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No es casual

Alrededor del 30% de los divorcios que se producen anualmente se concentran en los meses de septiembre y octubre, justo después de las vacaciones de verano, y este fenómeno que se reproduce año tras año no es casual, sino causal. Las razones que llevan a una pareja a divorciarse suelen ser múltiples, pero la mayoría confluyen en una misma dirección: la dificultad de la convivencia y la falta de comunicación, mucho más que la existencia de terceras personas, lo que, por otra parte, no suele ser sino reflejo de lo anterior.

A las parejas que se llevan bien las vacaciones les vienen de maravilla, les sirven, incluso, para compenetrarse aún más. Sin embargo, las parejas cuyas relaciones están previamente agotadas suelen quedar en evidencia y la crisis se hace patente. Durante el año la convivencia suele ser liviana, se está poco juntos y no se dedica tiempo a pensar qué falla en la relación, se vive al día. ¡Ay!, pero en vacaciones las parejas están «condenadas» a convivir las 24 horas del día durante varias semanas, con lo que las chispas saltan con facilidad. La convivencia siempre es dura -un amigo mío mantiene que mata la pasión- y exige grandes dosis de respeto, tolerancia y mucho amor. Cuando esto no es así y se da una «saturación convivencial intensiva», como define el psicólogo clínico Antonio Bolinches el periodo vacacional, la pareja se encuentra con que la relación no da más de sí, que existe una gran incomunicación y que ella o él se ha convertido en un extraño al que no se soporta y con quien no compensa convivir. Éste es justo el momento de romper, antes de que el respeto y los trastos salten por los aires y el daño mutuo -y el que se hace a la prole, si existe- sea irreparable.

Romper no es fácil, siempre es doloroso, pero a veces no hay más remedio si se quiere conservar la propia identidad y, en muchos casos, la dignidad. Problemas ante la ruptura se dan de todo tipo: psicológicos, emocionales, económicos... Hoy voy a pararme en estos últimos. El divorcio siempre empobrece -de modo general más a la mujer que al hombre, aunque tampoco voy a argumentar ahora este hecho que después de todo no hay más que contrastarlo con datos estadísticos-, pero hay veces que se es tan pobre que ni siquiera se puede plantear la separación. No es casual que exista un mayor índice de rupturas entre personas con un nivel económico medio alto y que, sin embargo, parejas con ingresos bajos aguanten convivencias al límite de lo soportable, cuando no directamente insoportables.

Es precisamente a estas últimas a las que la crisis económica va a ponerles las cosas aún más difíciles. La mayoría pagando todavía el piso con una hipoteca que no deja de crecer y sin expectativas de poder venderlo, los salarios que no crecen tanto como los precios y el paro acechando tras la puerta del empleo.

En definitiva, que tampoco es casual que en tiempos de crisis siempre toque pagar el pato a quien menos tiene y, en este caso, buena o mala convivencia, ¡a aguantar tocan!

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