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Mikel y Alfredo Mostajo comparten lazos de sangre y gasolina

En la historia de los deportes de motor abundan las sagas familiares. Mikel Mostajo ya asistía a los circuitos cuando era un recién nacido y ahora se mueve con soltura en el primer escalón del automovilismo, mientras su padre, Alfredo, vivió su momento en los turismos.

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Miren SÁENZ

Si se le pregunta a Mikel hasta donde le gustaría llegar, asegura con voz dulce: «Como todos a la Fórmula Uno, pero todavía tengo mucho que aprender», especifica ilusionado este chaval que idolatra a Lewis Hamilton, es seguidor de la Real, pero el automovilismo está para él muy por encima del fútbol.

Alfredo es más realista: «No quiero pensar en eso. Allí hay 22 pilotos de todo el mundo y probablemente ni la mitad han llegado por méritos propios. Y menos en estos últimos tiempos. Con ocho millones y medio de euros te subes a un Fórmula Uno, aunque no puedes subirte a un coche con 16 años y con 18 dar el salto». Quizás por eso se estilan los inicios prematuros en el kart, primer escalón del automovilismo, que lógicamente no garantiza llegar al último. Mikel Mostajo ya daba vueltas en Olaberria a la edad de 5, desde los 7 compite en circuitos y ya ha corrido a 115 kilómetros por hora. Su madre, que seguía las carreras de su padre, es incapaz de ver las de su hijo.

Ahora tiene 12 años, los cumplió el 28 de enero, por lo que sigue siendo cadete, categoría en la que en 2010 se adjudicó el título en el Campeonato de España de karting, y los subcampeonatos en el de Catalunya y en la Copa de Campeones. Antes de pasar a KF3 -125 centímetros cúbicos, en torno a 30 caballos-, cuando cumpla 13 años y la reglamentación sea la misma para todos en cualquier lugar del mundo, el donostiarra afronta una temporada de formación durante la cual correrá en Italia un certamen internacional que organiza Birel, uno de los principales fabricantes de karts para participantes entre 12 y 18 años.

Con diversas categorías, abordará la de 100 c.c. -más potente que el cadete del Estado español con 85 c.c.- y ya entrena con un 125 más grande. Será uno de los benjamines en una competición con inscritos llegados principalmente de Europa, aunque también de otros lugares del mundo, algunos de lo cuales figuran en el programa de las grandes escuderías como Red Bull y McLaren.

A partir del 6 de marzo en Castelletto arranca este campeonato que se prolongará hasta octubre, con prácticamente una prueba al mes, la mayoría en escenarios italianos y alguna en Polonia. Mikel es piloto RK -Robert Kubica-, el polaco que pasó por Epsilon Euskadi antes de dar el salto a la Fórmula Uno y actualmente recuperándose de un grave accidente. Al amparo de Birel y de la mano de su manager, el también ex probador de F1 Adrián Vallés, pretende seguir avanzando en el complicado y caro mundo del automovilismo.

Alfredo, su aita, es natural de Legazpi, reside en Donostia y regenta el garaje familiar en Ormaiztegi, que montó su progenitor, en el que también se preparan vehículos para carreras. Compagina este trabajo con un proyecto de utililización del gas natural como combustible. La historia familiar de los Mostajo está salpicada de guiños al mundo del motor.

Uno de sus abuelos, el bisabuelo del chaval, era natural de Calatayud. En 1928, cuando tenía 18 años, se sacó un carnet de conducir que Alfredo conserva. Fusilado en la guerra del 36 cuando su hijo tenía cuatro años, le había insistido tanto a su mujer de que los coches eran el futuro que ésta llevó al ahora abuelo a un taller y se hizo mecánico. Su tío Santiago llegó a tener en Barcelona un equipo ciclista y otro de motos. Años después, el hijo de éste, Ángel, obstentó el récord Guiness de andar en coche a dos ruedas. Íntimo amigo de Alain Petit, el famoso especialista de cine, acostumbraba a practicar funambulismo subiendo en moto por el cable a los campanarios de las iglesias.

Motos y rock and roll

Alfredo no fue tan precoz como su primogénito. Recuerda una adolescencia marcada por las motos y el rock and roll inmerso en grupos locales. La velocidad, finalmente, pesó más que la música y a los 18 descubrió la competición. Desde el 83 al 88 practicó el motociclismo hasta que un accidente en el que se rompió medio cuerpo le retiró de las dos ruedas. «La primera vez vimos en una revista un anuncio sobre unos test y nos fuimos al Jarama, que no sabíamos ni dónde estaba, cuatro amigos en un 127 con la moto subida a la baca. Como no entraba, la rueda delantera y la horquilla en el maletero y el carenado encima de los dos de atrás. Teníamos esa capacidad de hacer cosas».

En el 93 se pasó a los coches, y antes de acabar el siglo ganó el Campeonato de España de turismos series y la Renault Megane, además de subcampeonatos en AX, ZX y Seat León. Curtido en turismos sin tapizado, con temperaturas que llegan a alcanzar los 80 grados, terminó por conducir en algunos de los mejores circuitos europeos.

«No era tan caro como ahora -recuerda-. En los campeonatos había unos premios fantásticos e incluso al principio toda la gente que corría de aquí, Pablo Irizar, Martín Egaña... solían ir con el coche en marcha. Sin remolques, allí le cambiabas las ruedas y listo». Empezó por diversión y los objetivos terminaron cambiando el panorama. Saturado, lo dejó hace seis años cuando Mikel comenzaba a dar sus primeros volantazos.

La influencia paterna es evidente. «Él aplicaba lo que intentaba enseñarle y lo hacía bien. Ahí están los resultados. A estas alturas tiene ya mucho oficio y una manera de funcionar muy autónoma».

Alfredo, que deja claro que él no le obliga a nada, tiene su propia teoría: «Si tu hijo destaca en algo, hablando mal y pronto, es una putada, aunque te guste. Si no hago lo que debiera, igual luego me remuerde la conciencia, y si lo hago, igual me arruino». Ha intentado inculcarle que cuando una persona hace algo bien en la vida es una faceta más y «no por eso se es superior». Buen estudiante de sexto de primaria, sus compañeros le preguntan lo habitual: «¿Cuánta velocidad coges?». Le gusta también el baloncesto y la pelota, juega cuando puede de delantero con el Añorga y responde que de mayor, si no es piloto de coches le gustaría serlo de aviones.

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