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Francisco Larrauri Psicůlogo

Santiago Carrillo tres veces defraudador

Cuando aun resuenan los típicos comentarios laudatorios que siguieron a la muerte de Santiago Carrillo, Francisco Larrauri desgrana en estas líneas «los fraudes» de su larga trayectoria política. El primero, el reconocimiento explícito de la monarquía española; el segundo, el realizado a la diáspora que se mantuvo fiel a la República, y el tercero, «el más íntimo y partidista», el vivido por la militancia comunista española, vasca, catalana y gallega que pagó con su vida la lucha clandestina en el interior, que siguió a la política de resistencia al fascismo y que tuvo su punto culminante en el maquis de 1939 y en la II Guerra Mundial.

El título no es un intento de insulto desalmado a un difunto, sino una consideración política llena de respeto a quien hace décadas representó un esforzado y valeroso movimiento comunista y posteriormente, libre y voluntariamente, se hizo amigo de un rey elegido para reinar por el general Francisco Franco y que ha representado los principios fundamentales de la dictadura que el ex secretario general de los comunistas mandó combatir durante cuarenta años.

Santiago Carrillo, agasajado por la derecha reaccionaria y por la socialdemocracia, a pesar de recordársele a diario el escenario de Paracuellos de Jarama en la guerra de 1936, ha vegetado plácidamente con el cuerpo ideológico de una estructura política heredada del fascismo a la que él mismo ha contribuido a legitimar con la herencia de las luchas por las libertades democráticas del movimiento obrero y del movimiento progresista intelectual.

Facilitado y realizado el paso para abrazar a la monarquía española y por consiguiente al más ultramontano nacionalismo español con el apéndice de la guerra sucia en Euskal Herria, la actividad personal de los últimos años de Santiago Carrillo ha suscitado una lógica revisión de su obra, en la que no se le ha perdonado la deriva política, más por el aprovechamiento que de ella han hecho los que fueron en su día adversarios de las libertades individuales y nacionales que por lo que haya repercutido en los que siempre han considerado el marxismo como una alternativa real al capitalismo en crisis.

El primer fraude que surge con el reconocimiento explícito de la monarquía, el monarca y sus valores ha sustraído el sentido ético a millones de republicanos y de ciudadanos sin adscripción partidista, que por el mero hecho de defender la legalidad y seguir fieles a la República, fueron víctimas de las fechorías de los militares facciosos. Víctimas permanentes desde el ayer por la identidad y dignidad típica de la gente corriente, y por la resistencia lúcida en combates cotidianos que les llevaron a la cuneta o a la diáspora sin que Santiago Carrillo rechazara el rancio españolismo representado por la monarquía impuesta y hereditaria. Se llegó a decir que todos los que lucharon contra Franco merecían que sus nombres fueran conocidos, pero Carrillo no solo no ha roto el silencio por ninguno de ellos, sino que ha vilipendiado a las víctimas y las ha convertido en «olvidos» silenciados. Ahí está Ahaztuak 1936-1977 para que no se olvide jamás la represión del fascismo y la dictadura, homenajeando a las mujeres y gudaris asesinados.

El segundo fraude es a la diáspora y a los exilados que por cuarenta años, pudiendo o no volver, se mantuvieron apegados a la República, sin que nadie hablase de ellos. En China, Moscú, Cuba, República Dominicana, México, París y Montauban, donde el autor ha tenido personalmente antecesores, y a los que el camarada Carrillo pidió disciplina y sacrificio para aguantar, incluso sin correo, para que los familiares del interior en su respuesta no contribuyeran a las arcas del fascismo con el valor de un sello, se vivieron muestras de heroísmo.

Los ejemplos de constancia y permanencia en el exilio, por lo que tenía de testimonio humano mundial, luchaban íntimamente contra las ansias de volver, y llegaron al extremo de enemistar a refugiados con más de treinta años fuera de sus pueblos. Como ex secretario general de gran parte de esa resistencia, su desfachatez ha estado a la altura de las visitas reales a los niños de Rusia.

El tercer fraude, el más íntimo y partidista, lo han vivido los militantes comunistas españoles, pero también los comunistas vascos, catalanes y gallegos. La lucha clandestina en el interior, con idealismo a raudales, que siguió a la política de resistencia al fascismo y que tuvo su momento álgido en el maquis de 1939 y en la segunda guerra mundial, la pagaron los comunistas con su vida. Las muertes en combate, los paseos sin juicio, las torturas que son endémicas, hasta el fusilamiento de Grimau por el régimen que tan bien representó Juan Carlos I, así como los últimos fusilados del franquismo merecían por parte de Carrillo una reflexión y un análisis menos egoísta. Habría sido tan justo que continuara sin echarse al suelo por un monarca que no es continuidad de la monarquía expulsada por el pueblo, sino continuación de los principios del Movimiento del general Franco, que la memoria viva de los camaradas desaparecidos, sus descendientes y familiares, se lo hubieran reconocido eternamente.

Lenin, en otro momento de la historia, escribió «La revolución proletaria y el renegado Kausky» para denunciar la actitud servil ante el oportunismo y el inaudito envilecimiento teórico del marxismo de quien fuera dirigente de la II Internacional. La transferencia del pensamiento es libre, y de un renegado hemos transitado a un político defraudador al que el espíritu de izquierdas que pervivió al fascismo de 1939-1975 le exigía si no rebelión, al menos indignación por la continuidad de un fascismo que se ha resistido a desaparecer, y precisamente por la postura ideológica y política de Carrillo, que a lo largo de las últimas décadas no ha significado indicios de progreso moral, se le arrinconará de la historia progresista, convirtiéndolo en ideológicamente prescindible para cualquier proyecto político emancipador.

Sin volcarse en generar una cultura de resistencia transmisible, pues la transición que pactaron fue un espejismo y la amnistía un fardo de prebendas para militares asesinos, Carrillo ha optado personalmente por recrearse en un espacio público vehemente al calor de la Corte, plegándose a la impunidad del franquismo como fórmula para sostener el régimen monárquico actual.

Hemos descubierto con él que la miel del poder es pringosa y engancha, y que la perversidad es polimorfa. Anécdota de peluquín y silencio culposo frente al padecimiento de la represión y tortura en Euskal Herria en nombre de su amigo el rey español. Conocedor de que ha tenido muchos tiempos, tal vez sean la derecha conservadora y la socialdemocracia española las que preservarán acaso su memoria; esta ha sido su voluntad y su testamento, su verdadero ocaso.

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