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Capone y Luciano: el imperio del crimen

En la convulsa y vertiginosa década de los años 20, gángsters como Al Capone y Lucky Luciano impusieron su propia ley en una comunidad delictiva que enriqueció gracias a la llamada Ley Seca. El gran éxito obtenido por la teleserie «Broakway Empire» demuestra el interés que continúa suscitando este tipo de personajes.Antes de la Ley Seca, las cárceles federales albergaban 4.000 reclusos, pero en 1932 el número de presos ascendió a 26.859. La delincuencia, lejos de disminuir, aumentó

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Koldo LANDALUZE | DONOSTIA

La mecha fue prendida en el año 1917, cuando el Congreso de los Estados Unidos aprobó una resolución a favor de una enmienda a la Constitución (Enmienda XVIII) que declaraba la prohibición, importación y fabricación de bebidas alcohólicas a lo largo y ancho del país. Dos años más tarde, aquella enmienda fue bautizada como Ley Voldstead y poco antes de que las campanas anunciaran la llegada de 1920, un ufano senador llamado Michael Volstead se dirigió a la nación para declarar: «Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno».

Mientras el senador Voldsteid se ganaba un hueco en los cielos y calculaba mentalmente los suculentos dividendos electorales que le reportaría esta declaración de guerra contra el alcohol, en los bares y locales nocturnos de los Estados Unidos atronó el jazz y se descorchaban ingentes botellas de alcohol. En realidad, la llamada Ley Seca no prohibía directamente el consumo de alcohol pero pretendía impedir su ingestión cortando de raíz su manufactura, comercio y transporte. En el caso del vino, por ejemplo, se prohibió su producción comercial, pero no fue impedida la venta de jugo de uva, que se vendía en forma de «ladrillos» semisólidos (bricks of wine) que, con posterioridad, eran utilizados para la producción casera de vino. Eso sí, en las etiquetas de estos envases se advertía a los clientes de que la fermentación de aquel jugo era causa de delito. A pesar de la Ley Voldsteid, el alcohol continuó siendo producido de manera clandestina y también importado de lugares como Canadá o el Caribe lo que provocó el nacimiento de un nuevo modelo delictivo-empresarial que encontró en esta prohibición la excusa perfecta para llenar sus arcas. Para satisfacer la gran demanda de bebidas espirituosas, las organizaciones criminales recurrieron a mezclas etílicas brutales que pretendían ser whisky y eran vendidas a precio de oro. Aquella ley, que fue declarada el 1 de enero de 1910, lo único que provocó fue que la gente bebiera más y peor. En el transcurso de estos frenéticos días gobernaron personajes como Al Capone, Salvatore y Lucky Luciano.

El cine y la literatura siempre han sido fuente de inspiración para desarrollar muy diversas historias que, con el paso de los años, han variado en sus contenidos y perspectivas y han creado una iconografía sustentada en ráfagas de ametralladoras, jazz, tipos duros, mujeres fatales, bares clandestinos y redadas al caer la noche. El cine de gángsters se desarrolló en los Estados Unidos a partir de 1927 y tras el gran éxito que logró la película del austríaco Josef von Sternberg «La ley del hampa». Mientras esta película era visionada en las salas oscuras, en la calle todavía imperaba la Prohibición y Capone dictaba sus órdenes desde su refugio de Palm Island.

Con el triunfo de Franklin D. Roosevelt llegaron el final de la Ley Seca y algunas de las películas que mejor han tratado el gangsterismo y la mafia. Una de las primeras producciones que abordó seriamente la génesis social de este modelo delictivo fue la película de William A. Wellman «Public Enemy», protagonizada por el imprescindible James Cagney en el año 31 y aquel mismo año también se estrenó otro título de obligada visión: «Hampa dorada» («Little Cesar») de Mervyn Le Roy, donde otro habitual del género, Edward G. Robinson, asumió el rol de Caesar Enrico Bandello, un gángster feroz y egocéntrico de origen siciliano cuya ascensión y caída fueron dictaminadas por su desmedida obsesión por alcanzar el poder y la cima de la escala social. Las características de este temible César encarnado por Robinson forman parte de la herencia legada por aquellos gángsters italoamericanos, cuyo código de conducta estaba fuertemente enraizado en su orígenes sicilianos.

Criado en los bajos fondos de Brooklyn, Alphonse Gabriel Capone figura como el ejemplo más claro de este modelo delictivo. Su vertiginosa ascensión comenzó cuando abandonó Long Island para instalarse en Chicago en el año 1919. Acompañado de su mentor -Johnny Torrio- se dedicó a hacer pequeñas labores para el gran capo James Big Jim Colosimo, cuyo gobierno acabó en cuanto alojaron una bala en su cabeza y mientras, a solas y a través de un gramófono, escuchaba a su idolatrado Enrico Caruso. Su sobrino, Johnny Torrio, fue el encargado de llevar las riendas del negocio y Capone no desaprovechó la oportunidad que le brindó su mentor cuando, en los años 20, se encargó de dirigir la organización de la banda, dedicada a la explotación de la prostitución, el juego ilegal y el tráfico de alcohol.

