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Félix Placer Ugarte Teólogo

El Concilio que quiso cambiar la Iglesia

Los comienzos de la década de los 60 eran especialmente turbulentos en la panorámica mundial: Guerra Fría, Vietnam, muro de Berlín, revolución cubana... Se endurecía la dictadura franquista. En Euskal Herria surgía ETA. En la Iglesia vasca, sometida a las imposiciones del régimen, 339 sacerdotes vascos denunciaban la represión e injusticia reclamando la defensa de los derechos del Pueblo Vasco...

En aquellos años críticos, el 25 de enero de 1959, el Papa Juan XXIII anunciaba, de forma sorprendente para todos, su decisión personal de convocar «un concilio general para la Iglesia universal». Lo hacía «temblando un poco de conmoción, pero al mismo tiempo con humilde resolución de propósito». Aquella decisión tomada por un papa «de transición», a sus 77 años, generó todo tipo de conjeturas y temores, de esperanzas y promesas. La dominante curia vaticana se puso en guardia. Amplios sectores de la Iglesia vislumbraron una nueva luz en medio del inmovilismo eclesiástico. En la prensa internacional tuvo eco inusitado aquel anuncio. Hasta en la URSS suscitó vivo interés. El Gobierno español recibió con recelo la iniciativa papal.

Comenzó su andadura entre múltiples tensiones, enfrentamientos y hasta manipulaciones. La curia y, en especial, el Santo Oficio, desde su indiscutible poder doctrinal, querían controlar su preparación y encauzar su desarrollo por la línea dogmática de los concilios Trento y Vaticano I. Opuesta a la modernidad, condenadora de teologías aperturistas, sin voz profética ante las injusticias mundiales, obsesionada contra el comunismo, trató de impedir un Concilio abierto y renovador.

En medio de esta situación eclesiástica, con la humilde tenacidad de Juan XXIII, se inauguraba el Concilio Ecuménico Vaticano II el 11 de octubre de 1962 (hace ahora 50 años). En su discurso de apertura, este audaz Papa desatendía «a quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina» y disentía «de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos». Propuso un concilio no de dogmas y anatemas, sino de «aggiornamento» (puesta al día), un Concilio pastoral, en un estilo muy diferente al de los 21 Concilios anteriores en la historia de la Iglesia.

Aquella mañana se congregaban en la basílica de San Pedro 2.540 obispos de todo el mundo. Comenzaba una compleja andadura que nadie sabía hasta dónde podía llegar. Bastantes padres conciliares esperaban una Asamblea breve que afianzara la línea conservadora. Pero pronto se tomó conciencia de la necesidad de un proceso largo y costoso de renovación de una Iglesia anclada en posiciones inamovibles y retrógradas.

Los siete esquemas preparatorios presentados, bajo el control de la Curia, fueron rechazados en su mayoría. En el referido a la Iglesia, el cardenal Suenens, primado de Bélgica, apoyado por Montini, cardenal arzobispo de Milán (sucesor de Juan XXIII), propuso una renovación en su interior («ad intra») y en sus relaciones con el mundo («ad extra»). El cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, habló de «Iglesia de los pobres». El mismo Papa marcó un rumbo decisivo con dos encíclicas -»Mater et Magistra» y «Pacem in Terris»- sobre el compromiso de la Iglesia en la justica y paz en el mundo.

Finalizada la primera sesión (8 de diciembre de 1962) con esperanza afianzada de perspectivas renovadoras, murió Juan XXIII en junio de 1963. Surgieron dudas sobre la continuidad del concilio. Elegido el cardenal Montini, como Pablo VI, afirmó su deseo de continuarlo. Finalizaría en diciembre de 1965. Tres años intensos que marcaron un rumbo nuevo en una Iglesia hasta entonces decadente, alejada del mundo y paralizada por férreas estructuras conservadoras.

