos visto recientemente, las maniobras de algunos políticos del establishment que se apropian de la retórica de las protestas, bien a través de iniciativas legislativas que acaban por lo general en papel mojado, pero que en un momento dado pueden desactivar las movilizaciones.

El panorama político y social de Estados Unidos no invita al optimismo, y sin embargo son miles las personas que siguen peleando día a día en los diferentes frentes que el sistema va abriendo. La oposición a esa política exterior basada en la guerra y el intervencionismo; la apertura de canales de solidaridad con los emigrantes, tanto legales como ilegales; el activismo mediático que busca romper ese manto de silencio que los grandes medios tienden sobre esas realidades alternativas; la apuesta por defender y reconstruir un estado de bienestar en serio peligro (las privatizaciones y recortes en la seguri- dad social o las pensiones, lograr mantener la asistencia sanitaria universal e incluso buscar fórmulas para reconstruir el sindicalismo); el impulso de un espacio propio para los pueblos originarios y las minorías, son algunos ejemplos de esa pertinaz lucha.

Como señala un activista local, a pesar de todo «la gente sigue movilizándose, sigue yendo a manifestaciones, escribiendo cartas de protestas, realizando campañas puerta a puerta o de desobediencia civil». El contexto no es sencillo, y el poderío de los defensores del status quo es elevado; sin embargo aún hay lugar para la esperanza, y si en pasado fueron necesarias décadas de lucha del movimiento pro derechos civiles para poner fin al apartheid legal, o más de diez años para acabar con la guerra de Vietnam, ahora también el tiempo puede acabar dándonos la razón o mostrando el fruto de esas movilizaciones y esa tenacidad de la otra cara de la política en Estados Unidos.

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