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Ian McKellen: «A los actores se nos presta demasiada atención»

Es uno de los grandes nombres del teatro shakesperiano, pero, para los chavales de hoy en día, sir Ian McKellen estará para siempre asociado a Gandalf, el Mago Blanco, o Magneto, el malo de la saga de X-Men. El actor, que anoche recibió el Premio Donostia como reconocimiento a su trayectoria, en su compareciencia ante la prensa horas antes ofreció una clase magistral sobre el oficio de la interpretación, con mucha amabilidad y algún divertido arranque de maldad.

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Amaia EREÑAGA | DONOSTIA

«¡Es el viejo de `El señor de los anillos'!», le explicaba una adolescente a su amiga, encaramadas ambas sobre la barandilla de la playa de la Zurriola. «¡Venga ya!», contestaba la otra. Lo cierto es que a Ian McKellen se le veía de lo más juvenil, a sus 70 años, vestido íntegramente de negro... y ataviado con la camiseta a favor de la capitalidad cultural de Donostia. Luego, por cierto, reconoció que la camiseta «estaba en la bolsa que le habían dejado en el hotel», pero que, entre risas, por supuesto que respalda la propuesta donostiarra. Había menos fans de los habituales en la sesión fotográfica de las terrazas traseras del Kursaal, aunque no resultaba tampoco extraño, dado el perfil de este maestro de actores, que no es una estrella, ni busca serlo, y con un prestigio que nadie pone en duda, combinado con una humildad que para sí quisieran otros. Se toma en serio, pero hasta cierto punto. Lo suyo, al final, es contar historias. «A los actores se nos presta demasiada atención para lo que hacemos, se nos alaba demasiado, se nos dan demasiados premios», explicó ayer.

Nacido el 25 de mayo de 1939 en Lancashire, Ian McKellen perdió a su madre cuando él tenía 12 años y a su padre, a los 24. El chaval tímido que pensaba que en el mundo no había nadie más que, como él, se sintiera atraído por personas de su mismo sexo, sufrió el rechazo de los chavales en su infancia, porque era «diferente» al resto. McKellen, de hecho, en la actualidad ofrece charlas en los colegios contra el bulling homófobo, como una de las facetas de su activismo gay, del que ha hecho uno de los pilares de su existencia.

«Hay muchas clases de actores, pero básicamente hay dos tipos: están los que tienen tanta confianza propia que, durante toda su vida, se interpretan a sí mismos. No queremos que Cary Grant o Bogarth sean distintos a sí mismos, ni tampoco Hugh Grant. Pero hay otros tan tímidos, como yo lo fui de joven, que no se convierten en actores para interpretarse a sí mismos, sino para esconderse. Ya sé que parece un trabajo extraño para un tímido, pero ésa fue mi motivación». En su pueblo, aunque pequeño, había siete cines y tres teatros profesionales. La única cámara que tenía cerca era la casera de su tío, por lo que la fascinación que sentía por la magia de contar historias le condujo inevitablemente al teatro. «Me di cuenta de que en el teatro podía conocer a gente rara. No sabía cómo encontrarme con gente como yo y en el teatro sí que había gente rara y desviada: ¡Y tanto que lo hay!», añadió con sorna. ¿Cuándo decidió que se dedicaría a la interpretación? En Cambridge, cuando recibió su primera crítica positiva en un medio estatal. El descubrimiento de que podría dedicarse profesionalmente a la interpretación supuso el punto de partida de una carrera por la que, ya en 1969, se le conocía como «el actor principal de su generación» y encabezaba los repartos de la National Theatre Company, de Laurence Olivier. Ha sido Ricardo II, Eduardo II, Hamlet y Romeo con la Royal Shakespeare Company y su interpretación, en 1980, de Salieri en el «Amadeus» que se representó en Broadway supuso su «descubrimiento» por Hollywood, siempre a la búsqueda de nombres de prestigio que dieran apoyo a sus superproducciones.

En cine, su larga carrera incluye títulos que van desde la multipremiada y exquisita «Dioses y monstruos» (1989), hasta la saga de «X-Men» o la de «El señor de los anillos» ¯por cierto, repetirá como Gandalf en la versión de «El hobbit» que prepara Guillermo del Toro-, pasando por «El Código da Vinci» (2006). A los numerosos y prestigiosos premios que acumula sobre sus espaldas, une ahora el Premio Donostia, un galardón que, reconoció, le gusta porque premia toda su trayectoria profesional... aunque esperaba que esa misma noche no se le rompiese (parece que le alertaron en el ensayo de que el galardón es bastante frágil).

Fan de Gandalf

Aunque no podía ocultar sus preferencias por el teatro -lleva cincuenta años sobre escena, no es extraño-, Ian McKellen quiso defender al cine como medio de expresión y, a su vez, mostró su agrado al ver cómo Hollywood está haciendo hueco y con éxito a los filmes de temática homosexual, como «Mi nombre es Harvey Milk», que triunfó en los Óscar. «Hollywood está empezando a crecer. La Industria tiene una responsabilidad para seguir con esta causa y se está poniendo al día. Hay todavía otros lugares en que se asesina por esto».

Una declaración de intenciones: «Soy un gran fan de Gandalf», dijo saliendo al paso a las críticas que suele recibir por actuar en superproducciones como «El señor de los anillos», menos «prestigiosas» que el teatro shakesperiano. El mago es un personaje de la literatura universal, «un modelo para todos nosotros; un hombre bueno que intentó hacer lo que podía, un valiente». Además, el Premio Donostia 2009 prefiere que se le relacione con este tipo de personajes a que se le recuerde, por ejemplo, por una interpretación violenta.

