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Sonia González, Garbiñe Aranburu, Igor Urrutikoetxea LABeko zuzendaritzako kideak

La clase trabajadora vasca avanza en su propio camino

Es chocante que hace dos meses se nos hicieran llamamientos a desconvocar la huelga del 26-S y ahora se nos critique por no convocar dos meses más tarde

Nos encontramos desde el año 2008 asistiendo a una batería incesante de ataques por parte del capital. Euskal Herria lleva estos cuatro años respondiendo en los centros de trabajo y en las calles, así como lo está haciendo el sindicalismo combativo en distintos pueblos de Europa. Estos ataques están siendo orquestados por el capital financiero trasnacional y dirigidos por elementos opacos tales como el Consejo Europeo, el FMI o el BCE y, por tanto, una respuesta a nivel de Europa que sirva de apoyo a las luchas de todos los pueblos europeos por una Europa social sería lo deseable. Y LAB, por supuesto, no se quedaría al margen de una convocatoria de estas características. No es éste el caso, por mucho que se intente enmascarar y disfrazar como tal. Por mucho que se repita un argumento, la realidad es tozuda: con antelación ya se había convocado huelga general en Portugal y a ésta se le sumó el Estado español. En Italia hay convocado un paro de dos horas en cada turno. En Chipre no hay convocatoria, ni en Bélgica, ni en Malta. Y Grecia acaba de pasar por dos días de huelga, el 6 y el 7 de noviembre, pero no ha llamado al 14. En Grecia, como en Euskal Herria, no hemos esperado a que la Confederación Europea de Sindicatos (CES) llamase a un día de movilización.

De hecho, la convocatoria del CES, cuyo presidente en estos momentos es Toxo, no es un primer paso dentro de una estrategia de respuesta europea, sino un intento ex-profeso de dar legitimidad y sostén a una convocatoria de huelga en el Estado de unos sindicatos que saben que van perdiendo músculo y capacidad de movilización. Sostén que, por otra parte, llega de manos de una confederación de sindicatos que ha sido crucial para apuntalar el actual modelo de Unión Europea. Cabe decir que LAB, así como muchos sindicatos europeos, no forma parte de esta confederación.

Que los centros de decisión están cada vez más alejados y que esto promueve, a su vez, que las decisiones sean cada vez más alejadas a los intereses de la clase trabajadora es una constatación a nivel europeo. La necesidad de acercar esos ámbitos de decisión a los pueblos y la capacidad de participar en esas decisiones sería -o debería ser-, por tanto, una constatación necesaria. No es comprensible, así, que se nos pretenda obligar a los trabajadores vascos que ya hemos tomado ese camino a que renunciemos a él y, mucho menos, que se intenten contraponer artificialmente intereses nacionales a intereses de clase, a no ser que tras una supuesta defensa de la unidad de la clase trabajadora lo que se esconda realmente sea una defensa de la unidad de España.

Intereses nacionales e intereses de clase no son algo contrapuesto. Hace muchos años que comprendimos perfectamente que son las dos caras de una misma moneda. Sin embargo, la gestión que se está haciendo de la crisis está llevando cada vez a más personas a comprender que son dos caminos inseparables, que el derecho a decidir de un pueblo y que su clase trabajadora tome parte en las decisiones es la única manera para que dicha decisiones sean tomadas de una manera realmente democrática. Este déficit democrático es el que permite que sea el gran capital financiero el que decida por encima de la voluntad popular.

El sindicalismo de acompañamiento de CCOO y UGT no ha cambiado, tan siquiera en estos años en que el capital con la ayuda de las elites políticas pretende hacer y deshacer a su antojo. No ha cambiado en Vascongadas, donde una minoría sindical se ha sentado en una mesa de diálogo social con el único contenido de servir de cobertura a los recortes de Patxi López. Tampoco ha cambiado en Nafarroa: si en marzo hablaban de unir fuerzas con LAB y ELA, tres meses más tarde firmaban un acuerdo sobre esa misma reforma para subordinar los convenios de Nafarroa a lo que se decidiera en Madrid, dar por buena la pérdida de poder adquisitivo y aceptar más flexibilidad y, por tanto, más desempleo. En Euskal Herria no queremos volver a la situación del 2008, ni queremos movilizarnos en contra de unas reformas sí y en otras hacer de acompañamiento del capital, así como sucedió con la brutal reforma de las pensiones en enero del 2011: mientras CCOO y UGT firmaban en Madrid, el 27 de enero de 2011 la clase trabajadora vasca volvía a tomar las calles.

Es cuando menos chocante que hace dos meses se nos hicieran llamamientos a desconvocar la huelga del 26 de septiembre y ahora se nos critique por no convocar dos meses más tarde. Y es cuando menos triste que se busque la legitimación de una convocatoria, no explicando sus objetivos, sino por contraposición y basándose en la descalificación de quien no la comparte.

Es perfectamente comprensible que cierta parte de la clase trabajadora apele a la unidad sindical. En la unidad reside la fuerza, pero la pregunta crucial y que aparece acto seguido es en favor de qué objetivos va a depositarse esa fuerza. Que sumar es el camino lo tenemos muy claro en LAB y que esa apuesta va dando sus frutos podemos constatarlo fácilmente, ya que cada vez son más sectores los que se suman al camino que emprendimos en 2009. Hemos demostrado que en este pueblo hay capacidad de movilización y prueba de ello dan cinco huelgas generales. En Euskal Herria hay un proceso social en marcha, un proceso social que lucha por una alternativa y por construir otro modelo. Ese es el objetivo en que hemos decidido depositar nuestra fuerza.

No se trata de recortes puntuales, sino de una transformación completa y estructural de todo el modelo económico y social, una venta rápida y barata de recursos públicos y derechos laborales y sociales. Euskal Herria, por el contrario, está avanzando y como pueblo está confrontando y haciendo su camino por una verdadera alternativa. Porque hay alternativa a esta reforma capitalista integral y salvaje, una verdadera alternativa, construida según decida la clase trabajadora vasca en toda su extensión. Este país tiene recursos suficientes y capacidad organizativa y de movilización para ello. Es hora de dejar de mirar a Madrid, ser conscientes y valorar el recorrido que comenzamos, sin esperar a nadie, en el 2009. Ahora es el momento de seguir adelante y de impulsar acuerdos estratégicos en lo social, sindical y político entre quienes realmente pretendemos construir aquí un nuevo modelo económico al servicio de la clase trabajadora y no del capital.

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