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Antonio Alvarez-Solís Periodista

El agua bendita de la democracia cristiana

Este artículo es en realidad una conversación en voz alta del periodista con una serie de políticos de obediencia demócrata-cristiana que, desde las tribunas que les proporciona el Gobierno del Estado, hacen gala de lo que vendría a ser su característica más llamativa, «su cínica hipocresía». Alvarez-Solís se dirige y rebate en estas líneas a tres políticos del PP: Cospedal, Jurado y Bermúdez.

Históricamente la democracia cristiana, integrada hoy por los partidos agrupados en el Partido Popular Europeo, colabora en los incendios que consumen a los trabajadores, pero aporta al mismo tiempo el agua bendita para refrescar las quemaduras de los sacrificados. A su modo, «ora et labora». La Roma pontificia debería haberse opuesto desde el principio a la creación de esta extraña mezcolanza sacropartidista, mas por el contrario la alentó con un centón de encíclicas y otros solemnes documentos que, al fin y al cabo, abrigaron a las autocracias conservadoras, tan infiltradas de fascismo, y dificultaron a muchos cristianos pactar con fuerzas progresistas una transición ancha y pacífica orientada a la creación de un verdadero modelo humano de sociedad. Conste que mis observaciones de hoy sobre la democracia cristiana van a volar bajo. No se trata de poner paño al púlpito y recordar el comportamiento de los demócratas cristianos en el advenimiento de Hitler, en el aniquilamiento de la II República española, en el genocidio chileno o en el asesinato de Aldo Moro, ahora retornado a la actualidad por la muerte de Giulio Andreotti, un cristiano demócrata genuino, oscuro y ladino, relacionado con la destrucción final del «compromiso histórico». No vamos a hablar de nada eso, sobre todo por no irritar más a la fiera que insiste en cobrar «piezas rojas» en cotos protestatarios o nacionalistas de izquierda. Vamos, simplemente, a dedicar algunas reflexiones a nuestros demócratas cristianos actuales o «populares», que también dan mucho de sí en su empeño de caminar sobre los cráneos de más de seis millones de parados y de otros millones más que respiran agónicamente entre el fondo y la superficie.

Empecemos por la característica más llamativa de este tipo de demócratas, es decir, por su cínica hipocresía. Dejo aparte, por constituir una baratija retórica, la última invitación, creo que de la ministra española de Empleo, a la práctica de la oración para aliviar la dramática situación de los parados.

El cinismo de los «populares» se desparrama como una sustancia oleaginosa por todo su discurso político, que queda así convertido en algo inaprensible o pringoso, como se dice en el lenguaje de la calle.

Ante una situación dramática como la presente, en que los ciudadanos han renunciado a toda confianza en los políticos, ha vuelto a abrir la boca la Sra. Cospedal, primer premio en este festival de máscaras a pie. La Sra. Cospedal ha dicho esta colosal frase: «No temo un estallido social; son más lo que creen en el trabajo diario». Es decir, la Sra. Cospedal no solo protagoniza una política que induce el paro, sino que presupone en los parados una voluntad de violencia que abandonarían si creyeran «en el trabajo diario». Es decir, si creyeran en lo que no tienen. Luego, la Sra. Cospedal los estigmatiza como gente escasamente razonable. Pero la cuestión, vista desde una lógica elemental, es que los que no creen en el trabajo se van volviendo levantiscos precisamente porque no tienen empleo. Si es así, como lo planteo, la frase de la Sra. Cospedal constituye un agravio insensato a los parados. Sí, Sra. Cospedal, los parados podrían estallar en las calles españolas, pero si estallaran, usted y sus demócrata-cristianos arruinarían lo que queda de vida ciudadana con la violencia ejercida por sus tribunales y policías. Sra. Cospedal, creer en el trabajo y no poder tenerlo conduce a la desesperación. Yo no sé si esto último no se lo siseó al oído la Virgen del Rocío cuando usted fue a visitarla con su peineta y su mantilla de reglamento. Si la Virgen no se lo siseó, es que estaba ronca. Y si se lo siseó y no llegó a sus oídos es que usted está sorda. Además, yo en estas cosas no entro desde que un amigo de mi familia pidió a la Virgen del Pilar, con un susurro piadoso, que le diera un nieto en su hija la casada, y la Pilarica, quizá por estar encaramada en un prominente altar, no captó bien lo que le decía el devoto y parió la hija soltera del peticionario.

