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Iaki Egaa | Historiador

La acuarela de tu alma

Cesare Pavese escribió una soberbio poema «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, esta muerte que nos acompaña desde el alba a la noche». Xabier Lete hizo una magnífica traducción al euskara, «etorriko da zure soaz heriotza», que musicó y cantó con voz quebrada Paco Ibáñez. Todos atisbaremos, pronto o tarde, esos ojos de la muerte y, entonces, dejaremos de ser nosotros para difuminarnos en el recuerdo.

Reconocer a los que nos han precedido, descubrir su huella y perdernos en sus razones y en sus sombras, con las que soñamos quizás nosotros también, nos permite articular el presente y, en cierta medida, ir desbrozando, como bien añoraba Isaac Puente, el médico anarquista de Maeztu, el futuro de nuestros hijos. Por eso, cuando Iñigo Urkullu y Patxi López se enfadan al unísono por la reivindicación de un espíritu, el del lehendakari Agirre en tiempos de guerra, hecha por Laura Mintegi, están exigiendo un derecho a la propiedad que no les corresponde. El del pasado, el del patrimonio colectivo, el de la intangibilidad de un pueblo que tiene en quienes les precedieron sus referencias.

El Gobierno republicano de Agirre no fue una opción elegida sino la traslación de un proyecto compartido a un conjunto de hombres que, por encima de todo, afrontaron la voluntad de defender lo poco que el ser humano posee: la vida de los suyos, su dignidad y, sobre todo, su honestidad. Un aliento compartido en la defensa de una sociedad agredida en grado superlativo.

Aquellos hombres y mujeres honestos fueron fusilados, marcharon al exilio, sufrieron cárcel y, a pesar, hicieron de su vida un ejercicio de honestidad. Fueron hombres y mujeres justos, con independencia de su legado particular, de la letra pequeña de sus biografías, cuando las hubo. Nos pertenecen por derecho. Por patrimonio.

Por eso, me parece una respuesta muy maleducada la de estos dos señores citados. Nuestro patrimonio colectivo no tiene nada que ver con una lista electoral, cerrada. Para eso están los vivos, enclaustrados algunos en jaulas de oro, otros en calabozos con barrotes de hierro. Otros, errabundos que aspiran a la eternidad se mecen, junto a Alicia, desde sus hamacas en el País de las Maravillas.

Chíchikov, la gran creación de Nikolai Gógol, adquiría espectros, iba de pueblo en pueblo comprando a los propietarios las almas de sus siervos muertos. Y registraba las transacciones como si se tratara de un comercio más. Los propietarios enloquecían ante la empresa y mostraban su codicia, la corrupción, incluso sus paranoias. Una sátira que aún es válida muchos años después.

¿A quién pertenecen los muertos, sus almas?

Fermín Valencia cantó a Maravillas Lamberto, violada y asesinada en Larraga a sus 14 años, por una pandilla de falangistas y guardia civiles. Y entre su letra emocionada, «amapola del camino, te seguiré donde vayas», Fermín añadía: «la muerte no podrá pintar de olvido la acuarela de tu alma». Pintamos de colores, muchas veces productos de nuestra imaginación, como un recurso más para enfrentarnos a las situaciones más complicadas y al desasosiego que acompaña a una mala temporada.

Maravillas, nombre tan atractivo como sugerente, es patrimonio de nuestra generación, como tantas y tantos otros. Un pueblo no se elige, llega en el zurrón condimentado con unos aromas y fermentado con otros olores que empaparemos en nuestro devenir, en nuestro paso por la tierra, leve pero firme. Hacemos camino al andar con una mochilla llena de pertenencias intangibles, y repletas de pálpitos y, sobre todo, de humanidad. Paradoja donde las haya.

El talante de Agirre, integrador y siempre presto a incorporar antes que a descalificar, exasperó a Manuel Irujo, compañero inseparable, y a Telesforo Monzón, amigo desde su niñez. Ambos despotricaban contra la permanente tendencia del lehendakari a consensuar sus acuerdos. Irujo le echó en cara su alianza con los norteamericanos, y acertó. Washington le llamó fanático por defender la independencia vasca a pesar de que su partido había aportado decenas de cuadros para espiar a los comunistas.

