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Antonio Alvarez-Solís periodista

La majestad del Estado

Las palabras de este artículo destilan indignación. Rezuman ese sentimiento de manera contundente pero a la vez serena. La indignación de Alvarez-Solís no proviene sólo de un suceso concreto que considera injusto -como es la detención de militantes independentistas por el mero hecho de serlo-, ni de la cadena de injusticias en la que se incluye este suceso, sino sobre todo por la manera en la que el Estado pretende justificar su estrategia. El autor se queja amargamente de que, junto con diez personas, se intenta secuestrar la dialéctica.

Majestad: Calidad que constituye una cosa grave, sublime y capaz de infundir admiración y respeto». Bien. ¿Aparece con majestad el Estado? Evidentemente, no. ¿Es cosa grave y sublime? Obviamente, no. ¿Infunde admiración y respeto? Todo lo contrario. Desde el punto de vista de un ciudadano con plena conciencia de su cualidad de depositario de la soberanía nacional, el Estado y sus gobiernos, según escribe J.M. Roberts, y así se creía en tiempos de la Santa Alianza, «son antagonistas naturales de los ciudadanos».

Ya tenemos arrestados a Arnaldo Otegi, Rafa Diez Usabiaga, Rufi Etxeberria, Sonia Jacinto, Arkaitz Rodríguez... Frente a ellos se alza un Estado patrimonial, absoluto, violento ante las ideas ajenas, criminalizador de todo debate. Lo que debiera ser una máquina fomentadora de las ideas a fin de convertir la razón en el único escenario del debate, se torna un mecanismo de autocracia exaltada, de represión escandalosa. No es posible divisar en el panorama estatal un solo detalle de confortabilidad para la circulación de la palabra. Por el contrario, la escena resulta agobiante y un viento reseco barre toda expresión ideológica que no esté al servicio del pensamiento único. De las razones el juez extrae delito; de las intenciones, crimen; de la circulación de ideas, violencia. Hablen ahora el Gobierno español o el vasco de brotes verdes. Una inmensa máquina reductora de cualquier tipo de creación política ha sido acelerada en las últimas horas. Quien ante esto calle está conspirando a la construcción de un gran muro de silencio que convierte la ciudad de Dios, como diría San Agustín, en un reducto de penalidades e inhumanidad.

Pero no se trata sólo de llorar sobre la profanación de la libertad. Es hora de otra cosa. Es hora de que todas la conciencias pronuncien el ¡basta ya! Es el momento en que hay que enfrentar con gallardía el reduccionismo radical de la convivencia a una sumisión permanente y empobrecedora de la dignidad humana. Ni siquiera vale la pena analizar un auto judicial que, una vez más, ha sido precedido por una obcecada incitación gubernamental. La máquina funciona con una absoluta precisión degradante. Un día y otro la engrasan con un lamentable cuidado. La máquina se mueve con rigor inalterable, con el ritmo de un martillo pilón que va desmenuzando no ya ideas concretas sino la misma posibilidad de que las ideas broten. Ahí está la aterradora intención de todo este acerbo movimiento: en la destrucción de la raíz que alimenta la ideación. La ciudadanía ha sido concitada a expresarse con una sola voz, a hablar con argumentos sin la validación de los contraargumentos. Tras cuarenta años de silencio y violencia reaparece con toda su potencia el mismo quehacer desde el poder. ¿Y qué sociedad puede creerse viva en esta acre situación?

La gran ironía ha ocupado el lenguaje mismo hasta convertirlo en estéril. Hablan los reductores de la libertad de defensa de la democracia. ¿Y qué es la democracia sino la palabra viva sin frontera alguna? La democracia está muerta. Aquí y en medio mundo. Pero su muerte no es siquiera sutil; es torpe, encarnizada. No se combate con un estoque delicado sino con el garrote con que pelean en el cuadro goyesco los seres zafios que en él son reflejados. ¿A dónde ha venido a parar el poder que usa tales modos?

