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CRÓNICA | el pantanal afgano

«Selectividad» en Nimroz, en el extremo sur-occidental de Afganistán

Los jóvenes afganos se enfrentan estos días a las pruebas de acceso a la universidad. Hasta en Nimroz, la región más inhóspita de Afganistán, la vida continúa pese a la guerra.

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Karlos ZURUTUZA I

«Tienen ustedes dos horas para completar el ejercicio, ni más ni menos. Si les veo copiando les romperé el examen». El profesor Jan Lalahand se muestra inflexible ante las 35 chicas y 179 chicos distribuidos a lo largo del pasillo del instituto femenino de Zaranj (capital de Nimroz). Hoy se enfrentan a la prueba objetiva de acceso a la universidad: 160 preguntas tipo test sobre todas las asignaturas cursadas en bachillerato.

Pastún originario de la región de Paktika, el señor Lalahand es el responsable del equipo de profesores universitarios encargados de realizar la prueba. Han tenido que tomar dos vuelos para traer el cofre candado con los exámenes desde Kabul. Y es que llegar hasta la región más distante de la capital afgana pasa por volar hasta Herat; allí espera un Antonov de tiempos de Breznev que presume de ser el único aparato capaz de enfrentarse con relativas opciones de éxito a las violentas tormentas de arena que asolan Nimroz.

«Nimroz es un desierto del que nadie se acuerda; aquí apenas hay profesores, ni escuelas...ni siquiera tropas de la Coalición o PRT (equipo de reconstrucción provincial)», asegura el señor Lalahand. Sus palabras no dejan de sorprender ya que hablamos de una región «incrustada» entre las insurgentes Helmand y Farah, y fronteriza con Irán y Pakistán. Según dicen, la mayor parte de la heroína que Afganistán exporta al mundo pasa por aquí. Asimismo, la semana pasada se interceptaron en Zaranj más de mil toneladas de explosivos procedentes de Irán, presuntamente dirigidos a los talibán.

«El contrabando esa una de las causas del atroz subdesarrollo de Nimroz. Aquí casi todos piensan en dedicarse al tráfico de opio afgano, gasolina iraní o productos chinos que llegan desde el puerto de Chabahar (Baluchistán iraní). Es realmente un milagro que tengamos más de 200 chavales hoy aquí», apunta sin perder de vista a sus examinados el señor Sarmast, un tayiko del valle del Panshir.

La corriente de aire del pasillo ayuda a olvidar los 40 grados que se registran ya en el exterior a las 11 de la mañana. Una hora más tarde, los alumnos entregan sus ejercicios y devuelven lápices y gomas de borrar.

«Yo he salido de casa de madrugada por miedo a los controles de los talibanes», explica somnoliento este joven de Delaram. Su pueblo está a tan sólo dos horas de coche hacia el norte, pero justo en la carretera número 1; la que llega desde Kandahar y Helmand y continúa hacia Farah tras cruzar un pequeño tramo de Nimroz en su extremo nororiental. La reciente ofensiva ocupante en Helmand ha visto crecer el número de talibanes en Nimroz.

Barajando opciones

«Quiero estudiar física en la Universidad de Kabul pero lo que más me interesa es irme de aquí durante una buena temporada», asegura Fahim, de Zaranj. Dice haberse quedado satisfecho con su examen pero no lo está tanto con la educación que ha recibido. «Aquí no hay profesores suficientes. Los locales se van a trabajar en Kabul o Herat pero nadie quiere venir aquí».

Ahmar ha venido desde Chahar Borjak, una aldea baluchenj. A sus 18 años habla baluche, pastún dari e inglés. Su futuro dependerá de una beca que le permita estudiar filología en Kabul. «Los baluches somos el pueblo más subdesarrollado de Afganistán porque hemos sido nómadas pero, sobre todo, porque nunca nos hemos quejado», se lamenta. Nimroz es la única región de Afganistán donde esta minoría es mayoría, y donde el gobernador es baluche. También es el único distrito donde dos candidatas han ganado en las elecciones de septiembre. Sin embargo, la brutal sequía y la falta de oportunidades siguen obligando a muchos a abandonar este páramo inhóspito en el extrarradio de Asia Central.

Fadila se cubre con un chador negro, mucho más habitual aquí que el hegemónico burka dada la cercanía de Irán. La joven ha trabajado duro y está segura de haber aprobado con nota, pero no va a poder estudiar Derecho en Herat. El año que viene se casará con un pastún local de 40 años. «Pedí a mi familia que me dejara acabar mis estudios de secundaria antes de casarme. En cierto modo, estoy contenta porque ya lo he conseguido», asegura la joven con una carpeta que, probablemente, no volverá a utilizar jamás.

También están los que pueden, pero no lo harán. Rahman es uno de ellos: «No pienso desperdiciar mi tiempo y mi dinero en una carrera que no me va a servir de nada en este país, y mucho menos fuera de el. Traeré gasolina y motos de Irán y, cuando me canse, me largaré a Europa», dice este joven de Nimroz. A su lado, Ihmatullah, Zafar, Nabat y Rahim asienten.

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