Monzón se rebeló por su republicanismo «español». Y rompió con Agirre pronto. Un Agirre que le había apoyado, en contra de todo su partido, cuando, después de un bombardeo sobre Bilbao, la multitud asaltó las cárceles repletas de fascistas y mató a 224 presos. Su custodia, por ser consejero, dependía de Telesforo Monzon. Cuando en 1960 falleció Agirre, su cadáver fue expuesto precisamente en la casa de Donibane Lohizune de Telesforo, luego sede de Anai Artea. Amigos a pesar.

Ese espíritu dialogante, alma viva de Agirre, le llevó a intentar mediar con los primeros voluntarios de ETA, perseguidos y calumniados por el PNV de Ajuriagerra, que donde había compromiso vio competencia. Introdujo al comunista Astigarrabia en su Gobierno y el acercamiento llevó al consejero a ser repudiado por su partido. Una lista extensa.

Como Agirre, Irujo, Monzón y sus discrepancias... nuestra mochila colectiva se ha forjado con los hombres y mujeres que dieron esa razón a su existencia. Tomás Shankara, el presidente de Burkina Faso asesinado con la complacencia francesa, decía que «nuestra revolución se basa en la totalidad de las experiencias del hombre desde el primer aliento de la humanidad». En esas estamos.

Y en la misma medida, los mimbres que conforman y entrelazan este pueblo nuestro no solo se construyen con los juncos del Atturri, del Ebro o del Ibaizabal, sino y sobre todo con esa larga sombra, ese surco en el agua que recita Eñaut Elorrieta: «Ta ez galdetu inoiz zer galdu genuen negar egin genuenean, malko haiei esker orain itsasoa gara».

Hombres y mujeres a los que he conocido y he sentido que, ante ellos, la humildad era más importante que la palabra. A Rosa (Luxemburgo) Larrañaga, educada en la URSS e hija de Jesús Larrañaga, el comunista ejecutado en Porlier que me hablaba susurradamente. A Casilda, que aguantaba las lágrimas cuando enterrábamos a su compañero anarquista Félix Likiniano en Biarritz, en un acto en el que rompieron las más elementales normas de clandestinidad los innombrables.

Al jeltzale José Mari Aristegi, profundamente religioso e hijo de Julián, fusilado en Hernani por las huestes de José Luis Vilallonga, el biógrafo del Borbón, a quien entregué la ficha de Ondarreta de su padre en capilla. A la hija del socialista Ramón Rubial, senadora en Madrid, a quien hice llegar el expediente penitenciario de su padre, perdido en un archivo militar gallego. A la exportavoz del Gobierno de Ibarretxe, Miren Azkarate, a la que deslicé el informe militar y policial de su padre Marcos, detenido en su tiempo por ser correo de los nuevamente innombrables. A Fermín Martínez-Vergara, nieto del alcalde de Lodosa y fusilado en 1936, con quien comparto gratos momentos cada dos meses en una prisión francesa. Etarra, como otros.

¿Qué me une a los nombres que he citado anteriormente? Por mi parte, honestidad. Lo mismo que me animó a editar hace más de una década cuando encontré el Diario de Agirre en la Biblioteca del Congreso (Washington) recién donado, probablemente, por la CIA. Una copia del mismo la tenía la familia, pero jamás tuvo intención de darle luz.

¿Qué me une a todos ellos? Su recorrido vital. Mi patrimonio. Nuestro patrimonio. No tengo más propiedad que sus recuerdos, que sus aspiraciones. Y aunque no comparta gran parte de su gastronomía, de su ideario político, de sus plegarias, incluso de sus fobias, las coincidencias, los caminos en común son suficientes para incorporarlos a mi estela.

Las almas de Gógol tenían un precio, alimentaron la codicia, fueron enlatadas entre los renglones de un asiento contable. No son almas de mi gusto. Tasadas. Augusto César Sandino, uno de los grandes revolucionarios latinoamericanos, dejó escrito un manifiesto que empezaba de la siguiente manera: «El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no solo ser oído sino también creído»

Quiero y necesito creerlos. Somos hombres y mujeres que aspiramos a ser libres, con humildad, recogiendo el testimonio intangible de decenas, miles de antepasados de los que ni siquiera conocemos su nombre. Sabemos por qué lucharon y con eso es suficiente. Son, al margen de sus apellidos, del color de sus ojos, de las hondonadas de su piel, del modelo de sus alpargatas, el único y gran patrimonio que nos llevaremos un día a ese palmo de tierra que ni siquiera exigimos. Ese palmo de tierra que sabrán defender las generaciones que nos sucederán.

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