Sra. Cospedal, usted es una persona con una tendencia impolítica a insultar a las masas. A la frase anterior añadió usted esta coletilla sobre las protestas callejeras: «Son actuaciones muy vistosas, pero que apenas arreglan nada». Dejo aparte el concepto de «apenas» porque no es unidad de medida fiable, pero el calificativo de estas protestas como «muy vistosas» me suena a burla, befa, guasa, mofa, zumba o pitorreo, que son términos con los que don Fernando Corripio homologa el cachondeo. Y por ahí vamos mal.

¿Y qué decir de la senadora del PP por Córdoba, doña Beatriz Jurado, que dijo en Oviedo a los chicos de las Nuevas Generaciones «populares» (nota: la derecha nunca ha tenido nuevas generaciones, siempre son las mismas) que el PSOE e Izquierda Unida «solo quieren a jóvenes borregos que sepan gritar»? Lo de «borregos» no parece lenguaje castelarino, sino calificativo sobrevenido en mesón de ganaderos, que es donde cuadra. Exactamente, cuadra. Y esa sentencia de doña Beatriz cobra peor perfil cuando añade que los jóvenes de Nuevas Generaciones no solo reivindican, sino que «también trabajan».

Vamos a ver, doña Beatriz: cuando los muchachos de Nuevas Generaciones no tengan trabajo es que la política del Sr. Rajoy ha naufragado como el Titanic, de noche y entre el hielo. Definitivamente. Es más, la mayoría de los jóvenes de Nuevas Generaciones nacen ya con el empleo prendido al cordón umbilical. Otra cosa es que prefieran un mini job en la empresa de papá, a donde suelen llegar con seis u ocho masters adquiridos en esas carísimas universidades privadas que dejan con la boca abierta al Sr. Wert. Son jóvenes más de squash que de oficina.

Doña Beatriz, en Oviedo debería usted haber hablado con mayor discreción, ya que de seguir así la van a escrachear a usted hasta los mineros, y esos no juegan. ¿Usted imagina cómo se ha de sentir, tras escucharla a usted, un muchacho o una muchacha que trata de lograr algo en la universidad pública? ¿Usted imagina cómo han de sentirse esos muchachos cuando usted los acosa con frases como esta: «Los jóvenes del PP tienen claro que `las cosas cuestan', mientras otros piensan que `el futuro es un regalo'»? ¿Sabe lo que vale estudiar en una universidad pública desde que ustedes han llegado al poder? ¿Sabe, además, que los jóvenes que estudian en las universidades públicas no saben qué será de ellos tras la licenciatura, mientras los de «la privada» ya tienen el sillón asegurado? Unos luchan con el futuro; los otros ya poseen el porvenir.

Y para finalizar esta requisitoria, demos un repaso a don José Antonio Bermúdez de Castro, portavoz adjunto del Partido Popular en el Congreso. Faltaba este caballero para cerrar este magno despliegue lógico de los populares. El Sr. Bermúdez ha pedido a los manifestantes del 15-M «que traten de conseguir sus objetivos con votos y no con pancartas, ya que dicen representar al pueblo». Si fuese maño, le diría mecagoenlá, don Bermúdez, ¿es que los votos valen algo en la Bolsa de la democracia tras su gigantesca estafa programática? Seguro que jóvenes que ahora les escrachean les votaron en las últimas elecciones, tras las que ustedes negaron al electorado las lógicas consecuencias de su voto. ¿Y a esos jóvenes les pide que vayan a las urnas dentro de dos años para rogar justicia y democracia? A estas alturas, o la democracia se fabrica en la calle, con gritos y lo que sea, o no hay salida. Las urnas son como ese instrumento rotatorio que hace andar sin avance a los ratones de laboratorio. Mecagoenlá, don Bermudez, con la democracia cristiana...

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