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Nicola Lococo | Filósofo

Publicidad telefónica

Si ellos nos molestan para ofertarnos sus indeseables servicios y vendernos sus promociones de última hora, nosotros no tenemos por qué cortarnos un pelo en hacer lo propio con nuestros libros, clases particulares, menús del día...

Dicen los periódicos que el beneficio de Telefónica durante el primer semestre del 2011 ha ascendido a 3.162 Millones de euros, matizando que es un 16,3% menos de lo obtenido por la compañía en el mismo periodo del año anterior ¡Qué pena! ¡Habrá que hacer una colecta!

A parte del lloriqueo apuntado, hoy no deseo ocuparme en especial de la simpática Timofónica, sino de esa práctica molesta que nos interrumpe la comida familiar, la siesta vespertina, la película al final, el paseo con los niños, esos momentos románticos con la pareja y que casi nunca coinciden cuando estamos en el retrete o trabajando, que ya tienen órdenes bien tajantes de en qué horario han de efectuar tan odiosas llamadas las puñeteras operadoras de telefonía para con su voz melosa preguntarnos de buenas a primeras todos nuestros datos personales jugando con el factor sorpresa y la baza de una población muy sumisa que, en lugar de mandarles a tomar por el recto correcto, le dan gratuitamente todo tipo de explicaciones, como quién es el titular del aparato, cuánto consume de media al mes, con quién tiene el contrato, a qué personas realiza más llamadas y un largo etcétera que hace innecesaria entre nosotros la Gestapo.

En «Marque el cero» ya describí como devolverles la descortesía de atender nuestras demandas clientelares por medio de máquinas y contestadores automáticos de los que se abstienen de emplear a la hora de darnos la lata. Hoy toca exponer al público el derecho que nos asiste a ser nosotros quienes les llamemos a los teléfonos gratuitos de las compañías de telefonía para vender nuestros productos, o sea, quien tenga una zapatería, zapatos, quien sea frutero, fruta, y quien por desgracia trabaje para otro puede probar a efectuar un rastrillo multimedia con todo lo que le sobre en el desván. El caso es que si ellos nos molestan durante nuestra vida cotidiana para ofertarnos sus indeseables servicios y vendernos sus promociones de última hora, nosotros no tenemos por qué cortarnos un pelo en hacer lo propio con nuestros libros, clases particulares, menús del día...

Sólo la gente tonta o reprimida puede ver en esto una gamberrada. Nada más lejos de la realidad; se trataría de una acción sumamente pedagógica que daría una lección a los expertos en ventas y nos evitaría en el futuro inmediato que los secuestradores de la democracia -entiéndase partidos con listas cerradas-, para pedirnos el voto durante las elecciones, imiten a los canallas que no contentos con cobrarnos las tarifas más caras de la UE pretenden robarnos por el oído el poco tiempo de ocio del que disponemos para los amigos, los hijos, la pareja y el propio yo, que en mi caso, como es múltiple, ni les cuento lo que padece esta técnica de tortura programada para sonsacarte la preciada información que no consiguen en la protección de datos y el cubo de la basura, que para algo se han colocado los contenedores de papel y cartón.

Por supuesto, las personas que equivocadamente crean no tener nada que ofrecer a las indeseables compañías de telefonía o que por su carácter no se les dé muy bien introducirse en el rol de comercial de su propia causa pueden también trabajar a la inversa, es decir: pueden demandar servicios distintos a los que les ofrece el operador latoso cuando le llama. Así, si le pillan a alguien aburrido de la vida en su casa, puede aprovechar la llamada del enemigo para hacer unas risas o, si está deprimida y sola en el domicilio, para charlar por charlar como haría en un diván del psicólogo e incluso tener sexo telefónico sin necesidad de llamar a un número de esos que te llevan a la ruina por ponerte cachondo.

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