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Adelgazar las palabras para escucharte

Comienzan a desnudarse las ramas de los robles que aún cercan los caminos más sombríos de mi pueblo, ahí, apartado de los ruidos molestos que llegan de la autopista de día, y de las luces que confunden de noche. El viento sube transportando entre sus brazos las humedades del rompeolas, lejano pero audible. El eco de un ladrido, no me atrevo a calibrar su cercanía, me recuerda que no somos los únicos.

Me abruma la sensación de dejarme algo cada vez que estrujo las teclas del ordenador. No puedo sino dirigir la mirada una y otra vez hacia la ventana, esperando que por sus aristas penetren, de repente, los colores de la ausencia. Quiero engañarme y admirar la blancura del azulejo del olvido, pero no hago sino ahondar en el destierro. Alguien me pasó un mensaje debajo de la puerta. Es mejor olvidar. Ni siquiera lo he intentado.

«No quisieron decirnos el sitio donde te encuentras y por eso tu tumba es todo nuestro territorio», cantaba Carlos Mejía Godoy, rasgando su guitarra cuando los sandinistas avanzaban hacia los palacios de Somoza. Azota la lluvia los cristales, después de unas semanas de bochorno, y con el golpeo de las primeras gotas recuerdo aquello que me atormenta al destapar el ordenador.

Llegué a Laudio, a contar relatos de calabozos, patíbulos, hambre y penurias y, tras la charla, como suele ser habitual en otras muchas ocasiones, nos juntamos alrededor de una mesa. Una botella de vino y poco más. La memoria fluye. La memoria se hace selectiva, pasajes de mujeres que eran sorprendidas hablando euskara por la calle y, como castigo, enviadas durante un mes a limpiar los urinarios del cuartel de la Guardia Civil.

El recuerdo nos hace fuertes, incrédulos de crónicas televisivas y construcciones gigantescas de fábulas. La primera persona del singular y del plural nos cauteriza ante la mentira, nos revuelve el sentimiento con imágenes dolorosas de ertzainas golpeando a diestro y siniestro en el aeropuerto de Hondarribia cuando llegaban los restos de Lasa y Zabala, nuestros Joxi y Josean, arrancadas sus uñas en sede gubernamental.

Pero no es la del desprecio eterno la sensación que me abruma, sino la de la ausencia. Ayer me crucé con aquel superviviente que recibió el tiro de gracia y salvó su vida, no ya por esos milagros, malintencionados casi siempre, sino por esas casualidades casuales de la naturaleza. Porque quien disparó lo hizo a matar. Un movimiento reflejo le llevó el brazo a la sien. En Irun hace ya más de 35 años.

Me crucé con Carlos, decía, con el mar en el horizonte, con la brisa del norte meciendo las gaviotas nacidas esta primavera y, sin tener noción de por qué los recuerdos se mezclan de manera tan traicionera, volví a las horas intempestivas de Laudio, a la última conversación sobre aquel joven de apenas 19 años, Jon, que, ya en la clandestinidad, murió reventado por la propia bomba que transportaba junto a su alma gemela, Joxe, de Amezketa, tiznado por un color de piel cobrizo.

Y un recuerdo me llevó a otro. Detesto el verbo borrar, me niego a declinar sus tiempos. Hodei y Egoitz, rotos como aquellos de hace años en un recodo similar. Un paraje maldito por generaciones, entrañas donde se cocían las malvades del hierro y de las minas del último siglo. Carlos seguía vivo y quería creer que el resto también, que a última hora el destino daba un quiebro y había obviado la ruta. La oportunidad.

Poemas clandestinos, marchas nocturnas, un cigarro entre los labios que han besado poco antes. O que quizás no lo hicieron jamás. La juventud atrapada, la estela invisible del asfalto, la vigilia acechante. Eternos indocumentados, que escribió Roque Dalton. «Ez duzu etsi ta ez duzu etsi nahi», complementaba Txikia.

Crucé la noche desde Goikogane y me adentré en las faldas de Anboto, junto al eco de las lechuzas que guardaban el sueño de Mari. A lo lejos me llegó el murmullo del aliento de Jesús Mari, también con 19 años, y de Alberto, acribillados al retirar su coche. Y, por un momento, creí sentir el crujido de los aviones rompiendo la pereza de las nubes que un infortunado día de marzo bombardearon Durango. La muerte está cosida a la vida.