¿Pero cuál es la diferencia entre actuar en cine o en teatro? «El énfasis», explicó... y la falta de público delante. ¿Y su forma de interpretar, su método? «Empiezo con las palabras. Aprendo los diálogos y, si es un escritor como Shakespeare, los diálogos tienen que ser absorvidos. Después, descubres al personaje dentro de ti». Ian McKellen se reconoció a sí mismo como un «actor físico», que busca en la actitud, «el ADN del personaje»: «En el ensayo puedes hacer algo que hace que el director te diga que lo has encontrado, que ése es el personaje: `Cuando cogiste el vaso y no miraste, ése era' o `cuando no lo miraste'. Debes utilizar la imaginación de actor para pensar y andar como cuando has cogido el vaso, mantenerlo luego vivo».

Aunque lo físico también puede ser extenuante, como narró para carcajada general. En su último trabajo en el teatro, en Londres, con una obra de Beckett, su «máximo reto» eran los 53 escalones que separaban el escenario de su camerino... un recorrido que hacía una y mil veces para vestirse, desvestirse y para ensayar... «y, todo eso, antes de interpretar el papel. Trabajar en teatro es para jóvenes -dijo, coqueto-, aunque espero poder seguir haciéndolo».

Sus personajes favoritos son siempre los últimos que interpreta -«como ahora no estoy trabajando, mi personaje preferido soy yo», añadió con sorna- y si hay un rol que le encantaría interpretar alguna vez éste es el de mujer. Se ha puesto en la piel de una mujer en alguna comedia, explicó, pero lo que le gustaría realmente es interpretar a una verdadera mujer... «aunque estoy un poco mayor para interpretar a Cleopatra, pero tendría que hacer de su madre», añadió divertido. Con un brillo de «maldad» en la mirada, propuso que «Meryl Streep podría hacer de mi marido».

¿Qué es lo que le empuja a elegir una película? Que sea una historia que iría a ver al cine y que además exista «cierto peligro» para lanzarse «a tope». «Si el director está contento, si los críticos también lo están y, sobre todo, si el público también está contento, yo me sentiré extremadamente contento del resultado obtenido».

INICIOS

«En mi pueblo había siete cines y tres teatros. Como la única cámara era la casera de mi tío, empecé en el teatro, porque era relativamente fácil en la Universidad. Después, descubrí que sólo quería hacer una cosa en mi vida, y he tenido la suerte de poder hacerlo».

UNA PROPUESTA

«Siempre me ha gustado hacer algo diferente y procuro buscar papeles que no se parezcan a los anteriores», declaró. Le gustaría, eso sí, interpretar a una mujer. Como no puede ser Cleopatra, por su edad, se le «ocurrió» que podría proponer a Meryl Streep que interpretaran a un matrimonio. La actriz sería su marido.

Ian McKellen, un gentleman de quitarse la txapela

Dicen que es inglés, pero ayer recibió el Premio Donostia como si fuera donostiarra (con esas orejas y esa nariz bien podría serlo), caracterizado con una txapela que distinguía aún más su elegante atuendo, consistente en un elegante traje gris (como corresponde al mago Gandalf), camisa negra y corbata grana. Hablamos de Ian McKellen, quien recibió el Premio Donostia de manos de su amigo Josep María Pou, en una gala que presentó Edurne Ormazabal y comenzó pasadas las 22.00, con un ligero retraso, y donde, tras un sinfín de alabanzas, el actor catalán alabó a McKellen como su «gran maestro», antes de recordar cómo lo conoció personalmente cuando fue a verlo actuar a Londres.

Con la emoción de un niño de diez años reflejada en el brillo de los ojos -así dijo sentirse en uno de los fragmentos de una de sus películas, que resumió su trayectoria en la gala mediante un vídeo maravilloso-; Sir McKellen bajó con energía juvenil, raudo y veloz, las escaleras que, como atrezzo, lo llevaron al centro de las tablas del Kursaal, donde entre flash y flash, volvió a repetir que «a los actores nos hacéis demasiado caso». Y es que el británico dijo no ser, como actor, «más que un carpintero que intenta siempre construir la silla perfecta».

Intérprete de prestigio, tras recibir el premio con total reconocimiento -«este sí que es un merecido Premio Donostia», se escuchó a nuestro lado-, «no me gustan especialmente los galardones» reconoció, pues «no concibo la interpretación como una competición, y si lo es, no compito más que conmigo mismo». Bajo una sonada ovación, con la txapela en una mano y sujetando con la otra el Premio Donostia frente a sus ojos, antes de despedirse prometió «seguir actuando y trabajando» y además, «volveré a Donostia», aseguró.

Después, loco, príncipe, poeta, rey, superhéroe, profesor o mago, el gentlemen Ian McKellen se esfumó con la misma sobriedad con la que llegó al festival que lo premió con la Concha de Plata al Mejor Actor por su trabajo en «Ghost and Monsters» en 1998, tras conseguir el Premio Especial del Jurado en 1985 con «Zina», de Kenneth McMullen.

Tanto la entrada como la salida de la gala fue más discreta y menos loca que la de Brad Pitt, pero el atractivo de McKellen, con su infinita y amable disposición a atender a los fans, dejará un largo poso.A. BILBAO

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