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Martin Garitano Periodista

El plan del sábado

El próximo sábado, a las nueve y media de la mañana, Juan José Ibarretxe no podrá ir a votar en la consulta tantas veces prometida. A esa hora el lehendakari de Gipuzkoa, Bizkaia y Araba, Juan José Ibarretxe, podrá comerse un croissant y tomarse un café con leche, pero no podrá votar. Podrá decidir, con absoluta libertad y soberanía a cúal de las concentraciones convocadas por los partidos que le sostienen acudirá, pero votar, no. Y eso si a algún juez o al propio Balza no se les ocurre prohibirlas, algo más que habitual en estos pagos.

El día 25 de octubre, aniversario de aquel otro referéndum en el que, frente al abismo, se aprobó el Estatuto de autonomía vigente en la CAV, Ibarretxe, sus consejeros y algunos dirigentes de su partido -otros se frotarán las manos en casa-, tomarán parte en cinco pequeñas concentraciones mediante las que protestar, en insólito ambiente festivo (Urkullu dixit) porque el más alto tribunal español les ha puesto las peras al cuarto y proclamado que no hay más soberanía que la española. Y que el Estatuto que gestiona el propio Ibarretxe no es más que una graciosa concesión de aquella. No conviene olvidarlo.

Cinco tímidas protestas en lugar de la pomposa consulta anunciada, unas firmas destinadas a la trituradora de papel en algún despacho europeo y vuelta a las andadas. Como sentenció Cervantes ante el túmulo de Felipe II, la cosa quedará en agua de borrajas. Recuerden: «Y luego, in continente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada».

En primavera, elecciones. Ibarretxe volverá a canturrear la copla de la consulta y su jefe de filas azuzará el miedo a Patxi López y los suyos. Mientras, le aprueban los presupuestos a Zapatero, rematan en los ayuntamientos la ignominia de la Ley de Partidos y se preparan para un escenario de cohabitación con ese mismo PSOE que con tanta precisión les ha tomado la medida (Egibar dixit).

La noria de la política vasca ha vuelto a arrancar, monótona, exasperante. Y Euskal Herria se diluye mientras una dirigencia política satisfecha con migajas envueltas en papel de transferencia rehuye abordar la cuestión con entereza para que, por fin, toda la ciudadanía vasca tenga ocasión de debatir y decidir sobre su propio futuro. Porque la negación de los derechos y la tibieza en la respuesta sólo sirven para alimentar el conflicto. No vale mirar para otro lado.

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