Me abruma la sensación de dejarme algo cada vez que comienzo a golpear las teclas del ordenador, como si las palabras huyeran entre las oquedades, como si el perfume a salitre que me falta cuando me escurro tuviera la culpa de sostener ese faro tan visible que ciega.

Al otro lado de las cimas, de esa ermita custodiada por un meteorito que busca y encuentra parejas, entre magias y sortilegios, percibo el sonido del agua calma, algún sapo cancionero y una luna delicada como el cariño. En Otxandio me narran las ocurrencias de aquella joven recogiendo algodón a miles de kilómetros, en los campos inconclusos de Telica, cerca del volcán con nombre quizás africano, Momotombo, aunque en Centroamérica.

Luzia tenía por nombre y recibió en Trintxerpe un tiro como el que Carlos pudo esquivar. Es para llorar que buscamos nuestros ojos, dejó escrito Vicente Huidobro. La letra de una canción se filtra entre las teclas: «Begiak itxi eta amets egiten duzu kolore artean esnatuaz». Trintxerpe, obreros llegados del fin del mundo, madres que aprietan a sus hijos entre sus pechos, para trasmitirles la frecuencia del latido de su corazón. Epica del pasado. Y del presente.

Escondo la voz bajo las piedras y los helechos que atenazan Mendixuri, Mendittipi, Mendiaundi... los montes de nuestra tierra que jalonan ese rasgo en el mapa, esa frontera en las hojas de ruta de los carabineros. Las piedras no tienen alas, las chimeneas se pelean por los rescoldos del fuego.

Una fuga para alcanzar los montes, desde Segovia, escondidos en los bajos de un camión, con el miedo en el bolsillo y también en la respiración que se vuelve ingrata. Auritz, en el camino de peregrinos. Jamás había conocido las rocas perforadas por los siglos, los cantos apagados de los ruiseñores del bosque, las piruetas encendidas de las libélulas azules. Catalán y, como tantas veces, un tiro traidor. Oriol.

Laudio, Durango, Getxo, Donostia, Tolosa, Gasteiz, Orereta, Irunberri, Pasaia, Sestao, Iruñea, Hernani, Baiona, Loiu, Hendaia, Auritz... lugares familiares que acogen a tantos de los nuestros, estrías en la tierra, brotes de maíz, estrofas de futuro. Nombres extraños también, Herrera de la Mancha, Togo, Busot, Argelia, La Habana.

Cuando abro el ordenador sigo percibiendo que me falta algo y, sin embargo, sus archivos están repletos de historias, de relatos, de niños convertidos en adolescentes, de adolescentes que llegaron a ser adultos. De jóvenes y de mayores. La alarma me avisa de aniversarios, me alerta de amores que aún perviven, de árboles marcados con iniciales milenarias, de avenidas desbrozadas por el valor de aquellos que, una vez, pensé, fueron unos pocos y hoy sé, son miles.

Aquella mañana de aquel sábado 27 de septiembre encontramos a la muerte sentada al lado. Anunciada con antelación, como en el relato de García Márquez. Agazapada en la punta de fusiles que disparaban venganzas. Aquel sábado de hace 37 años la vida sufrió un apagón. Txiki, Angel. Pero el viento hinchó nuestros corazones. Tuvimos la certeza, yo al menos, de que la existencia es corta, y a la vez, larga.

«Para que tu me oigas, mis palabras se adelgazan a veces» decía Pablo Neruda. Txabi Etxebarrieta apenas había cumplido 20 años, llevaba una pistola en el bolsillo, y en el zurrón un libro de versos del poeta chileno. Con Neruda vivió sus tres años siguientes, hasta que murió en Benta Haundi.

Han pasado años, quizás más de los que hubiéramos imaginado. Y aquí seguimos, con el recuerdo de cientos, miles de retoños haciendo lo que hemos sabido desde siempre, adelgazar palabras para que se nos oiga. Palabras que arrastramos para encontrar la cuna de la luz que ha movido a tantas y tantos compañeros, la libertad de nuestro pueblo. La palabra.

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