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Mientras haya actividad cerebral

«La escafandra y la mariposa»

Después de obtener en Cannes el Premio a la Mejor Dirección, Julian Schnabel logra también por dicho cometido una de las cuatro nominaciones a los Oscar con las que cuenta «La escafandra y la mariposa».

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Mikel INSAUSTI | DONOSTIA

Si los lectores se molestan en repasar en Internet opiniones y críticas de «La escafandra y la mariposa», quienes busquen algún comentario negativo pierden el tiempo: se encontrarán con una absoluta unanimidad rara de ver en el cine actual. Cuando una película gusta a todos y cada uno de los espectadores que la contemplan, sin excepción, tiene que producir en su creador un estado de plenitud. Y eso que, de entrada, Julian Schnabel lo tenía todo en contra. Sus dos anteriores largometrajes son irregulares y demasiado volcados en el mundo artístico, yendo a elegir para su tercera realización a un personaje con minusvalía de los que siempre intenta apoderarse el Hollywood establecido, además de quedar expuesto a las inevitables comparaciones con «Mar adentro». El mero hecho de superar tales escollos ya le ha valido el reconocimiento general, a partir del cual todo es posible y es mera cuestión de ir engrosando la larga, y todavía abierta, lista de premios.

El director estadounidense ha sabido rodearse de lo mejor entre lo mejor para conformar un equipo técnico y artístico de primer orden, gracias a lo bien relacionado que está. A nadie le ha importado renunciar a su salario habitual, seguramente porque el proyecto era lo suficientemente atractivo como para embarcarse en él a ojos cerrados. Una entrega que se ha visto recompensada con creces y, si no, que se lo digan a Ronald Harwood, duramente atacado por su reciente adaptación de Gabriel García Márquez y que ahora aspira al Oscar por su brillante tratamiento del libro de memorias de Jean-Dominique Bauby. El resultado es un viaje a la mente de este hombre, para quien no existen barreras físicas. El poder de la imaginación es rescatado en su apogeo, mediante la anécdota del paciente inmovilizado que sólo cuenta con su actividad intelectual y emocional para sentirse realmente vivo. Es un caso similar al que reflejó en forma de pesadilla Dalton Trumbo en «Johnny cogió su fusil», con la diferencia de que aquí el sueño es liberador. La gran lección de «La escafandra y la mariposa» consiste en cómo sacar partido de una limitación física, porque, de no sufrir un grave ataque, Bauby jamás habría explotado al máximo su inventiva y necesidad de comunicación.

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