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Raimundo Fitero

Me pasa eso

Le dice un monigote de Forges a otro que está sentado en un sofá frente a la televisión: «Tienes la tele apagada....» Y le contesta el otro: «Es que si la enciendo, salen». A mí me pasa eso durante muchas ocasiones; si la enciendo, salen. Y siendo una de las diez personas más rápidas zapeando en esta parte de occidente, por mucho que gasto pilas, por mucho que ejercito mis dedos, corra, vaya lento, me meta por la parte alta del dial o por la parte baja, al final, salen. No hay escapatoria, ellos, los que salen, han creado un muro invisible, un cercado electrónico en el que nos tienen estabulados y si enciendes el electrodoméstico esencial, te atrapan. Te duermes, y al despertar, están ahí.

Así que como cuando la enciendo, salen, decidido a huir lo más lejos posible, me voy a los canales temáticos, incluso me dejo maltratar por el mal gusto de algunas cadenas que ofrecen un porno entre casero y formalista, como si la obscenidad sucumbiera ante la mecánica orgánica, una suerte de modelo universal de fornicación que solamente puede producir seres que se alimenten de comida rápida y se vistan en tiendas franquiciadas. Pertenecen esas exhibiciones sexuales a la misma categoría estética que los anuncios de atún cantado a coro, o al amigo Juan Gómez, la estrella de la teletienda. Aunque no tengan muy claro cuál es el producto que venden en el prono de mediana intensidad. Yo, creo, así, sin mala intención que anuncian subliminalmente pasta dentrífica, aunque a lo mejor es mucho más obvio y anuncian el sofá.

Pero regresas de esa excursión hacía el pasado donde el sexo es materia de exámen y no de goce, pasas por una serie que te encanta, «Shark», que tiene mala vida en La Sexta, en donde se demuestra que la corrupción en los lugares donde se administra la justicia es algo bastante más usual que lo que cualquiera puede imaginarse, entiendes que los guionistas de las producciones norteamericanas tienen poder como para hacer huelga porque, en esta serie, sin ir más lejos, demuestran su agilidad y buenos oficios, pero a la que te despistas, ¡zas! otra vez te los encuentras. Ahí están, esperándote, incansables. Siempre alerta. Una pesadilla.

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