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«Tabú» es con mucho la mejor película que ha dado el cine portugués contemporáneo

M. I. | DONOSTIA

Debería de cortarme las venas por no conocer a Miguel Gomes antes de «Tabú», pero así son los vacíos que deja una distribución que desprecia todo lo que venga de Portugal. Menos mal que la película ganó el Fipresci de la crítica internacional en la Berlinale, junto al premio Alfred Bauer. En Las Palmas recibió el Lady Harimaguada de Plata, en París el Premio Especial del Jurado, en Gante el de Mejor Película y en Zadar el de Mejor Director.

Gomes reinventa en «Tabú» el arte cinematográfico, ya que no se apunta sin más a la moda retro y a los homenajes recientes al cine mudo en blanco y negro. Va más lejos, partiendo de la referencia al clásico homónimo de Murnau y Robert Flaherty realizado en 1931, del que retoma la entonces innovadora fusión entre documental y ficción. Una técnica mixta que le sirve para crear una inventiva muy personal, hecha de ensoñaciones y un sentido primitivo de la aventura romántica.

La segunda parte traslada el género de melodramas coloniales al estilo de «Las nieves del Kilimanjaro» al contexto histórico de las colonias portuguesas en África, cuando prendió la llama de la independencia. Está perfectamente conectada con la primera, donde la heroína aparece ya senil y arruinada por una ludopatía incurable.

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