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Julen Arzuaga Giza Eskubideen Behatokia

Thatīs all folks!

«That´s all folks». Con este latiguillo terminaban las breves píldoras de dibujos animados de la célebre factoría Looney Toones. «Eso es todo, amigos», remeda Ajuria Enea cuando anuncia el fin de su tan anunciado como fallido «cambio». Con este símil, el autor inicia su disección de la estrategia de estado que dirige el PSOE en Euskal Herria. Una estrategia que se basa en el esfuerzo por buscar la sumisión ocultando a la opinión pública cualquier aspiración social y de identidad nacional; en la defensa de la «pacificación» como paso posterior a la victoria militar y en la «deconstrucción» del sistema de derechos civiles y políticos. Frente a todo ello, una oportunidad: el diseño de un nuevo escenario a partir de iniciativas como Adierazi EH.

Es curioso. En tan pocos meses ya hemos podido ver en qué consiste su cambio. Bugs Bunny y Porky nos lo anuncian desde Ajuria Enea con alegría: «Esto es todo, amigos». Es el fin de la historia. En cuanto resolvamos lo de la crisis y demos la del pulpo a algún revoltoso más, esos que siguen turbando nuestra pacífica e indolente existencia, estarán colmadas todas las aspiraciones de este pueblo, perdón, de su ciudadanía. Hemos llegado al punto y final. Queda demostrado que nuestro proyecto lo asume toda la población -aunque todavía no se hayan dado cuenta-. C´est fini! Porque, además, hemos venido a quedarnos. No incordiéis recordándonos cómo llegamos, menos aún con lo que pensáis -vía Euskobarometro- de nosotros.

A ocultar toda la porquería bajo la alfombra lo han denominado «normalidad». Un taburete de tres patas:

La primera, la «banalización» de las diferentes aspiraciones sociales o las identidades nacionales que no correspondan con las suyas, y para ello, el empleo de todas las baterías comunicativas y propagandísticas a su alcance. No para dar elementos de juicio, soportes intelectuales para contraponerse a ellas. No para entablar heroica lucha ideológica. Sino para invisibilizarlas o, en su caso, cuando no se puede evitar su ocultación, deformarlas y/o ridiculizarlas. Propaganda. En eso consiste su «batalla ética contra el terrorismo». Y es que la sumisión y la docilidad social -algo tan en boga en este Occidente nuestro- es vital para este objetivo. Este Gobierno anima a sus presuntos gobernados a no pensar, con la imposición del encefalograma plano gestionado por Alberto Surio y Oscar Terol. Y si bien es cierto que hay elementos que les permiten fantasear con la idea de que la sociedad que pretenden gobernar presenta esas características de individualismo y aborregamiento, también son conscientes -para su desgracia- de que en este país todavía queda mucho músculo social. El antídoto para el pensamiento disidente.

Una segunda clave está en el concepto «pacificación» empleado en una reciente entrevista por Jesús Eguiguren, presidente del PSE. En concreto, dice que tienen «la misión histórica de pacificar el país». No es un término inocuo. Pacificación es la etapa que se substancia tras la victoria militar. Se vincula a la potestad del vencedor de mostrar su gracia y magnanimidad con el derrotado. Está, pues, en las antípodas del concepto de «paz incluyente» o «paz en justicia». El término excluye toda revisión de las causas que originaron el conflicto. Más aún si toma como punto de partida que el enfrentamiento lo es «entre vascos». Sugiere así que todos estamos cómodos en este marco, pero el quid está en que no nos soportamos. Su terapia de grupo resuelve el problema. Aquí paz y además gloria, en el mismo paquete.

