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Ángel Guerra Cabrera Articulista y analista político

La crisis, hora decisiva de nuestra América

Crece por días la conciencia antiimperialista y latinoamericanista en el fragor de una lucha social única por su extensión geográfica e inclusión de casi todos los sectores explotados, oprimidos y excluidos

Las crisis capitalistas no siempre derivan a una salida revolucionaria o al menos progresista. Esta es una lección que dejaron el triunfo de Mussolini en la convulsa Italia posterior a la Primera Guerra Mundial y el de Hitler en la Alemania hundida por la Gran Depresión de 1929, que empujaron a gran parte de Europa a la derecha y propiciaron la derrota de la república española a manos de la reacción local envalentonada y armada por los fascismos alemán e italiano.

No es propósito de este trabajo analizar las causas, pero aquello pavimentó el camino a la Segunda Guerra Mundial y pudo haber tenido consecuencias más desastrosas de no ser por la aplastante derrota sufrida finalmente por la máquina de guerra nazi ante el heroísmo y talento militar desplegados por el pueblo soviético y el Ejército Rojo, que unido al esfuerzo de los demás aliados y a la resistencia antifascista cambió el curso de los acontecimientos, aunque a un costo humano incalculable.

Gracias a ello, terminada la contienda, el capitalismo se vio forzado a una profunda reestructuración, temeroso del empuje adquirido por la clase obrera y del prestigio alcanzado por la primera experiencia socialista de la historia y se consiguieron grandes conquistas políticas y sociales. Sin embargo, la revolución quedó pospuesta.

En cambio, en América Latina, la crisis de 1929 estimuló memorables levantamientos populares y el trascendental proceso democrático y nacionalista de México en el sexenio de Lázaro Cárdenas. En 2008, sin embargo, la irrupción de la crisis capitalista ha sido precedida de grandes luchas populares del río Bravo a la Patagonia que han producido ya insólitos cambios sociales y políticos en América del sur y acciones integracionistas que se extienden al Caribe y América Central.

Crece por días la conciencia antiimperialista y latinoamericanista en el fragor de una lucha social única por su extensión geográfica e inclusión de casi todos los sectores explotados, oprimidos y excluidos. Viene de largas batallas contra las políticas neoliberales que han logrado importantes rupturas en el orden oligárquico en Venezuela, Bolivia y Ecuador, y llevado al gobierno a varios presidentes que cuestionan el Consenso de Washing- ton.

A diferencia de cualquier época anterior, son minoría los gobiernos que pueden considerarse aliados incondicionales de Estados Unidos, constatable en numerosos hechos que podrían resumirse en las palabras del presidente brasileño Luis Inacio Lula da Silva a propósito de la crisis financiera internacional: «Se terminó una América Latina sin voz propia».

Por su parte, el venezolano Hugo Chávez se ha referido en los últimos días a cuánto ha cambiado el panorama político regional desde que fuera enterrado el ALCA en Mar del Plata. La combinación de grandes luchas populares y gobiernos surgidos de ellas ha transformado, a partir del caracazo, la situación en que Cuba resistía sola un bloqueo redoblado e intensificado a extremos patológicos pero cuyo costo político puede resultarle pronto insostenible a Estados Unidos, aislado, debilitado y destrozado económica y socialmente por Bush II con sus fracasadas y costosas aventuras militares y prácticas económicas para enriquecer a un puñado de compinches.

De aquellas luchas surgieron el ALBA, Petrocaribe y Unasur, y ya se alzan voces favorables a la integración donde menos se suponía. La crisis capitalista ofrece una oportunidad única y difícilmente repetible a la libertad e independencia definitiva y la integración de nuestra América, aunque el imperio tratará de impedirlo con tácticas sutiles o desfachatadas pero siempre monroístas.

Es la hora de estrechar filas, de poner el interés mayor nuestroamericano por encima de las diferencias y acelerar la integración de nuestras economías y proyectos nacionales sobre bases de solidaridad y cooperación como las practicadas por el ALBA. De poner de una vez en funcionamiento el Banco del Sur, indispensable para canalizar los recursos de América Latina al desarrollo armónico y equitativo regional y sentar las bases de la moneda única, sin la cual no es posible crear una verdadera unión económica latinocaribeña capaz de lidiar con éxito frente a los tiburones de las finanzas internacionales.

© Alai-Amlatina

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