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CRíTICA teatro

Destino y desesperación

 

Carlos GIL

Mijail Platonov es un personaje inabarcable. Héroe romántico, iluminado, seductor, ejemplar, brillante polemista, iconoclasta, rebelde, la semilla del mal, el portador de la destrucción. Pero es un personaje inmerso en un paisaje, rodeado de otros personajes en situaciones aparentemente inanes, pero que van construyendo una crónica de un tiempo que se desvanece, que pasa de la alegría, de la superficialidad festiva, a la desesperación, a la tragedia, porque Platonov parece tener claro su destino: La destrucción propia que conlleva la destrucción de todo aquello que ama.

Una obra primeriza de Chéjov, en versión clara de Juan Mayorga que encuentra en la mano de la dirección de Gerardo Vera ese pulso necesario para convertir la complejidad de la historia y las dificultades del cúmulo de situaciones y personajes en una puesta en escena de gran teatro, adecuada a los gustos estéticos del espectador de hoy.

Escenografía actual, proporcionando referencias espaciales, vestuario que marca estilo y época, y sobre todo, un equipo actoral al que se le sabe sacar todas sus capacidades para que mantenga en esta gran obra coral, con dieciocho actores en escena, una calidad individual que sume, que acumule valores. Destaquemos a Pere Arquillué en Platonov, que sabe transmitir sin exageraciones ni sobreactuaciones toda la transición vital y sicológica de su poliédrico personaje, desde la lucidez al cinismo, desde la lírica amorosa a la procacidad alcohólica. Un Chéjov hecho a conciencia. Un gran espectáculo.

 
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