Se evita, pues, plantear el problema en términos de dualidad, de conflicto, aún reconociendo éste asimétrico. Imponen requisitos a su contraparte, condiciones que no están en disposición de atender para sí. Torpedo a la línea de flotación de los principios Mitchell. Ahora no se puede abrir el melón del debate sobre víctimas múltiples, responsabilidades varias y reclamaciones multilaterales de justicia. No se puede por imperativo legal, pero no por ello el problema desaparece. Que se lo pregunten estos días, por ejemplo, a la familia de Yolanda González, olvidada en el discurso de Azkuna precisamente el aniversario de su asesinato a manos del BVE. O a la familia de Angel Berrueta, cuyos asesinos acarician ya el indulto.

Que se lo pregunten a los presos y a las constantes maniobras a que son sometidos dependiendo de la posición que -supuestamente- tienen en torno a un debate que continuamente pretenden cortocircuitar. «Pacificación o liberación». Era el sugerente título de una conferencia internacional que se celebró hace años en Berlín sobre los derechos de los presos políticos, en concreto, sobre las recetas antitéticas con que se ha enfrentado su existencia. En definitiva, «ocultación o reconocimiento» del problema. Dos conceptos confrontados, que expresan el dilema entre las posibles soluciones a los conflictos. No es necesario aclarar por qué criterio yo abogo.

El tercer y último pivote en que se soporta la estrategia de estado -independientemente de si su cuartel general está más aquí o más allá- es la «deconstrucción» del sistema de derechos civiles y políticos fundamentales. Un sistema universal que además de garantizar potestades objetivas de hacer o no hacer -vertiente de ejercicio-, permite reconocer a un estado democrático -vertiente de legitimación-. Y dicho sistema, apuntalado en pactos, tratados, convenios oportuna y puntualmente firmados y ratificados, está hecho unos zorros. Es por eso que los nuevos intolerantes, sabedores de que han sido descubiertos en esa acción de derribo, prefieren esconder la crítica a abordarla. Para seguir fingiendo estar en posesión de la razón absoluta evitan consejos expertos en materia de derechos básicos. Idoia Mendia salía a decir que el Relator Martin Scheinin no se entera y Garzón hacía lo propio con el Grupo de Trabajo de Detenciones Arbitrarias que había determinado injusta la detención de Karmelo Landa. Él y otros muchos seguirán en prisión. Si alguno sale no podrá «reincidir» en política.

En definitiva, «normalidad» absoluta. Nombre clave para una renovada intransigencia contra proyectos vivos pero distintos y contra quien los sostiene. Normalidad que deja un reguero asimismo de agravio, resentimiento y desconfianza difícilmente salvable.

Absolutamente desafectos a este «orden», sin defensa posible ante su reacción desaforada, experimentamos desprotección, pero también rabia. Rabia descarnada. Porque estamos hartos del desfile de vascos y vascas por tribunales lejanos que gestionan condenas, cuando los allí sentados a la fuerza simplemente reclaman justicia. Porque cuando políticos de aquí, cumpliendo directrices de allá, restringen el término libertad a las condiciones que el «sistema» imponga para ejercerla, nosotros la reclamamos toda y sin restricciones. Porque ellos hablan de derechos, y nosotros les decimos que sí, pero que hablemos de su ejercicio efectivo. Porque mientras el sistema piense que la democracia es sólo suya, sus supuestamente gobernados decimos que no, que o es de todos y todas, o no lo es.

Y porque a quienes no nos resignamos a ver solamente nubarrones en nuestros cielos, sólo nos queda mejorar en las dinámicas de protesta y diseñar escenarios de ejercicio libre de derechos civiles y políticos básicos. Explorar mecanismos conjuntos de autodefensa en base a la confluencia de tantas voluntades generosas que hoy están dispersas. En el Euskalduna de Bilbo se presentó una iniciativa popular con el objetivo de realizar ese recorrido. Adierazi EH. Un llamamiento a enfrentar hoy una realidad atroz aunque endulzada por el nuevo «Merrie Melodies & Looney Tunes»: la gran empresa de animación que es hoy Ajuria Enea.

Reclamamos todos los derechos para todos. That´s all folks!

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