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San Fermin 2009 Sale el sol por la mañana... ...y por la noche salgo yo

Desde las entrañas de la bajera

 

Joseba CILARTE

La fiesta se puede vivir desde sitios y prismas bien diferentes. Hay quien lo hace de día, yendo con los hijos de la mano a todas horas, quien las vive cada tarde con los amigos o con la pareja desde el tendido de la Plaza de Toros, y también quien las vive siempre por la noche cual ave nocturna que vuelve a su nido al amanecer (entiéndase después del encierro, que bien pueden llegar a ser tranquilamente las doce del mediodía).

Pues bien, entre las gentes de este pelaje destaca desde hace ya bastantes años una especie muy autóctona: los bajereros. Dícese de aquellos individuos, mayormente jovenzuelos, que alquilan una bajera o local (creo que se denomina así en lenguaje donostiarra) como lugar de encuentro en común. A lo largo del año, las bajeras cumplen a la perfección su cometido, a saber, protegen del frío y constituyen un buen lugar para pasar las tardes y noches viendo películas, jugando a las cartas (al póker principalmente) o, porque no decirlo, emborrachándose bien a gustico.

Si bien todas estas actividades, cada una enmarcada en su contexto temporal, pueden llegar a ser muy edificantes e incluso en algunos casos hasta constructivas, año tras año y de manera taxativa, desde primera hora del día 6 de julio todas las iniciativas anuales se reducen a una sola: beber, beber... y beber. De acuerdo, no es que sea una novedad, pero lo que realmente hace diferente a los bajereros, no es el qué (enciegarse como las ratas, ya lo hemos dicho), sino el dónde y el cómo.

Me explico. En sanfermines, estos pequeños antros (que no se me ofenda nadie) sufren una extraña transformación, generando un microclima propio en su interior: las estanterías se llenan de comida, de latas y de botellas vacías, e incluso de condones. Luego, una capa negruzca se extiende rápidamente por el pavimento (para la una de la tarde del 6 ya suele estar hecho una mierda) y lo más significativo es que hay gente chillando y bailando con la música a tope a cualquier hora de la noche.

Lo bueno de los Sanfermines es que la puedes liar bien parda en la bajera hasta la hora que te dé la gana. Y si los vecinos no pueden dormir, pues ajo y agua, que estamos en fiestas. Por no hablar de la pasta que se ahorra uno en priva. Porque si en la cuesta de Labrit o en Caldera te clavan más de cinco euros por un cubata en vaso de plástico poco cargado y hasta arriba de hielos, pues al final es normal que la muchachada no pase por ahí y se acabe rebelando. Algunos combaten los precios abusivos haciéndose los longuis para no pagar el cubata, y otros se buscan su reducto para pasar las noches de farra.

Como se puede imaginar, esta manera de vivir las fiestas tiene algunos efectos colaterales. Se pasa menos tiempo en la calle (esta gente puede llegar a hacer su aterrizaje en San Nicolás, Jarauta, Caldera o Labrit en torno a las 4 ó 5 de la mañana), lo cual da menos margen de maniobra para ligar y para, si suena la flauta, terminar haciendo uso de esos condones que para algo se han adquirido con antelación y con ilusión. ¿Se pueden imaginar dónde se consuma, verdad? Pues eso. En la bajera.

No nos engañemos, la mayor parte de la población bajerera es masculina y está soltera. Y como buen joven soltero y sin compromiso (bueno, también hay indeseables que dedican estos días a adornar con los cuernos a su bikote), el bajerero sale a la noche sanferminera a la caza y captura. Y hay que avisar de ello, porque ya se han dado casos (más de uno y más de dos) de gente que se va a dormir la mona a la bajera por no echar la papa en casa y se encuentra a un compi en plena faena.

En definitiva, que esta especie bajerera que durante el año responde a unos patrones de comportamiento más o menos civilizados, en San Fermín no suelta la botella ni para dormir. Y luego, el día 15, todos en la cama. Normal.

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