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Casi nada cambia en Grecia y la UE respira

En unos minutos, los transcurridos desde los sondeos hasta los primeros datos sobre votos escrutados de las elecciones generales en Grecia, la «preocupación», el «temor», la «alerta» que profusamente habían transmitido las autoridades de la UE desde las anteriores elecciones se transformó en «alivio», «tranquilidad» y «buenas noticias». No porque nada haya cambiado sustancialmente, sino simplemente porque no han de enfrentarse a la más que incómoda situación que habría supuesto la necesidad de negociar con Syriza.

El partido de Alexis Tsipras no ha ganado las elecciones, pero tampoco cabe hablar de derrota, menos aun tras el acoso sufrido por esa formación, que ha logrado acumular gran parte del voto de izquierda y del descontento popular. También Nueva Democracia ha conseguido aglutinar, aunque no sea por méritos propios, la mayor parte del voto de derecha. Sin embargo, en esta ocasión tiene opción de formar gobierno con el Pasok, el cual ayer se mostraba partidario de que en la coalición también participe Syriza, lo que resulta comprensible toda vez que el hasta hace unas semanas referente mayoritario de la izquierda griega, que ha apostado por el acatamiento de las duras condiciones impuestas al país incluso cuando estas se han demostrado contraproducentes para su recuperación, ve reducido su electorado y posiblemente atisba el peligro de extinción.

Desde un punto de vista muy básicamente democrático, estas elecciones han puesto en evidencia una actitud de las autoridades europeas que merece el calificativo de sonrojante, solo igualada por los grandes medios de comunicación. Olvidada la ética, ni siquiera se han preocupado de la apariencia estética, mostrando un desprecio indisimulado hacia los ciudadanos griegos y su capacidad y derecho de elección, desprecio acorde a las medidas de austeridad impuestas no precisamente pensando en el bienestar de esos ciudadanos. Queda en el aire la pregunta, en la hipótesis ya descartable de la victoria de Syriza, sobre la capacidad y, sobre todo, el margen de maniobra con que hubiera contado ese partido para sacar adelante su programa.

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