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Primer round en la carrera para suceder a Cristina Fernández

Las elecciones primarias que se celebran hoy para renovar la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado en Argentina representan el lanzamiento de la batalla para conquistar la Casa Rosada en 2015, con la lucha interna del peronismo al rojo vivo.

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Daniel GALVALIZI | Buenos Aires

Desde la reforma electoral de 2009, todas las elecciones al Poder Ejecutivo y Legislativo nacional tienen primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), lo que, al menos en teoría, busca abrir la burocracia de los partidos a los votantes independientes y facilitar la formación de coaliciones electorales.

Pero lo formal dista de lo real: la inmensa mayoría de las candidaturas son únicas, por lo que están de facto cerradas a la influencia de la sociedad. Entonces, las PASO se convierten en lo que ya fueron en 2011: una gran (y costosa) encuesta nacional que determinará los candidatos que disputarán los cargos en octubre.

Este año, las elecciones de medio término son especiales. Descartada prácticamente la posibilidad de una reelección de Cristina Fernández de Kirchner (es rayano a lo imposible que obtenga las mayorías parlamentarias para una reforma constitucional que la habilite) hoy es el punto de salida para quienes quieren posicionarse como alternativa en 2015.

Peronismo a la carta

Como ocurre desde hace quince años, el partido del poder no logra vertebrar dentro de sus límites orgánicos a sus cada vez más diferentes líneas internas y salta la valla, expresándose con varias marcas electorales, copando así buena parte del escenario.

En la provincia de Buenos Aires (35 % del electorado), se produjo la fuga de numerosos aliados del kirchnerismo que ahora buscan dar el batacazo de la mano de Sergio Massa, alcalde de un suburbio al norte de la capital, ungido por un grupo de otros veinte jefes comunales bonaerenses y un entramado de sindicalistas peronistas opositores al Gobierno, junto a dirigentes políticos, empresariales y artistas extrapartidarios.

Con altísimos índices de popularidad, un discurso menos ideologizado que apunta al electorado de centro y guiños al simpatizante crítico del kirchnerismo, Massa no logró trasladar su buena imagen (60 % de positiva) hacia la intención de voto: los sondeos le auguran entre un 30 % y 34 % de los votos.

Su tono dista de ser el de un candidato a diputado y su planteamiento es claramente presidencial. Reconocido en voz baja por él y los suyos, busca posicionarse como «una gran avenida entre las dos veredas del odio y el fanatismo».

El líder del flamante partido Frente Renovador (que de renovación tiene poco ya que la gran mayoría de sus integrantes tienen décadas en el peronismo) cuenta con el respaldo del grupo Clarín, el grupo multimedia más importante y que desde su divorció de los Kirchner en 2008 mantiene un enfrentamiento político y judicial con el Gobierno.

Enfrente, por primera vez en diez años, no habrá un Kirchner en una papeleta de la mayor provincia argentina. La presidenta designó a Martín Insaurralde (también alcalde, pero de un suburbio del sur metropolitano), para pelearle a Massa el primer puesto. Insaurralde arrancó la campaña con altos índices de desconocimiento, pero mejoró en las encuestas gracias al aparato de propaganda estatal y estaría superando el 30 %.

Fernández de Kirchner olfateó una posible derrota y prefirió ungir a un referente kirchnerista periférico antes que a alguien de su riñón. Las encuestas pasan factura de un año y medio en el que sobraron tropiezos y hubo un giro a la derecha, en los que resaltan dos hechos: la entrega a la estadounidense Chevron de las reservas patagónicas de gas de esquisto y el nombramiento al frente de las Fuerzas Armadas de un exespía del Ejército denunciado por haber participado en la represión durante la dictadura.

En tanto, las otras dos opciones se reparten entre otro peronista de la corriente más liberal y conservadora, Francisco De Narváez (le ganó a Néstor Kirchner en 2009, pero hoy su estrella se ha apagado ante Massa), y la de Margarita Stolbizer, que encabeza la única opción socialdemócrata con opción de lograr escaños en el mayor distrito del país, denominado como el escenario de la madre de todas las batallas.

En la capital federal, segundo distrito del país, el kirchnerismo sabe que pierde en manos del PRO, la centroderecha liberal liderada por el alcalde y expresidente del Boca Juniors, Mauricio Macri. El segundo puesto lo pelea con la coalición de centroiz- quierdas UNEN, conglomerado de partidos que son los únicos que permitieron una primaria abierta para definir sus candidatos.

Las dos caras de los números

La aritmética parlamentaria puede mostrar una realidad más allá del voto popular. El Senado se renueva por un tercio; las provincias que lo hacen son en su mayoría las del norte del país (bastión del kirchnerismo) y solo hay dos distritos en los que el Gobierno puede llegar a perder escaños: la capital y la austral Tierra del Fuego.

En la Cámara Baja todas las provincias renuevan la mitad de los asientos y allí el kirchnerismo tiene la matemática a su favor: los legisladores que se van son los elegidos en 2009, el peor resultado electoral del kirchnerismo y ahora el contexto y los sondeos son más favorables.

Por lo tanto, y si bien se esperan derrotas contundentes o leves en los cinco mayores distritos electorales del país (Buenos Aires, la capital, Córdoba, Santa Fe y Mendoza), el conteo puede terminar augurando que en octubre la presidenta esté cerca de mantener su mayoría absoluta, debido a que además aún permanece la otra mitad de la Cámara elegida en 2011, el mejor resultado de la década para el Gobierno. Sin embargo, varios diputados del bloque mayoritario comenzaron a irse o a mostrar signos de rebeldía ante la realidad. Fernández de Kirchner no puede sucederse a ella misma y el ciclo de doce años parece listo para concluir en 2015, dado que el liderazgo de la presidenta no dio lugar a ningún heredero visible.

El único con posibilidades es el gobernador bonaerense Daniel Scioli, denostado por el ala dura que ahora decidió olvidar las críticas para convertirlo en el manotazo de ahogado de la presidenta, quien lo involucró de lleno en la campaña para enfrentar al adversario común, Massa. Sin embargo, Scioli (quien estuvo al borde de romper con el kirchnerismo y pactar con Massa) muestra signos de diferenciación y su destino es el gran enigma de la política argentina.

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