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Piñera ofrece al gigante chino su «experiencia» en accidentes mineros

Siempre dispuesto a salir en las fotos del histórico rescate de los «33 de Atacama», el presidente chileno, Sebastían Piñera, se ha ofrecido para asesorar al Gobierno chino, que afronta un nuevo accidente en una mina de carbón en la provincia de Henan. Más le valdría al líder derechista chileno dejar de dar consejos y hacer caso a los que le piden hechos, más allá de palabras, para mejorar la situación en Chile.

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De visita en Europa, el presidente chileno, Sebastián Piñera, ha ofrecido su «experiencia» en gestión de desastres mineros a China, que afronta su último accidente en una mina, que se ha saldado con la muerte de 26 operarios mientras otros 11 seguían dados por desaparecidos.

«Si podemos ser útiles, pueden contar con nosotros», señaló el presidente conservador en una comparecencia ante la prensa en un hotel de Londres, donde tiene previsto encontrarse hoy mismo con el primer ministro británico, David Cameron y con la reina Isabel II.

Los equipos de rescate chinos encontraron ayer otros cinco cadáveres tras un escape de gas grisú en una mina de carbón en la provincia central de Henan, lo que eleva a 26 la cifra de mineros fallecidos. Once de sus compañeros continúan desparecidos pero los servicios de socorro aseguraron que habría pocas posibilidades de rescatarlos con vida.

El presidente chileno prometió que «hemos aprendido mucho del accidente y una de las principales lecciones es que tenemos que ser más prudentes y comprometidos en la garantía de la seguridad y la salud de nuestros trabajadores».

Afirmación que conviene matizar si vamos más allá de las promesas y nos atenemos a las cifras. Así, el Gobierno de Piñera ha prometido estos días doblar el presupuesto en materia de seguridad de minas, hasta alcanzar los 56 millones de dólares (40 millones de euros). Parecería mucho si no tenemos en cuenta que el sector minero representa el 15,5% del Producto Interior Bruto de Chile y más de la mitad de sus exportaciones, que generan un beneficio de más de 30.000 millones de dólares (22.000 millones de euros). Lo mismo ocurre con la promesa de Piñera de que triplicará la cifra de inspectores de minas, hasta llegar a...45. Menos de medio millar de inspectores para 147.000 trabajadores repartidos en alrededor de 3.500 explotaciones.

Ahora todo son lamentos. «Ha hecho falta esa tragedia, que hayamos estado a punto de morir, para que se pongan a mirar las cuestiones de seguridad», lamentó uno de los 33 mineros chilenos rescatados, Edison Pena. Y eso que el de la mina San José de Copiapó era de libro: una mina de tamaño medio (150 operarios), vieja (la explotación data de 1900) y laxa en materia de seguridad.

Familiares de los mineros y antiguos trabajadores de la obra acusan a la dirección de haber sobreexplotado la mina e ignorado las advertencias de los mineros de que la mina «resonaba», señal de que un desplome era cuestión de tiempo. La dirección desoyó el aviso.

Si en Chile mueren al año una media de 31 mineros en accidentes de trabajo, esta cifra alcanzó el año pasado la friolera de 2.631 mineros muertos en China.

Al margen de la cuestión demográfica, mientras Chile depende económicamente de la exportación del cobre, del que es el primer exportador mundial, China no podría mantener su actual ritmo de crecimiento sin consumir carbón a espuertas. Por lo que toca al accidente de Henan, 239 de los 276 operarios pudieron salir con vida porque el escape de grisú no acabó en explosión, Bastó, eso sí, para acabar con la vida de los 26 mineros y, presumiblemente, con la de los once desaparecidos.

«Hay pocas posibilidades de encontrarlos con vida bajo las 2.500 toneladas de polvo de carbón venenoso desprendidas. Tardaremos además cuatro días en llegar a la zona», señaló un portavoz de los socorristas.

El Gobierno chino ha ordenado a los jefes de las minas a descender con los trabajadores hasta los pozos y ha anunciado una campaña de inspecciones para evitar estos accidentes.

Grietas en el pacto de silencio entre los «33 de Atacama»

Se habían comprometido a no hablar, si no mediaban indemnizaciones, del infierno de los 70 días enterrados en vida. Pero algunos de ellos han narrado a la prensa, quizás para abrir boca, algunas de las impresiones que les embargaron en los 17 días que pasaron dados por muertos.

Fue «un infierno» en palabras de Juan Illanes a la salida del hospital de Copiapó. Tras el derrumbe del 5 de agosto, que se produjo 300 metros más arriba de donde se encontraban, lograron refugiarse en un espacio de seguridad al fondo de la mina, pero era imposible contactar con el exterior y las provisiones eran escasas y consistían en unas latas de atún y unas botellas de leche.

«Sólo esperábamos la muerte. Era desesperante», coincide Richard Villarroel. Pese a todo, los mineros se organizaron para sobrevivir soportando temperaturas de más de 30 grados y una humedad insoportable, sin saber siquiera si alguien les descubriría un día. La comida estaba racionada en pequeñas porciones y lo mismo ocurría con el agua. Más allá del hambre, la angustia era aún mayor a causa de la creciente falta de aire en el refugio.

Alberto Segovia, padre de uno de los mineros, cuenta lo que su hijo Darío le contó tras el rescate. «Estaban desesperados por la falta de aire. Cuando no les quedaban más que 10 litros de agua mineral comenzaron a beber el agua contaminada de los toneles que se hallaban al fondo de la mina». Muchos de ellos enfermaron del estómago. «Supimos mantenernos unidos en los momentos críticos», recuerda Franklin Lobos, otro de los rescatados. GARA

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