Capone dirigió esta organización a partir del año 25 y su primer paso para afianzar su dominio fue asociarse a la Mafia y declarar una guerra entre las bandas que operaban en Chicago para convertirse en el jefe supremo del hampa. Un año más tarde, sólo dos rivales se oponían a su gobierno: el clan integrado por la familia Aiello y la banda irlandesa de Bugs Moran. El punto y final a esta situación se escenificó en un garaje donde fueron acribillados los cinco jefes de la banda de Moran durante la noche del día de San Valentín de 1929. Junto a Fank Nitti, Campagna, Guido Cicerone, Guzk y Fischetti ,creó la «santa alianza» del crimen organizado y se autoproclamó rey del hampa. Por entonces, la camada de sabuesos liderados por Elliot Ness seguía su rastro. «Los intocables» -un grupo de agentes del FBI escrupulosamente escogidos y supuestamente incorruptibles- se empleó a fondo para acorralar a Capone y, gracias al agente de IRS Frank Wilson, se encontraron recibos que relacionaban al gángster con ingresos por juego ilegal y evasión de impuestos. A mediados de los años 30, Capone se convirtió en el preso más célebre de la isla de Alcatraz y, a medida que transcurrió su cautiverio, comenzaron a aflorar síntomas de demencia derivados de una sífilis sin tratar. Su condena terminó el 16 de noviembre de 1939 pero, para entonces, ya estaba arruinado y su mente muy deteriorada. Retirado en su propiedad de Miami Beach, Florida, Al Capone sufrió un derrame cerebral que lo llevó a la tumba.

Muy diferente fue el periplo vital y delictivo de Salvatore Carlo Lucania, quien se ganó con todo merecimiento el apodo de «Lucky» (afortunado). Charles Lucky Luciano nació en la localidad siciliana de Lercara Friddi, en 1897, y su nombre ha quedado ligado, al igual que el de Capone, al mundo del crimen organizado de la década de los veinte del siglo pasado en Estados Unidos. Su pose arrogante, reforzada por una cicatriz en la cara y su párpado derecho semicaído, dotaban al conjunto un aspecto amenazador.

Al igual que otros muchos compatriotas italianos, la familia Lucania se embarcó hacia la Tierra de Promisión estadounidense en busca de una nueva oportunidad. El niño Salvatore se curtió en las calles de Nueva York ejerciendo labores de «protector» de otros niños; si no le pagaban, les pegaba. Tras ser encerrado en un reformatorio por traficar con estupefacientes cuando tenía 18 años, quiso montárselo a lo grande e ingresó en la banda neoyorquina Five Points Gang, donde se labró un nombre en el mundo de los bajos fondos. Con el paso del tiempo, se convirtió en pieza destacada de un selecto club de contrabandistas y gánsters de diferentes orígenes y, tras eliminar a varios rivales, se convirtió en capo di tutti capi. En el año 37 fue condenado a 35 años de cárcel aunque sólo cumplió nueve, gracias a los «servicios prestados a las fuerzas armadas estadounidenses». Deportado a Italia en el 46, el siempre afortunado Luciano falleció de un ataque cardíaco en el aeropuerto de Nápoles el 26 de enero de 1962.

Retomando el rol legado por el medio cinematográfico, ahora le ha correspondido a la pequeña pantalla fijar su interés en la época de gloria que vivió el crimen organizado durante la Ley Seca. La prestigiosa cadena de televisión por cable HBO ya ha estrenado en Estados Unidos la segunda temporada de «Broadwalk Empire», una sobresaliente serie que ha contado con el respaldo en la producción ejecutiva del cineasta Martin Scorsese y el actor Mark Wahlberg.

El propio Scorsese («Uno de los nuestros») se encargó de rodar el primer capítulo de esta crónica histórica enmarcada en la bulliciosa Atlantic City de comienzos de los años 20 y Steve Buscemi no ha desaprovechado la oportunidad de lucirse metiéndose en la corrupta piel de Nucky Thompson, el todopoderoso Tesorero Público de Atlantic City que se desenvuelve a la perfección en los fangosos terrenos de la corrupción política y el crimen organizado. El guionista y productor Terence Winter («Los Soprano») ha sido el creador de esta pieza de gran calidad técnica y artística en la que, capítulo a capítulo, redescubrimos la cara oculta de una comunidad política carente de escrúpulos y gángsters que, como en el caso de Al Capone y Lucky Luciano, encontraron su oportunidad para encumbrarse.

«Broadwalk Empire» no es la típica historia sobre ascensiones y caídas, es el retrato de un hombre que se aferra con toda su alma al poder.

Al Capone, alias «Scarface»
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