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Jakue Pascual Sociólogo

Ultratumba

La argizaiola alumbra las almas de los difuntos. La ley no escrita del hil- bidea conecta el caserío con la iglesia y una costumbre sagrada asume las labores domésticas tras el fallecimiento de un vecino

El crómlech completa el ciclo cósmico y el dolmen es morada de mairus. Las raíces del culto a los difuntos se hunden en el Neolítico. Para el faraón la vida prosigue en Ka. Osiris democratiza la resurrección; la momificación se convierte en industria mortuoria. «Libro de los Muertos». Los escribas redactan papiros en serie donde sólo falta el nombre del finado.

El Día de Muertos azteca es presidido por Mictecacíhuatl, la Dama de la Muerte hasta el siglo XV, cuando los conquistadores integran este día en la festividad católica de Todos los Santos. Con el Samhain, los espíritus abandonan sus moradas para poseer cuerpos. Panoramix corta muérdago para conjurarlos y el poblado decora las chozas con cráneos para ahuyentarlos. En Halloween entrego mi alma. La legislación deuteronómica prohíbe la necromancia. Tercer cielo para patriarcas, séptimo para justos e Hinom para los condenados. El funeral es tránsito, no una rúbrica final. Tabú del cadáver.

Misterios de Eleusis para obtener suerte tras la muerte. El difunto porta un óvolo en la boca para pagar el peaje del barquero hasta el Hades; la bondad es transportada a los Campos Elíseos, la maldad al castigo perpetuo mientras que la mediocridad vaga como una sombra mendigando ofrendas. En las orillas de las calzadas romanas reposan los muertos. Cayo es colocado al borde del camino para que los transeúntes puedan saludarlo. Para Epicuro más allá de la materia no hay nada.

Nada más cierto que la muerte ni menos cierto que su hora, recita San Agustín. En la Edad Media la conciencia de levedad del cuerpo genera un simbolismo postrado a la inmortalidad del alma.

Existir o no existir, Shakespeare se rasca la calavera. El XVIII reinstaura la separación entre vivos y muertos, hasta que el erotismo de la muerte romántica de Keats, para el que sólo es inmortal lo muerto, invierte los términos.

Hoy, las almas-ajayus descienden de los nevados del Altiplano para compartir con los vivos el jach'a uru. La muerte tiene muchos nombres en México: la Flaca, la Huesuda o la Calaca. Flores de Cempaxóchitl y pan de muerto. Los niños zampan cráneos de azúcar con su nombre grabado y se dedican calaveritas a los poderosos en «¡Viva México!» de Eisenstein. La fiesta desdramatiza la Santa Muerte.

La argizaiola alumbra las almas de los difuntos. La ley no escrita del hil-bidea conecta el caserío con la iglesia y una costumbre sagrada asume las labores domésticas tras el fallecimiento de un vecino.

El tema se desplaza hacia el derecho de autodeterminación que reivindica la eutanasia. El 25% opta por la incineración como opción más barata; un tercio de los cementerios se hallan saturados, el desapego de las costumbres baja la venta de crisantemos, mientras que -«truco o trato»- aumenta el consumo de calabazas por jálogüin.

Recuerdo las tediosas tardes franquistas las que un año tras otro reponían «Don Juan Tenorio», mientras yo liberaba almas del purgatorio jamando buñuelos. Ahora mismo, en Castro, practico el canibalismo sacro con exquisitos huesos de santo de la calle La Mar. Lo dice el refrán: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

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