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Tasio Erkizia militante de la izquierda abertzale

«El Estatuto ha muerto»

En vísperas del 30 aniversario del Estatuto de Gernika, Erkizia hace balance de estas tres décadas y concluye que las promesas que muchos hicieron entonces se han demostrado falsas. Se pregunta así si alguien puede hoy seguir defendiendo que las instituciones emanadas del Estatuto y el Amejoramiento llegarán a acercar algún día a los cuatro territorios de Hego Euskal Herria. O si alguien puede negar que la división administrativa no fue sino una cuestión de Estado, una «imposición directa del Ejército español». En su análisis, deja claro que el Estatuto resulta un instrumento débil, inválido para la defensa de un modelo socio-económico propio para Euskal Herria, inútil para avanzar hacia la soberanía vasca. Como consecuencia, proclama: «El Estatuto ha muerto ¡Viva el movimiento independentista!».

El Estatuto ha muerto» afirmó con rotundidad José Elorrieta en nombre de ELA, sindicato mayoritario en Euskal Herria, en un acto público que celebró dicha central en la plaza de Gernika. Era el año 1997 y suponía un paso transcendental en la ruptura de la mayoría social y política que había apostado por ese modelo autonomista, con el consiguiente fortalecimiento del análisis que veníamos realizando desde la izquierda abertzale. Y tenía significado especial por cuanto que no era una frase pronunciada espontáneamente en busca de titulares en la prensa, sino consecuencia de una reflexión y un análisis en profundidad tras constatar que el Estatuto aprobado en 1979 no era el marco jurídico-político adecuado para desarrollar de manera autónoma un proyecto económico, social y político para nuestro pueblo.

Era el comienzo de una nueva fase política. La izquierda abertzale, que desde el principio había rechazado esa vía por entender que nos conducía a la desaparición como nación diferenciada con una identidad propia, veía fortalecido su análisis político y con posibilidades reales de lograr un marco jurídico-político que nos garantizara nuestra supervivencia como pueblo. Poco después, a pesar del encarcelamiento de la toda la Mesa Nacional de Herri Batasuna, se fraguó la creación del Foro de Irlanda y el Acuerdo de Lizarra-Garazi. Eran los primeros pasos hacia la creación de una estrategia soberanista. Ahora que el Sr. Garzón encarcela a varios dirigentes políticos precisamente por el grave delito de impulsar dicha estrategia, ese juez debería saber, por lo menos por cultura política, dónde se sitúa su origen y qué lejos se halla de unos supuestos papeles incautados a algunos miembros de ETA hace unos pocos meses.

Ciertamente no hemos podido o no hemos sabido concretar una estrategia eficaz que conlleve la superación de las instituciones y la estructura política emanada del llamado «Estado de las Autonomías». Pero a pesar de nuestros errores y nuestras deficiencias hay un hecho evidente: ni el Estatuto de Autonomía del tercio occidental de Euskal Herria ni el Amejoramiento Foral de Nafarroa gozan de credibilidad entre la gran mayoría de la sociedad. Y además, en la actualidad, ningún abertzale se atreve a defender sus virtualidades para construir nuestro futuro como pueblo en libertad. Tanto es así, que esta vía estatutaria se ha convertido en la única oferta del bloque españolista. La defienden con entusiasmo como el instrumento más idóneo para integrarnos en España. Es cierto que el PNV sigue viviendo de las rentas de estas instituciones y sus dirigentes se encuentran cómodos al abrigo de su sombra. Pero cada vez les resulta más difícil defender sus supuestas virtualidades porque la historia y los hechos han dejado en evidencia que para un nacionalista vasco, por muy tibio que sea, éste resulta un marco caducado.

Desde los albores de estos estatutos de autonomía, que expresamente excluyen el derecho a decidir de la ciudadanía vasca, la izquierda abertzale se empleó a fondo explicando al pueblo qué iba a suponer el «Estado de los Autonomías» que con tanta euforia nos presentaban como un gran avance. Hoy tenemos un argumento rotundo: la experiencia de 30 años de vida. Muchas de las promesas han resultado ser falsas o medias verdades. Y muchas personas se han dado cuenta que las instituciones surgidas de ese bodrio llamado «Transición española» son satisfactorias para varios cientos de políticos y funcionarios que viven con buenos sueldos de ellas, pero resultan una ruina para los sectores populares.

Ahora que el tándem PSOE-PP quiere festejar el Estatuto de Autonomía e incluso declarar el día de su aprobación festivo en las tres provincias vascongadas, tenemos que decir en alto que ningún abertzale tiene argumentos para festejar tal efeméride.

En primer lugar, y entre otras muchas razones, porque dichas instituciones han agudizado la división territorial en Euskal Herria. Los más optimistas apuntaban en su día que poco a poco las instituciones lograrían acercar entre sí a los cuatro territorios históricos de Hego Euskal Herria. En la actualidad, ¿quién se atreve a defender semejante mentira? ¿Quién niega que dividir en dos autonomías diferenciadas dichos territorios fue «cuestión de estado» y una imposición directa del Ejército español, como en más de una ocasión ha afirmado el Sr. Arzalluz? ¿Los «demócratas» de turno, como el lehendakari López, están en disposición de negar tal evidencia?

Además, no es un instrumento idóneo para la defensa de nuestro propio modelo socio-económico. En el marco de estos estatutos de autonomía no se puede organizar una red de relaciones socio-laborales de manera propia y autónoma; los fondos de formación para los y las trabajadoras se siguen administrando de mala manera y desde Madrid; la política fiscal, por mucho que pregonen lo contrario las diputaciones vascas, sigue estando en sus líneas generales en manos del Gobierno central; en la definición de los grandes ejes de la planificación económica estos gobiernos regionales no tienen absolutamente ninguna competencia. ¿Y qué pueden decir los agricultores y los arrantzales? Madrid los ha abandonado. ¿Y qué hacen los gobiernos de Iruñea y Gasteiz? Ambos sectores van muriendo ante la pasividad y absoluta dejadez de todos los gobiernos. Los trabajadores y los sectores populares en general tienen razones para preguntarse: «¿Para qué nos han valido 30 años de autonomía?».

Por último, cabe reseñar que el Estatuto no posibilita desarrollar una estrategia nacional para nuestro pueblo. Torpedea cualquier posibilidad de profundizar en nuestra propia identidad como nación, como Euskal Herria. No niego que en función del partido que esté en el Gobierno y del talante del propio lehendakari es distinto el papel que los respectivos gobiernos cumplen en el fomento de nuestra lengua y la cultura vasca. Pero al estar encorsetados en un Estado español que niega la existencia de naciones distintas a la de Castilla, imposibilita desarrollarnos como nación vasca. Por ello, resulta necesario romper con estas cadenas.

Las detenciones y posterior encarcelamiento de varios líderes de la izquierda abertzale producidos precisamente la pasada semana muestra la debilidad y la poca credibilidad del proyecto español en estas tierras. En vísperas de celebrar «el Estatuto que une a los vascos», «El día de Euskadi» como lo denominan los españolistas, han enviado a la Policía para prohibir e intentar reventar la presentación de una alternativa a esta vía ya caducada. Una alternativa política que despierte entusiasmo e ilusión a la gran mayoría de la sociedad vasca.

Pese a todas las censuras, es hora de decir en alto: «El Estatuto ha muerto ¡Viva el movimiento independentista!».

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