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Raimundo Fitero

Gracias Sara

 


Pero lo que ha sucedido en las redes sociales, es una recalcitrante tendencia de muchos a recochinearse de quienes inciden en la misma acción: la superficialidad, la obviedad más absurda y, la verdad sea dicha, Carbonero ha derrochado tópicos, contestaciones obvias, falta de atención, que en todos los casos eran despedidas por el locutor central con un escueto «Gracias Sara», convertido en trending topic para explayarse y realizar, de paso, una crítica a estos modelos de retransmisión con conexiones a diferentes puntos que forman parte de una liturgia radiofónica que en la tele no es necesaria. Y si se da paso a alguien, debería aportar narración de lo que no se ve, y no reverberación de lo presenciado.

Un debate abierto, que además en esta Eurocopa está llegando a muchos de los hablantes en las retransmisiones de Mediaset, que se pasan oscureciendo las imágenes con parlamentos pasados de revoluciones, con falta de rigor, con abundancia de desconocimiento hasta de la reglamentación. Y todo ello logrando audiencias de récord histórico con el último partido de Iker, el novio de Sara, como les identifican. En Euskadi sobrepasó los seiscientos mil espectadores. Y con otro dato, en estos días de dos partidos simultáneos, el ofrecido por Cuatro es invisible.

Es intocable una periodista deportiva por el hecho de ser mujer? ¿Quien opina sobre su labor profesional, aunque sea con sarcasmo, es un machista? Desde aquí hemos defendido a Sara Carbonero cuando arrecieron las críticas y las descalificaciones hace ya unos años. Pero desde entonces hasta el día de la fecha, su crecimiento profesional ha sido limitado, inversamente proporcional a su crecimiento como icono publicitario. Y eso es un dato, no una opinión. Sus melenas acondicionadas por una marca la han detenido en el tiempo deportivo. Su presencia en los programas de Tele 5, me temo, que sí son oportunismo de su figura, de su relación con el guardameta de La Roja y de todo su valor añadido mediático y no de su auténtico valor como reportera a pie de césped. Podría considerarse esa presencia como un acto de machismo. O al menos de una estrategia para crear un foco añadido de morbosidad.
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