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ANÁLISIS | PUTIN SIGUE AL FRENTE DE RUSIA

Una victoria tan incontestable como los retos que esperan a Putin

Casi nadie, dentro y fuera de Rusia, ponía en tela de juicio la presagiada victoria de Putin. La única duda residía en si sería necesaria o no una segunda vuelta. Despejada la incógnita y el peligro, el inquilino del Kremlin afronta serios retos para los próximos seis años.

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Txente REKONDO Gabinete Vasco de Análisis Internacional

Las denuncias de manipulación electoral por parte de algunos partidos opositores no pueden obviar el amplio respaldo que a día de hoy sigue manteniendo Vladimir Putin a lo largo y ancho de Rusia, a quien buena parte de la población sigue viendo como el factor clave de estabilidad. Asimismo, todo el abanico de reproches sobre el proceso electoral que hemos oído estos días en boca de cualificados políticos occidentales son una muestra más del doble rasero a que nos tienen acostumbrados esos actores, siempre prestos a denunciar el control de los medios de comunicación, la utilización interesada de la legisla- ción, la corrupción o la falta de transparencia cuando se trata de analizar situaciones ajenas.

La estrategia de Putin para estos años ha sido desgranada a través de varios artículos de prensa publicados en plena campaña electoral. En cuanto a los ejes centrales de su nuevo mandato, en política exterior seguirá apostando por un mundo multipolar, por recuperar el peso y protagonismo ruso en Oriente Medio, por estrechar lazos con China, por salidas dialogadas en torno a Corea del Norte o Irán, por un nuevo espacio de relaciones con Europa, y sobre todo por el apoyo a las minorías rusas en otros estados.

Sobre la seguridad nacional, Putin insiste en que «ser fuerte es una garantía para Rusia» y, en ese sentido, pretende modernizar el Ejército y la industria militar en los próximos años, junto con mejoras sociales para los reclutas y una mayor profesionalización de la Armada rusa.

En el eje socioeconómico, Putin, quien lleva 13 años en la cúspide del poder del Kremlin, defiende «una política social en Rusia, basada en la justicia», proponiendo medidas que favorezcan a los sectores más desprotegidos (pensionistas, agricultores) e incentivando campa- ñas contra el tabaco o el alcohol. También ha mostrado su intención de estudiar políticas migratorias «que frenen el declive demográfico» del país.

En política, y pese a apostar por «modernizar los mecanismos de nuestra democracia», Putin no renunciará al modelo centralista, en sus palabras «fuerza clave de la estabilidad política». Medidas para facilitar la participación ciudadana, el registro de nuevos partidos políticos, el inicio de una campaña para combatir la corrupción institucional o facilitar el acceso a los mecanismos de la Justicia, son algunas de sus promesas.

En materia económica, el presidente electo promete aumentar la competitividad de Rusia en las nuevas áreas tecnológicas, atraer a compañías extranjeras para que inviertan en el país y reducir la influencia del Gobierno sobre la economía. Al mismo tiempo reconoce la importancia estratégica del potencial energético ruso, pero anticipando la necesidad de buscar alternativas para el futuro, y también una nueva red de comunicaciones que facilite la conexión con las zonas más lejanas del país.

Otra baza importante es el patriotismo. La defensa de Rusia frente a los ataques de EEUU y Occidente seguirá siendo recurrente. Putin insiste en que su defensa del «patriotismo ruso» no guarda relación con posturas xenófobas o chauvinistas, «que son una amenaza para la integridad del Estado». Pretende pivotar su nuevo mandato con algunos logros que reivindica en los últimos años, entre ellos la «derrota del separatismo», cierta estabilidad económica y la emergencia de las clases medias, al tiempo que seña- la los problemas que a día de hoy siguen persistiendo, en la sociedad rusa, como la pobreza o la falta de diversificación económica.

La oposición a Putin sigue denunciando el proceso electoral, pero al mismo tiempo se muestra incapaz de articular una alternativa seria al futuro presidente, y eso es algo que percibe buena parte de la población en Rusia. Así, los llamados candidatos liberales son vistos como los padrinos de la privatización salvaje de hace unos años; los candidatos Ziuganov (comunista) o Zhirinovski (populista) son recetas del pasado, condenados a un fracaso tras otro en las últimas citas presidenciales; otros, como el multimillonario Projorov, son la viva imagen de los oligarcas, de la cultura del pelotazo; y los hay que a pesar de sus intentos por distanciarse de Putin, son percibidos por la población como meros apéndices del aparato estatal creado en torno al presidente ruso.

La falta de líderes capaces de competir con Putin es acompañada en ocasiones con el encumbramiento que desde Occidente se hace a determinadas figuras opositoras, y que apenas tienen respaldo en Rusia. Un ejemplo evidente es la atención mediática otorgada a Gari Kasparov o a Ilya Yashin por parte de televisiones europeas tras las elecciones del pasado domingo. Unos personajes que apenas encuentran eco y apoyo entre los rusos, pero que no desprecian las alabanzas intencionadas y el protagonismo mediático que desde Occidente se les concede. Otra figura que se intenta promocionar es la del blogero Aleksey Navalny, aunque su peso virtual no va acompañado del mismo apoyo en las calles.

Mención aparte requiere la situación en el llamado Caúcaso Norte, donde las imágenes y las evidencias de apaño electoral harían sonrojar a cualquiera. La situación excepcional que se sigue viviendo en la convulsa zona permite a los dirigentes rusos -algunos señalan que en esto coinciden con la oposición- continuar perpetrando un fraude tras otro, en ocasiones con la inestimable ayuda de los colaboradores locales.

Rusia ha cambiado, y Putin sabe que lo seguirá haciendo en los próximos años, de ahí que intente adecuar su estrategia a ese nuevo contexto, pero sin perder de vista sus propios intereses. El peso, mediático o no, de las clases medias urbanas condicionará en los próximos años la política del Estado, aunque conviene recordar que cuando nos referimos a Rusia estamos hablando de realidades políticas y sociales muy dispares.

La corrupción, el papel de Rusia en el mundo, la percepción de buena parte de la población de que las élites políticas son unas privilegiadas, las demandas de cambio, el poder energético, son algunos de los retos que acompañarán a Putin a lo largo de estos años. Como también lo hará el descontento de algunos sectores de la población, aunque de momento éstos hayan sido incapaces de articularse en torno a una alternativa electoral.

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