Las tesis renovadoras de teólogos hasta entonces censurados o bajo sospecha (Congar, Rahner, De Lubac, Küng, Schillebeeckx, Chenu...) y, sobre todo, la signos de los tiempos de un mundo conmocionado por sufrimientos e injusticias, orientaron y encaminaron aquel concilio hacia horizontes insospechados, pero proféticamente intuidos por aquel Papa afable, sencillo, pastoral, de costumbres tradicionales, de gran cercanía y sensibilidad con el mundo de su tiempo, sus dolores y anhelos.

La larga reflexión conciliar puso en el centro de la Iglesia al «Pueblo de Dios» y en él, a los pobres. Afirmó que el diálogo es su forma de relación con toda la familia humana y otras religiones. Como servidora y reconciliadora en el mundo, ofreció su colaboración para lograr la justicia y fraternidad universales. Declaró la libertad religiosa. Creó un clima de esperanza y, para muchos, de entusiasmo.

Pero no todo fue brillante en aquella Asamblea. Los obispos trataron de mantener un difícil equilibrio, entre la potente corriente conservadora y la renovación. Quedaron temas pendientes; entre otros, la descentralización de la Iglesia (demasiado romana), la colegialidad episcopal, el reconocimiento eclesial pleno de la mujer, la libertad de expresión teológica, el pluralismo religioso, temas de moral sexual, el compromiso liberador con los pobres... Y, sobre todo, su recepción posterior era una incógnita.

No hay duda del empuje decisivo del Concilio en tierras latinoamericanas, que las Asambleas de Medellín (1968) y Puebla (1979) plasmaron en su opción liberadora por los pobres, del auge de la teología de la liberación, del avance en la investigación teológica y bíblica, del desarrollo y los compromisos de las comunidades de base. La «Asamblea conjunta obispos-sacerdotes» (1971) defendió la libertad de la Iglesia, los derechos humanos y participación democrática en el tardofranquismo. En Euskal Herria los obispos Añoveros, Setién y Uriarte afirmaron la identidad vasca y sus derechos, pidieron la amnistía, reclamaron el cese de toda violencia, buscaron la paz. Grupos cristianos de laicos y sacerdotes se comprometieron en defensa de su pueblo...

Pero estas luces de esperanza quedaban ensombrecidas por las posiciones de la curia vaticana. Volvían las censuras a teólogos avanzados, la participación colegial del episcopado quedaba recortada. El dubitativo Pablo VI no consiguió realizar en profundidad la renovación conciliar. Juan Pablo II, viajero por el mundo, impulsó una Iglesia comprometida en la justica social, pero mantuvo formas autoritarias y controladoras en lo doctrinal y moral junto al cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, condescendiente con posiciones restauracionistas. En consecuencia, el desarrollo pleno del Concilio para una renovación y cambio profundos de la Iglesia ha quedado estancado. La curia vaticana sigue reforzada en medio de la oscura trama de Vatileaks (documentos secretos filtrados) y escándalos financieros. La conservadora línea papal se manifiesta en su apoyo a la línea neocatecumenal y Opus Dei, y en los nombramientos episcopales, como es el caso de la Iglesia vasca.

No es de extrañar, por tanto, que con el recuerdo del inicio del Vaticano II surjan autorizadas voces que denuncian la situación de retroceso eclesial. Entre ellas, el recientemente fallecido cardenal Martini confesó que «sus sueños de una Iglesia pobre, humilde, abierta, plural, joven se habían disipado amargamente». Un obispo italiano, Mons. Casale, en carta al sínodo universal que estos días se celebra en Roma, denuncia el retroceso de la Iglesia que desea evangélica, según el estilo de Jesús, pobre con los pobres. Teólogos como H. Küng, L. Boff y otros son radicalmente críticos con esta Iglesia que por este camino no tiene salvación, afirman.

Pero, sobre todo, el silenciado pueblo de Dios, sujeto básico de la Iglesia, fiel al espíritu del Concilio, reclama hacer oír su voz desde los signos de los tiempos,contra estructuras opresoras económicas y políticas de la humanidad para anunciar y practicar, desde una Iglesia de los pobres, el evangelio de liberación.

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