Repiten una y otra vez con insistencia rudimentaria que sólo la palabra es válida. Y a continuación envían a la cárcel al que la utiliza. Se dice, con rigor fraudulento, que la palabra está armada. Pero armada ¿de qué? No puede extenderse de una manera analógica, sin destruir la paz, que las armas, elemento de sobra material, estén hechas de la intención sutil de las ideas. Ni siquiera una coincidencia de fines morales -como es la petición de independencia- puede alegarse para confundir arma y palabra. Las armas son un objeto concreto y la acción con las mismas, una acción concreta. Inventar la paridad de ambas cosas es abrir la puerta a la indefinición más absoluta de lo uno y de lo otro. No es admisible que algo que está hecho de razón, participable o imparticipable, constituya un objeto material destinado a privar de la vida. La vida puede arrebatarse de mil maneras, pero nunca es lícito condenar a Sócrates.

¡Qué pobreza revela en un Estado que haya de ser mantenido con el cuestionamiento de la razón, que es un caudal rico e inmenso alimentado por las razones! Las razones de cada cual en su inmenso valor de ser humano. Un Estado temeroso, invadido por la inseguridad moral, pervertido por los procedimientos elevados a valor absoluto en sí mismos. Un Estado inmovilizado en la contemplación de su propia supervivencia. No hablo aquí, repito, del contenido concreto de las ideas sino de su calidad constitutiva, de su valor ontológico, que es el material con que se hace la libertad. La libertad, que no es un bien inmóvil sino un valor dinámico, productor nada menos que de la dialéctica, que es el molde donde se genera la vida individual y colectiva. Usted, Sr. Zapatero, usted y los suyos me arrebatan el gran motor de la dialéctica mientras anda por el mundo hablando de la precisión de otra sociedad. A este respecto he de decir que no sé si pienso en todo como los ciudadanos que acaban de detener, pero estoy absolutamente seguro de que ellos piensan ¿Y acaso he de vivir mi calle temiendo por mi vida porque ellos piensen? No valen los enredos menguadamente filosóficos de transformar el pensamiento en motor de violencia material. Cada cosa es la que es. De un pensamiento pueden deducirse ¿cómo no? acciones inconvenientes -esto sucede al Gobierno un día tras otro- pero es a partir de ahí que se debe imaginar la protección social correspondiente. La aventura humana está hecha de mil cosas distintas, pero no ha de extirparse del hombre el noble deseo de la aventura por el riesgo posible que represente su traducción a la vida fáctica. Si Dios creó el mundo seguro que tuvo en cuenta el uso que habríamos de hacer de su creación -incluida la existencia de los jueces- pero decidió que la existencia soberana estaba preñada de libertad. ¿Qué pasa: es que se creen ustedes dioses demiurgos encargados, tejas abajo, de corregir la existencia y convertirla en un traje a medida? Sr. Zapatero: usted que acude a tantas misas, con el palio vivido por dentro, ha de saber que eso de reinventar el alma es pecado contra el espíritu. El único pecado que al parecer condena, si uno creyera en fuegos eternos.

Los vascos empiezan a convivir cotidianamente con la opresión y esto es malo. O el pueblo euskaldun se autodestruye como nación digna, y acepta todo lo que sobre ella se proyecte, o ha de vivir con un irreprimible enfurecimiento interno por lo que ocurre a determinados vascos que, al fin y al cabo, son hermanos de los demás. Sobre este detestable suceso no he oído que en el Parlamento se alce voz alguna que solicite un análisis serio de tal situación. El Parlamento español opera con espíritu colonial y las guerras coloniales siempre se pierden y, lo que es peor que la derrota, dejan heridas anaerobias que llevan a la muerte de toda relación sincera. ¿Alguien ha dicho, o al menos ha insinuado, algo de esto en esa Cámara feroz que hasta doma y reduce a servidumbre a las voces más inimaginables en el silencio? Que yo sepa, nadie ha dicho nada sólido al respecto. Se asiste al espectáculo persecutor con la convicción de que estas cosas pasan ligeramente sobre la piel de la vida. Malos dermatólogos, por cierto. Porque la vida es como «El velo pintado» de Somerset Maughan y siempre acaba por rasgarse para desvelar al fin la realidad.

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