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¿Hay luz en el agujero negro de la eurozona?

Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y ahora el Estado español vienen turnándose en el epicentro de un terremoto europeo que parece perpetuo. La zona euro está plagada de agujeros negros, con una moneda al borde del colapso bajo el peso de sus propios desequilibrios, atrapada en un círculo vicioso y a la espera de una especie de milagro, sin que nadie plantee una estrategia reconocible que alumbre el camino de la recuperación. Si se hundiera el euro -que en realidad siempre fue más un proyecto político que el resultado de la lógica económica-, muchos creen que la Unión Europea correría la misma suerte. Y el hecho de que la mayor economía del mundo pueda desintegrarse, desencadenando una crisis mundial sin precedentes, ha hecho que todas las alarmas de emergencia salten. Obama insiste en las serias implicaciones globales de la crisis en la eurozona, las instituciones financieras internacionales aumentan la presión sobre Alemania y los llamamientos a sacar la cabeza de debajo de la tierra y pasar a la acción se multiplican.

El rotativo alemán «Welt am Sonntag» informaba ayer sobre un plan global de los mandatarios europeos, Durao Barroso, Van Rompuy, Draghi y Juncker, para reestructurar la eurozona, que calificaba como «proyecto revolucionario». Con el objetivo de incrementar la integración, plantea la necesidad de una unión a todos los niveles: bancaria, fiscal y política. Pretende hacerlo con prisas, de cara a la próxima cumbre europea de finales de junio. Al parecer, ese propósito común dará confianza a los mercados financieros internacionales y cambiaría el curso de los acontecimientos. Pero eso es mucho decir y está por ver si esa es la dirección que va a tomarse. En todo caso, sea esa o la contraria, es evidente que quedarse como hasta ahora, bloqueado, sin proponer nada, es suicida.

Alemania sabe que la supervivencia de la eurozona solo puede garantizarse con la fuerza y los activos de su economía. Y el Estado francés sabe de la necesidad de un gobierno común, con un control parlamentario democrático, de una unidad política. Ni Frankfurt ni franc fort. Por desgracia, el conocimiento de esa verdad no impide el tráfico de políticas europeas basadas en la mentira.

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