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Crónica | Desde el frente Libio

Los montañeses libios se adaptan a la nueva coyuntura bélica

Cuando estalla la guerra no importa lo que uno sea o haya conseguido hasta ese momento: se vuelve a empezar de cero, y cada cual lo hace a su manera. Las montañas de Libia no son tampoco una excepción.

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«No comemos más que tomates cebollas y pasta. Apenas recordamos el sabor del cordero o el pollo porque hemos perdido todo nuestro ganado»

A Suleyman le duele en el alma no poder ofrecer una mayor variedad a sus comensales. Y es que, al igual que en el resto del país, la vida en este pueblo bereber de las montañas de Nafusa cambió radicalmente desde el inicio de la guerra el pasado febrero. Este hombre de 40 años era profesor de historia antes de reinventarse como cocinero de campaña. Hoy cocina para unas 400 personas, la mayoría de ellas miembros del consejo local provisional y combatientes. Y la cifra puede llegar a doblarse cuando bombardean los pueblos vecinos. Ocurre a menudo.

Tras la aldea fantasma de Wazzin, Nalut es la localidad más cercana a la frontera de Túnez en las montañas de Nafusa. Hablamos de una cordillera que se extiende horizontalmente a lo largo de 200 kilómetros en el oeste del país. La orografía de la región, junto con el estratégico paso de frontera controlado por los rebeldes desde abril, han convertido a Nafusa en un bastión inexpugnable para el Gobierno de Trípoli. No obstante, la población de Nalut ha descendido de 30.000 a unos 8000, la inmensa mayoría hombres en edad de combatir. Ramadan es uno de ellos: «Era ganadero y tenía mi granja en el valle, junto al río. Pero cuando el Ejército tomó Kut tuve que escapar hasta aquí arriba. A algunos les dio tiempo a meter parte de su ganado en camionetas y llevárselo a Túnez pero yo lo perdí todo», dice este bereber de 37 años.

La pequeña aldea de Kut que menciona Ramadan se ha convertido en la pesadilla más recurrente de los locales desde que cayera en manos de Gadafi. Según dicen, el Ejército cuenta con una lanzadera de cohetes protegida en un antiguo depósito subterráneo de agua y, por consiguiente, muy difícil de bombardear. Así las cosas, los GRAD (cohetes autopropulsados de fabricación rusa) siguen cayendo a diario sobre esta localidad con vistas panorámicas sobre las posiciones de Gadafi en el valle.

Ramadan no podía quedarse cruzado de brazos o, mejor dicho, cubriéndose la cabeza con ellos, así que decidió ayudar. Hoy se dedica a organizar los suministros de comida para los combatientes desde la antigua sede de los Boy Scouts de Nalut. Y no sólo eso: «Muchos aquí dicen que no se cortarán la barba ni el pelo hasta que caiga Gadafi pero también los hay que prefieren ir afeitados y bien peinados. Yo me acerco hasta sus posiciones con mi maquinilla, aunque tengo que volver a menudo al centro a recargar las baterías», explica Ramadan, hoy peluquero de la revolución.

Lápices y micrófonos

Además de comer de lo que cocina Suleymán y requerir los servicios de Ramadan siempre que es posible, Kemal también viste el mismo camuflaje de los guerrilleros. No obstante, su única arma desde que comenzara la guerra el pasado febrero parece haber sido su lápiz.

«Por las mañanas voy al hospital por si me necesitan para algo y por las tardes, me siento y dibujo caricaturas de Gadafi. Luego las publicamos en el periódico local «El Eco de las Montañas» o las colgamos en Facebook», explica este antiguo administrativo en el ayuntamiento de Nalut, plenamente convencido de que las sátiras del dictador «ayudan a levantar la moral».

Hay que atravesar Nalut de este a oeste para dar con Alí, aunque baste con encender la radio para escuchar al presentador de una de las primeras radios en lengua bereber de Libia. Eso sí, siempre y cuando uno se encuentre dentro del radio de 70 kilómetros de alcance de su emisor.

«Me quedaba un año para terminar odontología en Qatar pero volví en cuanto estalló la revuelta. No me sentía preparado para combatir pero alguien me dijo que tenía buena voz así que, de momento, aquí estoy», explica este joven justo antes de saludar a los oyentes de «Radio Nalut Libre» en su lengua materna. Cuando acabe la guerra, dice, retomará sus estudios y después intentará compaginar las facetas de dentista y periodista.

Por el momento, los cohetes de Gadafi siguen trazando una terrible parábola que comienza en el desierto y, a menudo, termina sobre la antigua ciudadela de Nalut, la muestra más valiosa de arquitectura bereber de Libia y, muy probablemente, de todo el mundo.

A pesar de todo, Battar todavía puede presumir de tener las mejores vistas sobre esta joya calificada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Este bereber de 72 años es uno de los pocos en Nalut cuya vida no ha dado un giro de 180 grados en los últimos meses. No en vano, Battar sigue regentando la única tienda que queda abierta en todo Nalut: «Todos se han ido a Túnez con sus familias. La mía al completo también se ha marchado pero yo ya soy demasiado viejo para huir. Y también para combatir. Sólo puedo quedarme donde he pasado casi toda mi vida», explica este testarudo bereber que ya vendía fruta y jabones «cuando Gadafi no era más que un oficial joven y ambicioso».

Karlos ZURUTUZA

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