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Raimundo Fitero

Irene

De acuerdo, televisivamente da para mucho un huracán. En los preparativos previos, en las llamadas oficiales de los políticos y administradores especializados en la organización de dispositivos de seguridad, en el momento de mayor intensidad, en los posteriores, pero Irene me tiene hasta los cartílagos, porque abre, cierra, y se coloca en medio de los informativos por la sencilla razón de que está afectando a varios estados de la costa este norteamericana pero sobre todo porque Nueva York y Washington parecen ciudades caribeñas, pero en un atardecer otoñal. Y se dice con un énfasis sobrecargado de sorpresa que se han cerrado líneas del metropolitano neoyorkino como si eso fuese un anuncio del apocalipsis, el fin de una época.

Se quiere decir con lo anterior que esta atención informativa es una reflejo más de la dependencia que se manifiesta de manera excepcional con esta sobreactuación informativa con algo que no deja de ser espectacular, pero que sucede cada año, con muchos más muertos y desperfectos, otras partes de la tierra son visitadas con puntualidad macabra por estos fenómenos y no se les da tanta importancia como a Irene. Esos otros huracanes que no se llaman Irene, nos proporcionan imágenes retóricas, casi una confirmación de que la desgracia se agranda debido a la situación económica de esos países. Irene tiene vocación de repartir los daños, de destrozar algunos de los soportes publicitarios del capitalismo feroz y nos recuerda a su ruda manera que todos somos vulnerables cuando la naturaleza se enfada de verdad.

Poniendo un poco de demagogia en el asunto, y si se pudiera doblar el mapa-mundi, parte de esa tormenta bien distribuida en el cuerno de África paliaría algunos de los sufrimientos de millones de seres humanos que están padeciendo una hambruna despiadada y a la que los informativos no led prestan ni la mitad de atención, y eso, que bien dosificadas las imágenes de esos seres humanos famélicos, comidos por las moscas, contribuyen a contentar al ciudadano medio consumista, una comparación muy indecente que les lleva a asimilar sin escrúpulos que la crisis que vive es dura, pero más cornadas da el hambre.

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