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Txisko Fernández | Periodista

Por La Mancha, de Laudio a Estrasburgo

Hay dos lugares en lo que hoy oficialmente llaman Castilla-La Mancha de los que difícilmente se podrán olvidar miles y miles de familias vascas, al menos por un par de generaciones.

Uno es la cárcel de Herrera de la Mancha. Hoy convertida en un mojón kilométrico más del tortuoso mapa de la dispersión de las presas y presos políticos vascos, ayer (allá por los años 80 del siglo pasado) fue el hito de la organización de un colectivo que supo desde el primer momento que los muros de la prisión no iban a ser obstáculo para hacer llegar sus aportaciones políticas a la ciudadanía vasca.

El otro es Ocaña, en cuyo penal se han escrito muchas páginas de la más oscura historia de la Marca España. Hace unos meses, el diario digital publico.es difundía un reportaje en el que se destacaba que, entre 1939 y 1959, «1.300 presos políticos fueron asesinados en Ocaña».

Como ha publicado GARA durante esta semana, desde Herrera de la Mancha hasta Laudio, pasando por Ocaña, los 500 kilómetros y pico de alejamiento se han convertido en el más largo y cruel de los viajes para Pablo Gorostiaga gracias a la «democrática» política penitenciaria que mantienen el Reino de España y la República francesa a estas alturas del siglo XXI.

Sirva de anécdota para futuros lectores que en este caso ha intervenido, por activa y por pasiva, el delegado del Gobierno español en las Provincias Vascongadas, Carlos Urquijo, convecino en Laudio de Pablo Gorostiaga y de Judith Uriarte.

Cosas de la vida, y de la muerte, el dirigente del PP fue concejal del Ayuntamiento de Laudio, mientras que al ahora preso político le otorgaron sus vecinas y vecinos la vara de mando de la Alcaldía. Preso permanece Gorostiaga por haber formado parte de un proyecto periodístico como el de «Egin», que permanecerá en la memoria de Euskal Herria por mucho tiempo, ya sea por filias o por fobias.

Y eso lo saben Urquijo y toda su banda. Como saben que con su crueldad no han conseguido cortar los lazos que unían a Pablo y Judith, aunque no hayan podido intercambiar palabras, ni un último abrazo para poner colofón a una vida plenamente compartida.

Esperemos que para el Tribunal de Estrasburgo respetar los Derechos Humanos no signifique lo mismo que para el Reino de España. Sería memorable.

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